A última hora, cuando apenas quedan días para el final del mandato de Barack Obama en la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos desata una inusitada batería de ataques contra el que ha sido siempre el mejor socio, aliado y amigo para su país en el Medio Oriente: Israel. Una repentina obsesión ha emergido en la casi extinta administración Obama por Israel y por el conflicto con los palestinos que tiene más aspecto de una venganza personal contra Benjamin Netanyahu que una voluntad real de solucionar un problema al que no han sabido o no han querido aportar soluciones durante los ocho años al frente del Ejecutivo norteamericano.

¿A qué vienen ahora tantas prisas? Lo de Obama y su secretario de Estado John Kerry parece una súbita obsesión por Israel que es a todas luces innecesaria. El 20 de enero toma Donald Trump posesión de su cargo como nuevo presidente de Estados Unidos, y su visión de la alianza con Israel y del conflicto en Oriente Medio es muy diferente a la de su antecesor, así que cualquier cosa que haga Obama en estos días carece de valor real y será presumiblemente revocado con la llegada del nuevo equipo de gobierno. Lo que es peor, la toma de decisiones de forma tan atropellada e irreflexiva suele llevar a errores. Como se suele decir, la prisa es mala consejera. Como mucho, lo que está generando la batería de iniciativas de la actual administración estadounidense (su negativa a vetar una resolución anti-israelí en el Consejo de Seguridad de la ONU y un discurso de Kerry en el que propone un plan de paz que obvia la auténtica raíz del conflicto, entre otras afrentas) es una tensión en el traspaso de poderes entre Obama y Trump con Israel como inesperado invitado a este baile.

Como bien decía Trump en un tuit a raíz del discurso de Kerry: "Israel no se merece tanto desdén", y está muy acertado el futuro Presidente, aun cuando todavía es una gran incógnita el alcance de lo que él y su equipo podrán hacer por resolver el conflicto. Porque lo cierto es que algo que no se ha resuelto en más de medio siglo difícilmente puede solucionarse en un par de semanas, y parece un buen punto de partida para Trump tener esto en cuenta.

Lo que está logrando Obama con sus tardías acciones es calentar el debate, radicalizar posturas y mediatizar a la opinión pública a poco más de 20 días de dejar la Casa Blanca. No sólo es innecesario o irrelevante, también puede ser imprudente.

La respuesta del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, al discurso de Kerry dejó patente su malestar con el mensaje transmitido por el Gobierno estadounidense. Son hoy muchos en Israel, tanto en la coalición que gobierna el país como entre la ciudadanía, los que muestran su decepción final con Obama, cuyo legado corre el riesgo de quedar emborronado por un mal acuerdo con Irán y por una visión sesgada sobre el conflicto árabe-israelí. Y lo peor es que da la sensación de que los coletazos finales de su trayectoria, en términos de política exterior en esta parte del mundo, han estado movidos más por la falta de sintonía personal que por la necesidad de preservar lazos entre aliados. Llegados a este punto, vale la pena recordar que la gran amistad que aún puede salvarse la tiene Estados Unidos con un país que es la única democracia del Medio Oriente, el único lugar en esta parte del mundo donde, por ejemplo, los cristianos pueden celebrar con tranquilidad la Navidad. Un mensaje para el próximo presidente de Estados Unidos: merece la pena luchar por la libertad y diversidad que se vive hoy en Israel.

La autora es directora de la agencia Fuente Latina.