Michel Aoun fue electo presidente por el Parlamento libanés el 31 de octubre, lo que puso fin a un período de estancamiento político de dos años y medio de duración. Durante este tiempo, desde mayo de 2014 hasta recién, ninguna fuerza política puedo imponerse y negociar exitosamente la composición del liderazgo nacional. Siguiendo el reglamento sectario que rige en Líbano, el flamante Presidente es un cristiano maronita. Aoun tiene 81 años, es ex comandante del Ejército y, en su momento, su bravura contra los sirios resultó en que en 1990 tuviera que exiliarse en Francia, donde viviría quince años. Volvió al país y a la política en 2005, tras la llamada Revolución de los Cedros, cuando Líbano se independizó fácticamente de Damasco, luego de treinta años de dominación mediante la ocupación y luego la coacción.

Desde un punto de vista regional, la asunción de Aoun ciertamente es noticia, pero gran parte de la relevancia estriba en las alianzas políticas del líder. Aunque el partido cristiano del ahora Presidente, el Movimiento Patriótico Libre (FPM), logró imponerse en las internas de la bancada cristiana, tuvo que pactar con Hezbollah para prevalecer. Es decir, a los efectos de asegurar la salida del estancamiento político, el aval del movimiento chiíta de Hassan Nasrallah fue decisorio. A grandes rasgos, los parlamentarios cristianos y sunitas, liderados por el ex premier Saad Hariri (de la Alianza del 14 de mayo), consensuaron una salida política, pero solamente lo lograron porque también consiguieron que Hezbollah (que encabeza la coalición rival del 8 de marzo) apoye a Aoun. Pese a que este grupo no tiene más bancas que otras fuerzas protagónicas, el sistema político le confirió la potestad de decidir la elección del presidente, pues, para este propósito, se necesita el consentimiento de por lo menos dos tercios del Parlamento.

Entre otras cosas, esto significa que, bajo la configuración sectaria de la política libanesa, el grado de discrecionalidad del presidente es relativamente bajo. A su vez, esto implica que, para gobernar, sus decisiones tienen que ser aprobadas por el Parlamento (cuyo representante es chiíta) y por el primer ministro (sunita). Consecuentemente, si bien esta no sería la primera vez que Hezbollah logra acaparar la atención en la escena doméstica, la milicia chiíta está apuntándose una victoria importantísima; una que podría traer aparejadas repercusiones notables que valen la pena explorar.

Dejando de lado el papel de Hezbollah como insurgencia islámica, particularmente en relación con el conflicto árabe-israelí, cabe decir que su poder político es considerable. Contextualizada la situación, sus representantes hicieron el gran salto de la mano de Aoun hace diez años, cuando este, recién llegado al país, necesitaba construir consenso para apalancar su carrera. Dados el perfil y el expediente adverso a Siria del ex militar, la alianza con la facción chiíta más dura suscitó polémica en sectores amplios. Jugándose su suerte con los militantes jomenistas, Aoun terminó dividiendo al electorado cristiano, aisló de paso también a los sunitas y a los drusos.

Una de las secuelas derivadas de este arreglo fue una crisis política de envergadura, que entre 2006 y 2008 puso al país al borde de otra conflagración en líneas sectarias. Enajenados del poder, Aoun y Nasrallah se dispusieron a desestabilizar —cada uno a su manera— a un Gobierno de por sí inestable. Mientras que el primero lo hizo polemizando con discursos y manifestaciones, el segundo consiguió mejores resultados iniciando una guerra con Israel. En el clima del conflicto abierto, la percepción común era que el Gobierno era un cuerpo inerte frente a la ofensiva israelí, y que Hezbollah era el ejército popular que luchaba por el país, o que a lo sumo hacía algo por él. El propio Aoun respaldó esta postura, justificó a Hezbollah: "Porque el ejército no estaba haciendo lo suficiente", y porque [los libaneses] "necesitamos las guerrillas contra los ejércitos convencionales".

