Introducción
Cuando el General Belgrano decidió iniciar el éxodo jujeño no existían las encuestas de opinión para conocer si los jujeños estaban a favor de abandonar y arrasar sus casas, cultivos y lugares de trabajo. Cuando el General San Martin impulsó la creación del Ejército Libertador, no midió si los mendocinos estaban dispuestos a entregar sus ganados, joyas y otros enseres. Los próceres tomaron las decisiones respondiendo a las exigencias de los tiempos, actuando con inteligencia y convicción, dando el ejemplo con desinterés personal. El objetivo de la independencia era demasiado importante y esos líderes valientes entraron en la eternidad.

Alguna vez Argentina estuvo en el lote de naciones como Canadá, Australia, Nueva Zelanda e inclusive Estados Unidos, con los cuales compartíamos los estándares socioeconómicos y los desafíos del futuro. Hoy, en general, las familias de esas naciones pueden desarrollarse, ser felices y vivir en paz. Es hora de sincerarnos, la falta de desarrollo, la pobreza que sufren más del treinta por ciento de argentinos, la inseguridad palpable cotidianamente son propios de un país en decadencia. Al mismo tiempo, distinguen al país la fragilidad del Estado ante amenazas y contingencias de cualquier tipo.

Sin embargo, a pesar del fracaso, se vislumbra una gran oportunidad para avanzar hacia el desarrollo, apoyados en las riquezas que Dios y la naturaleza nos regaló. La solución requiere reconocernos como una comunidad, conformar un proyecto de Nación integral y superador de este fracaso, a partir de un diagnóstico basado en la verdad y la virtud. Exige dejar de lado la mezquindad, la hipocresía y la mentira, apuntalando el esfuerzo, la unión y el trabajo en equipo de todos los argentinos.

La actualidad

La dirigencia argentina no ha hecho el esfuerzo de encontrarse para acordar ese proyecto de Nación. Los puntos de unión esenciales son conocidos: el desarrollo social, la educación, la infraestructura, la defensa, etc., todas metas que entusiasmen y unan al pueblo. Cuando en nuestra historia se presentaron proyectos superadores, la ciudadanía respondió fantásticamente. Los acuerdos políticos contemporáneos no pueden ser de alcance coyuntural, para enfrentar, exclusivamente, las consecuencias de los problemas, soslayando sus causas. En los tiempos actuales, los problemas son tan graves que no alcanza con iniciativas individuales: ni el General San Martin podría diseñar un sistema de defensa coherente para el país de hoy.

Como hemos mencionado en esta columna, el Presidente ha esbozado una orientación para la defensa nacional que, desafortunadamente, no despertó el interés ni una la reacción política que permitiera avanzar hacia una política de estado. Hubo defensores de nuestro miserable statu quo, adjudicándose carácter de demócratas, cuando en realidad ocultan sus verdaderos intereses espurios. La mayoría no tiene autoridad moral para destacar consensos en materia de defensa. Algunos de los sumos sacerdotes de la venganza son como Jesús llamaba a los fariseos: "sepulcros blanqueados".

Aún con el apoyo de los bien intencionados, se corre el riesgo nuevamente de diseñar una política de gobierno sobre defensa, cuyo alcance concuerde con el tiempo en el poder del actual gobierno. La solución del problema no se acota a un acto de gestión administrativa.

Esta situación de la defensa es un problema en sí mismo, pero además un indicador de la tragedia argentina. La República esta indefensa, no sabe defenderse, no sabe de quién defenderse y mucho menos cómo defenderse. Esto es grave porque evidencia el estado de desunión de la clase política, las desconfianzas, prejuicios y condicionamientos ideológicos que se interponen para crear una política de estado.

Desgraciadamente, los desencuentros y egoísmos licuan la potencialidad nacional. En realidad, hace falta fortalecer la convicción de la unión nacional. Si queremos alcanzar instancias tendientes al bien común, debemos recrear la cultura del encuentro. Las grietas generadas y alimentadas por parte de la dirigencia son malsanas, conducen a decentes ciudadanos a vanos enfrentamientos. El resultado es un estado de descreimiento que impulsa la anomia, estado deletéreo para cualquier sociedad. La Argentina no lo merece.

El Papa Argentino, líder espiritual de alcance global

Las Naciones y sus líderes reciben y acuden a las palabras y conceptos de SS el Papa Franciscos, sin embargo muchos argentinos persiguen solamente su foto o analizan su sonrisa. Como pastor y pieza clave del tablero internacional conoce en profundidad la situación global y nacional y se merece todo respeto, no deberíamos dejar de leer lo que ha dicho y escuchar lo que dice.

