Desde la crisis del 2008 hasta la fecha, la deuda de los países centrales aceleró su crecimiento a niveles nunca vistos. La crisis llevó a soportar déficits fiscales y políticas monetarias laxas en pos de evitar que el mundo entrara en recesión. Ante la crisis, no redujeron gastos, sino que, por el contrario, los aumentaron. Se echó por la borda en muy poco tiempo lo que tardó años en acordarse y firmarse, como el caso en la Eurozona, que construyó reglas que nunca pudo o supo cumplir: el viejo dogma era "converger hacia una deuda sustentable no superior al 60% del PBI" y el déficit no podría superar el 3% anual. Todo eso es historia.

El crecimiento mundial también cayó a partir de la crisis: previo a 2008, el mundo crecía cerca del 5% anual, lo que permitía duplicar el PBI global cada 15 años. A partir de entonces, creció a tasas cercanas al tres por ciento. Este año se espera que cierre en torno al 3,1% y el 2017 lo haría en un 3,4%, según las últimas estimaciones del FMI.

A pesar del bajo crecimiento y de los niveles de deuda crecientes consecuencia de las políticas monetarias de los países desarrollados, las bajas tasas de interés —y hasta negativas en muchos tramos de las curvas de muchos países centrales— no incidían sobre la viabilidad. La carga financiera sobre el PBI seguía siendo manejable. Pero Donald Trump pateó el tablero y las repercusiones fueron fuertes en los mercados de deuda globales (a la baja) y tasas de interés (al alza).

Sin embargo, las tasas reaccionaron fuerte ante el triunfo de Trump: la suba del rendimiento de los Treasuries de 1,78% a 2,41% al cierre de esta nota, en tan corto plazo, no se veía desde hacía muchísimos años, con un efecto derrame negativo sobre todas las actividades.

El problema es que la deuda impone serias restricciones ahora. Tomemos, por ejemplo, Estados Unidos: por cada 1% que suba la tasa, el déficit aumentaría entre 150 mil y 200 mil millones de dólares anuales. Es decir, casi 1% de déficit adicional por cada 1% de aumento de deuda. O sea, que el problema es por partida doble: el aumento del déficit provoca un incremento de tasas de interés que, a su vez, producirá una profundización de dicho déficit fiscal. Hay otros países desarrollados, como Japón o Grecia, que ante la suba de tasas en su curva de rendimientos tendrán serias complicaciones a mediano plazo. Ni hablar del impacto en los países emergentes, que vieron sus tasas de rendimiento incrementarse entre 100 y 150 puntos básicos. El bono más largo de Argentina, el Bonar 2046 (AA46), incrementó su rendimiento nada menos que en 126 puntos básicos.

El mundo entró a navegar en aguas desconocidas: enormes deudas, déficits, bajo crecimiento y ahora la administración y el roll over de la deuda serán más caros, comen más puntos del presupuesto total.

En síntesis, el mundo desarrollado está en deuda y, si bien la política interna de Estados Unidos le agregó una cuota de optimismo a su propia actividad futura, no resulta gratis a corto plazo para el resto de los países que también están muy endeudados y que ahora ven el costo de financiamiento en aumento. Al igual que los países emergentes, que sufren las consecuencias de un dólar fuerte y de mucha incertidumbre en torno al incremento en el costo de fondeo para sus gobiernos y sus empresas.