A partir de esta experiencia, el acuerdo entre Aoun y Nasrallah es visto por algunos como una bisagra en la historia reciente del Líbano, como una prueba de que la unidad nacional es posible por encima de las brechas religiosas. Esta opinión es especialmente notable hoy en día, en tanto Hariri, considerado el mejor amigo de los sauditas en el Levante, fue instrumental a la hora de facilitar el acuerdo entre las partes. Por otro lado, también está la opinión —a mi criterio, más atinada— de que el presente arreglo responde ante todo a los requerimientos prácticos de la política. Según este punto de vista, la semblanza de unidad queda desacreditada ante el oportunismo político de los referentes, pues sólo pudieron acordar la repartición del poder tras dos años y medio de pugnas infructíferas. Por eso, el temor era que, si no pactaban ahora, perdieran la tribuna frente a otros competidores dentro de sus mismas filas. Tal vez el argumento sea más relevante para explicar a Saad Hariri, cuyos intereses empresariales se encuentran bastante mal, situación que afecta su reputación local e internacional (El clan Hariri es uno de los más afluentes del país de los cedros). Pero más allá de esta discusión, lo concreto es que Hariri, que es sunita, será primer ministro, y Nasrallah, que es chiíta, podría —tal vez en lo sucesivo— buscar reemplazar a su rival (chiíta) Nabih Berri como el portavoz de la Cámara Constituyente, que está en el cargo desde 1992 y que se opuso a la nominación de Aoun.

Lo cierto es que, con la formación del nuevo Gobierno, Hezbollah gana mucha influencia. Ahora bien, la pregunta clave que hay que hacerse es cómo se materializará la autoridad del grupo y cómo afectará la posición internacional del Líbano. George Chaya se refirió al tema hablando de un "aterrador salto al pasado", al afirmar que con Aoun "se confirma la virtual ocupación iraní del país". A mi criterio, esta aseveración es algo exagerada, mas no por eso deja de tener valor, en tanto es representativa de la polarización social característica de la escena libanesa, como también de las dinámicas geopolíticas contemporáneas. El analista asevera que, tras este pacto —mal que mal, llamado nacional—, la dirigencia cristiana perdió abiertamente su credibilidad. Empecinada en obtener réditos políticos, la bancada en cuestión habría sido obsecuente con los promotores del terrorismo y los defensores del régimen sirio. Pero incluso si uno está de acuerdo con las palabras que utiliza mi colega, el caso es que, pese a la controversia, también existe un sector importante de la población que le da la bienvenida al nuevo liderazgo, y lo mismo sucede en el ámbito diplomático. Desde ya, esto no quita que Hezbollah haya mejorado circunstancialmente su posición, en aparente beneficio de Damasco y Teherán.

Dado que Aoun y Nasrallah están en sintonía, Chaya podría tener razón cuando indica que le harán la vida (política) imposible a Hariri. En efecto, creo que es muy probable que Hezbollah busque bloquearle las decisiones importantes que este tome como primer ministro. Por ejemplo, ya desde lo formal, el gesto de distensión entre la agrupación de Nasrallah y Hariri se vino abajo tan pronto hubo que votar la nominación del dirigente sunita. Esto sucedió pese a que ambas figuras habían anunciado que, en virtud de la unidad libanesa, estaban preparadas para hacer grandes sacrificios políticos. Luego, a propósito del sentimiento de traición que expone Chaya, hay una contradicción evidente en la postura de Hariri. De pasar a ser el enemigo férreo de los militantes proiraníes —acusados, entre otras cosas, de ser cómplices en el asesinato de su padre, Rafik Hariri, en 2005—, de momento a este empresario convertido en político no le queda opción salvo acatar el papel creciente de Hezbollah. Como precedente, hace cinco años el grupo chiíta hizo que se cayera el Gobierno del presidente Michel Suleiman, quien llevara a Hariri a ser premier entre 2009 y 2011.