Muchas veces, invocando el objetivo de la felicidad del pueblo se cometen errores. Asumir como solución de fondo la provisión de comida, educación y salud a través de subsidios puede ser alienante. Es fácil advertir que esos subsidios fueron digitados ideológica y políticamente para colonizar a los pobres, en vez de atacar directamente los problemas.

Es necesario potenciar el desarrollo para satisfacer las necesidades y aspiraciones de toda persona, a partir de una estructura política, jurídica y económica sana, que impida el clientelismo y la explotación por parte de sectores poderosos. En esa misma dirección, también se debe conformar un marco de protección institucional que proporcione a los habitantes la seguridad y defensa ante todo tipo de agresión.

En este sentido el Cardenal Bergoglio instó en mayo de 1999 a "no hacerle caso a aquellos que pretenden destilar la realidad en ideas; no sirven los intelectuales sin talentos; ni los eticistas sin bondad", que en algunos casos asumen la potestad del sabio, para avalar o no las posturas, decisiones y acciones del que piensa distinto.

A la Argentina le sobran los "sabios" con ideas y teorías que marean al ciudadano, manifestando un alto grado de soberbia para encontrarse entre iguales que piensen distinto y escucharse, a fin de parir soluciones en los distintos campos de esta Nación.

El cardenal expresó también: "Hay que apelar a lo hondo de nuestra dignidad como pueblo, apelar a nuestra sabiduría, apelar a nuestras reservas culturales. Es una verdadera revolución, no contra un sistema, sino interior, de memoria y ternura…" Si seguimos las palabras de este egregio argentino encontraremos que a pesar de los fracasos, el sufrido pueblo argentino siempre soportó los perjuicios de las malas decisiones.

Los ejemplos sobran. El pueblo argentino es como aquel nido de cóndores de Olegario Víctor Andrade, ha sabido "ponerse la patria al hombro", ser solidario en el desarrollo, enfrentar los problemas, las dificultades o la tragedia. El compromiso en la solución de los problemas llevó a los argentinos de todos los tiempos a realizar verdaderas proezas que jalonaron nuestro devenir histórico. Lamentablemente, corrientes ideológicas equivocadas, muchas veces manipuladas por corruptos que traicionaron al pueblo, aprovecharon esas tragedias en beneficio propio.

Con humildad, la clase política debe abandonar el atril de la exposición magistral por una silla en las mesas del dialogo, para definir el perfil de la Argentina por venir. Deben, de una vez por todas, acordar los objetivos y políticas de Estado que guíen a las administraciones.

La Defensa

En este sentido, existe una relación directa entre la defensa, la seguridad y el desarrollo. El desarrollo exige un estado seguro. La seguridad pública es responsabilidad de las fuerzas de seguridad; la defensa contribuye en forma directa a la seguridad del estado, actor central que debe brindarse protección de toda amenaza. Está demostrado que es en las naciones con estados débiles donde las amenazas proliferan y los criminales nadan como peces en el agua.

Las fuerzas armadas no son un enemigo del pueblo, como predican los Sumos Sacerdotes de la venganza. Son organizaciones constituidas por hombres y mujeres argentinos que viven, gozan y sufren junto a sus conciudadanos. Las fuerzas armadas son un elemento fundamental del Estado para proteger a los argentinos.

Esto dista mucho de una visión militarista del estado. Las naciones con mayor desarrollo democrático tienen un estado fuerte con una sólida capacidad de defensa que les permite ser actores decisivos en el escenario internacional.

Una nación desarrollada debe estar integrada al mundo. El perfil productivo de un país rico como el nuestro debe ser fuerte y competitivo, que permita comerciar apoyados en nuestras fortalezas de recursos naturales y capacidades humanas. Podemos y debemos ser fuertes en muchas cosas y debemos desarrollar estrategias eficaces para hacerlas valer. Pero una condición básica para que esto suceda es que el Estado y la nación sean seguros.

Existe un círculo virtuoso en el que defensa, seguridad y desarrollo se retroalimentan: la capacidad de defensa fortalece y garantiza la seguridad del estado, generándose mejores condiciones para el desarrollo y consecuentemente, un estado con mayores recursos para su defensa y seguridad.

Interrogantes

¿Se puede producir competitivamente o recibir inversiones en un país inseguro? ¿Cuáles son los riesgos y amenazas que se ciernen sobre el estado argentino y su pueblo? Pensar la defensa partiendo de los riesgos y amenazas a la seguridad del estado es el único camino racional y efectivo para tomar decisiones estratégicas correctas.