En suma, hasta aquí los eventos sugieren lo siguiente: si Hariri quiere preservar sus intereses empresariales y mantenerse políticamente activo, va a tener que aceptar acomodar a sus enemigos. Por su parte, el presidente Aoun va a tener la tediosa tarea de mediar entre las partes, lo que quiere decir que seguramente vaya a ceder en más de una ocasión ante las presiones de la milicia armada. A mi parecer, esto no tanto por una cuestión ideológica, pero más bien justamente porque la agrupación está mejor aprovisionada que las Fuerzas Armadas, y porque tiene, como se ha visto, las herramientas para hundir a gobernantes contrarios a sus intereses.

 

¿Será Líbano un Estado satélite de Irán?

En términos internacionales, es temprano para determinar con precisión dónde se parará el pequeño país levantino, que en teoría —si uno les pregunta a los partidarios del Presidente— estaría saliendo de su parálisis institucional crónica. Gracias a Hezbollah, y siguiendo la opinión de Chaya, es perfectamente plausible que el país se acerque al eje Damasco-Teherán, mas nuevamente no así exclusivamente por cuestiones ideológicas. Se puede decir que Líbano tiene por delante muchos desafíos en términos sociales, económicos y defensivos, de modo que probablemente necesite la asistencia del bloque occidental. Por ejemplo, como dato significativo de esta realidad, uno de cada cinco habitantes en el país es un refugiado sirio (hay más de un millón y medio en un país de seis millones). El resultado es una carga económica abrumadora, con una deuda que llega más o menos al 140% del PBI, empeorada por la caída en el turismo dada la guerra en el país vecino y por las grietas sectarias de la sociedad libanesa, que llevan a que cada quien deposite la culpa de la debacle nacional en su vecino perteneciente a una confesión diferente.

Con esto quiero decir que cabe esperar que el presidente Aoun vaya a donde está la gallina con los huevos de oro. Guste o no, se trata de un veterano que sabe jugar sus cartas y quedar bien cuando hace falta. Para mí, es claro que Aoun no es el enemigo jurado de Occidente ni mucho menos, pero lo que sí es cierto es que sabe adecuarse pragmáticamente a las circunstancias, de acuerdo con la dirección en la que sople el viento. Es un hombre que puede codearse con Irán, pero también con dirigentes europeos ansiosos por estabilizar el vecindario árabe. Sin embargo, Aoun también tiene sus limitaciones y, en este sentido, lo único que es posible determinar con exactitud es el rencor que le guardan los sauditas. No es secreto que Riad veía negativamente la candidatura de Aoun a presidente, dado que es aliado de los agentes de la revolución islámica chiíta.

Lo que ocurrió fue que, de pasar a competir con Teherán por influencia en el país de los cedros, a comienzos de este año, Riad decidió que la batalla ya estaba perdida de antemano. En enero, durante la reunión de la Liga Árabe en El Cairo, el ministro de Exteriores libanés, Gebran Bassil, el yerno de Aoun, se negó a condenar a Irán, lo que desató la ira del bloque sunita. Quizás nunca fuera registrado un comentario diplomático tan poco afortunado como para destrabar tantos infortunios estratégicos. Sucintamente, los sauditas cancelaron la ayuda militar de cuatro mil millones de dólares, expulsaron a libaneses de su territorio (una fuente importante de remesas) e instaron a los suyos a que no visitaran el país mediterráneo; todas estas políticas subsecuentemente imitadas por el resto de las monarquías sunitas del Golfo. Al caso, los analistas coinciden en que una de las razones detrás del acercamiento de Hariri a sus enemigos tiene que ver con el giro en la política exterior saudita. La casa real le soltó la mano a su amigo, lo dejó a su suerte para que se las arregle en el intrincado juego político-sectario de Beirut.

 

¿Guerra con Israel?

Como comentario final, en algún punto puede especularse qué sucederá en lo referente a Israel. Desde lo discursivo, seguramente Aoun continuará replicando la postura de Hezbollah. El grupo tiene su propio eufemismo para justificar ir a la guerra y el Presidente lo utilizó durante su discurso inaugural. Habló de la importancia de "luchar contra el terrorismo preventivamente", cosa que significa elementalmente atacar primero. Este guiño a Hezbollah se produjo cuando hablaba de la necesidad de resistir "la ocupación sionista". De por sí, estas declaraciones no reflejan nada nuevo. Son parte de un discurso cotidiano y rutinario en boga desde antes de que Israel fuera creado. No obstante, dada la presente coyuntura, agregan peso a la noción de que Hezbollah está en la cúspide de su influencia.

En febrero de 2015, escribía que veía plausible una nueva guerra entre Hezbollah e Israel, y planteaba que el grupo había adquirido mayor experiencia bélica, que había incrementado considerablemente su arsenal balístico. Según lo presentaba entonces, la mejoría en la situación del régimen sirio, que ya no luchaba por su supervivencia, podía fomentar una reorientación en el grupo chiíta hacia su propósito fundacional: darle batalla a Israel. Además, guerrear contra el Estado judío acapararía atención global, particularmente en el mundo musulmán, al darle un respiro a Assad, como posiblemente también una coartada retórica para justificar su legitimidad en la lucha contra el percibido enemigo sionista. Con esta finalidad, en mi artículo discutía que el objetivo de la milicia sería provocar una reacción israelí (cuanto más dura, mejor), a los efectos de involucrar a Jerusalén prácticamente de lleno en la guerra civil siria. Semejante escalada de violencia facilitaría la agenda iraní en Líbano, donde Hezbollah se jactaría de estar luchando por una causa trascendental. Mientras que en casa Nasrallah diría que la suya es una guerra de carácter nacional, en el vecindario la presentaría como una campaña por la supremacía del islam.

Creo que las premisas de este análisis son ahora más sólidas que nunca. No estoy diciendo que esto vaya a ocurrir, pero, de suceder, el escenario no debería tomar a nadie por sorpresa. Lo crítico aquí es que, a los efectos prácticos, la victoria de Aoun pone a Hezbollah en el Gobierno. Esto es algo que cambia las reglas del juego. Ya no es posible sostener el argumento de que el grupo proiraní es un actor no estatal y que con sus acciones pone al país de rehén, crea una entidad política dentro del Estado libanés. Hoy por hoy, Hezbollah es una parte constituyente del Estado libanés y el Presidente le ha dado legitimidad a su brazo armado. Dicho de otro modo, nadie espera que las fuerzas de seguridad del Líbano recuperen el monopolio legítimo del uso de la fuerza. Pero de ahí a que los jomenistas controlen virtualmente todo el aparato del Estado hay una distancia.

En conclusión, Aoun debe ahora maniobrar con cuidado para sacar su país a flote. Su popularidad pende de la habilidad para crear la impresión de estabilidad. Por lo pronto, creo que es más factible que la impresión contraria gane espacio en el imaginario. Sea cual sea el caso, el Presidente coqueteará con los países poderosos que le lleven el apunte, incluyendo, desde luego, a Irán, que está obligado por sus socios políticos a evitar todo tipo de fricciones. Dicho esto, de acuerdo con el desarrollo de los acontecimientos, Líbano podría convertirse en un peón de Teherán. Tiendo a pensar que esto podría llegar a ser el caso si se gesta una nueva guerra con Israel, provisto que este decida responder con crudeza. Pero en balance, si bien la influencia de Irán es enorme y el impulso de Hezbollah al Gobierno lo comprueba, creo que no es posible obviar que el país tiene un margen para actuar de forma soberana. Al final de cuentas, quedará por verse el rumbo que llevará Beirut bajo Aoun y hasta qué punto logrará operar con independencia de la bancada armada que tanta destrucción le ha traído al país.

 

@FedGaon

 

El autor es licenciado en Relaciones Internacionales, consultor político y analista especializado en Medio Oriente. Su web es FedericoGaon.com.