El contexto es fundamental y la primera definición institucional es el marco jurídico. La Ley de Defensa Nacional fue adulterada en su naturaleza por decretos de menor rango a partir de 2005, limitando el sistema de defensa nacional a "conjurar agresiones de origen externo provenientes de otros estados". ¿Son realmente estados los que amenazan al pueblo argentino?

Es evidente que las fronteras nacionales, desde hace décadas, más que una tajante y potencial divisoria son un puente para integrarnos con países hermanos, con los que la guerra es impensable. No obstante, la integración es un proceso a largo plazo, que impone consensuar aspectos políticos, económicos y militares, que se facilita entre iguales equilibradamente constituidos, nunca desde una situación de debilidad.

La Argentina está ubicada en una zona de paz. Sin embargo, los grandes espacios vacíos de control y llenos de riquezas en la Patagonia, en el gigantesco espacio del Atlántico sur, incluidas las Malvinas y la Antártida, son un riesgo que se deben evaluar. La Patagonia vacía, los mares sin control, las Malvinas bajo dominio extranjero y la Antártida con sus riquezas ocultas, exigen una mirada estratégica.

El norte argentino sufre la pobreza estructural, por su frontera transita la droga y el contrabando, que luego se trafica dentro y fuera del país. El terrorismo internacional está activo, tenemos la triste experiencia de los atentados sufridos y su sombra se acrecienta en el mundo globalizado.

Es hora de reaccionar. Las fuerzas de seguridad son insuficientes y están superadas, no alcanzan a cubrir las ciudades y evitar la penetración por la frontera. Mientras, la nación se priva de usar sus fuerzas armadas para ejercer la soberanía en la frontera. Es hora de superar las trabas ideológicas de los fariseos y pensar en el país.

El Art 2 de la ley de Defensa Nacional señala que la defensa nacional es la integración y la acción coordinada de todas las fuerzas de la Nación para la solución de aquellos conflictos que requieran el empleo de las FFAA en forma disuasiva o efectiva, para enfrentar agresiones de origen externo.

En el año 2006 se dictaron los decretos 727 y 1691, que modifican y limitan la protección y capacidad de defensa, circunscribiendo el empleo de las fuerzas armadas a agresiones externas. Pero las limitan aún más, solo a las producidas por otros estados con sus fuerzas armadas.

En realidad esos decretos buscaron restringir a las fuerzas armadas a tareas irrelevantes. La consecuencia, estas fuerzas se volvieron inútiles, sin razón ni objetivo. Así, treinta años después del golpe de estado y a dieciocho de la ley de Defensa Nacional, en vez de recuperarlas para la nación, se consumó la venganza. El estado se ató las manos, limitando su capacidad del legítimo uso de la fuerza.

En esos decretos, bajo el loable pretexto del control civil de las fuerzas armadas, se cristalizó el deseo de llevar las fuerzas militares a la inanición presupuestaria. Un grupo político marginal que se había apoderado del manejo de la defensa pudo darse el gusto de vapulear a los soldados, impulsando erróneas políticas que las vaciaron de contenido. Los aviones empezaron a caerse, los barcos se hundían en los puertos y los fariseos impulsaron purgas vergonzosas que hasta invocaron el medieval derecho de sangre.

Tal vez sea la hora de derogar esos decretos y otras normas posteriores, de menor jerarquía que la Ley de Defensa Nacional, la cual desnaturalizaron. Esta ley fue gestada y aprobada por esfuerzo y consenso democrático en 1988 y fue bastardeada por los mencionados decretos.

Es hora de regresar a su espíritu democrático, para cumplir con lo expresado en Art 2: "La defensa tiene por finalidad garantizar de modo permanente la soberanía e independencia de la Nación Argentina, su integridad territorial y capacidad de autodeterminación, proteger la vida y la libertad de sus habitantes.

Tal vez sea el momento de usar todos los recursos del estado para enfrentar integralmente los desafíos del momento. La educación, el desarrollo económico, el trabajo digno y bien remunerado, la recuperación de los adictos son las claves del problema, pero en esta instancia el control de los espacios fronterizos debe ser abordado. La Nación no puede privarse de usar sus recursos, entre ellos las fuerzas armadas.

El éxodo jujeño y el cruce de Los Andes no fueron desafíos fáciles. Sin embargo, hombres decididos, conscientes de su responsabilidad, los encararon con coraje. Hoy, nosotros ¿qué vamos hacer?.