Días atrás, el 9 de agosto, Recep Tayyip Erdogan y Vladimir Putin se reunieron en San Petersburgo. La reunión marcó el primer encuentro entre ambos líderes desde que Turquía derribara un caza de combate ruso, en noviembre del año pasado; y el evento sugiere que ambas naciones están dispuestas a reconciliarse. Por supuesto, esta reunión, para nada casual, se produce a menos de un mes de la intentona golpista en Turquía.

La reunión recibió mucha cobertura mediática por parte de la prensa internacional. Evidentemente, esto se debe a la notoria personalidad que caracteriza a ambos líderes. Erdogan y Putin tienen prácticamente la misma edad (62 y 63 años), y comparten la misma inclinación por una política de macho, aquella idealización del hombre fuerte que pone sobre sus hombros la carga de llevar a la nación a la grandeza, y librarla de sus enemigos. ¿Qué significa entonces el encuentro entre estos dos líderes de impronta mundial?

En primer lugar, se ha dicho que ambos líderes desean reconciliarse, y que las circunstancias actuales podrían servir enormemente para facilitar tal proceso. En términos de política exterior, ambas figuras desconfían crecientemente de las intenciones del bloque occidental, y si bien chocan en diversas cuestiones, principalmente en torno a la crisis siria, en última instancia, ambos tienen en claro que su contraparte es un intermediador que ha llegado para quedarse. Es decir, Erdogan sabe que Putin manejará el destino de los rusos por lo menos durante una década más. Y, por su parte, ahora que el turco ha sobrevivo al golpe en su contra, Putin entiende que Erdogan tampoco se irá a ningún lado.

Cabe recordar que, en teoría —como presidente y jefe de Estado—, la función de Erdogan debería ser poco más que simbólica. No es él, sino el primer ministro (Binali Yıldırım) quien debería ocuparse de los asuntos de la alta política. En este sentido, el intento fallido de golpe acabó de una vez por todas con las formalidades. A estas alturas, es axiomático que Erdogan es quien manda, y que, bajo su custodia, Turquía busca recuperar viejas glorias invocando usanzas otomanas.

Algunos comentaristas han señalado que el encuentro es ante todo simbólico. Evidenciaría, si es que en efecto hay una afinidad entre Turquía y Rusia, que el acercamiento parte de sentimientos compartidos en rechazo al comportamiento de las potencias occidentales. Creo que esto es cierto, pero sólo en parte.

Erdogan y Putin contrastan palpablemente con los líderes de Occidente, condicionados por las reglas de juego propias de las sociedades abiertas, libres y democráticas, en un sentido que escapa a la simple lógica que dice que aquel con más votos gana. Pero el hecho de que tengan un estilo unipersonal de gobernar no los hace necesariamente amigos. El parecido confiere respeto mutuo, pero a su vez representa una fuente de rivalidad. A Erdogan le consta que Putin es un homólogo a quien hay que tomarse muy en serio, y lo mismo sucede a la inversa.

Por este motivo, contrario a lo que sugieren algunos periodistas, no es sensato aducir que Ankara se alineará con Moscú. En todo caso, el acercamiento responde a imperativos estratégicos, posiblemente más momentáneos que duraderos, de modo que esto no implica que ambas naciones vayan a ser aliadas desde un punto de vista formal. Precisamente, es porque comparten un estilo de liderazgo similar que Erdogan y Putin saben que necesitan llegar a un acuerdo de caballeros, y encontrar un statu quo por lo pronto tolerable para ambos Estados. En cierto modo, creo que lo que la reunión representa es una vuelta al machtpolitik del siglo XIX, a la política de poder, mediante la cual las potencias buscaban conformar bloques para balancearse entre sí.

Por un lado, no es secreto que Turquía ya no es la república kemalista aliada de Estados Unidos. En los últimos años, Erdogan se distanció de Washington y, entre otras políticas, obstaculizó la campaña estadounidense contra el Estado Islámico (ISIS). Ya en 2003 había actuado de modo similar, al prohibirles a las fuerzas aliadas utilizar la infraestructura turca para lanzar ataques contra Irak.

Esta realidad, sumada a la más reciente exasperación del Sultán (como le dicen a Erdogan), ha motivado a un número considerable de expertos y decisores a cuestionar el papel de Turquía como miembro confiable de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Hoy, en lo que es su polémica más desprolija, Erdogan amenaza con romper las relaciones con Estados Unidos, si este no extradita a Fethullah Gülen, el clérigo acusado por el oficialismo turco de haber instigado el fallido golpe de Estado.

Por otro lado, tampoco es secreto que existe una fuerte rivalidad entre Rusia y Turquía, agravada por una larga tradición de hostilidades y enfrentamientos armados. Estratégicamente hablando, la presencia rusa en Crimea y en Siria despierta los peores recuerdos de la historia militar turca. Visto desde la órbita castrense, podría decirse que Turquía está rodeada por bases rusas en casi todos sus puntos cardinales. Al este, los rusos ostentan fuerzas militares en el Cáucaso; al norte, en Crimea, se encuentra la flota del mar Negro; y al sur, en Siria, hay cazas de combate operativos. Esto no es un dato menor y no hay que subestimar el legado de la memoria colectiva. Entre 1568 y 1918, el Imperio otomano y el Imperio ruso pelearon doce guerras, de las cuales, sin contar los armisticios y los estancamientos, los rusos salieron victoriosos de por lo menos cinco, mientras que los otomanos vencieron solamente en dos.

Este registro es importante porque da cuenta de las rivalidades contemporáneas. Además del desacuerdo en torno a la continuidad de Bashar al Assad en el poder, está la controversia alrededor de los kurdos. Mientras que Rusia los ve como potenciales aliados, Turquía los considera subversivos de la peor especie. También está el problema de Nagorno Karabaj en Transcaucasia, que enfrenta a Armenia y a Azerbaiyán en una disputa territorial. Evocando su papel histórico como benefactores de los armenios, los rusos son partidarios de Armenia. Los turcos, en cambio, manifiestan solidaridad con un pueblo étnicamente turco y favorecen a Azerbaiyán. Este problema viene conjugado por la vieja carrera geopolítica por influencia en Asia central, donde la población de las ex repúblicas socialistas es primordialmente turcomana.

Por todo esto, tal como lo expresó Yusuf Kaplan, un popular comentarista oficialista turco, no es posible confiar en Rusia y es un error asumir que —aunque ambos Estados comparten un resquemor hacia Occidente— esto llevará a una relación entre amigos. Por el contrario, según lo marca, lo importante es: "Los lazos que se restauran con Rusia a través de la estrategia de equilibrio nos darán la oportunidad de llegar a una posición desde la cual podremos establecer los balances que, a mediano plazo, darán forma a nuestra historia, y que, a largo plazo, darán forma a la historia de la región y del mundo".

En suma, el argumento indica que Turquía no puede permitirse el aislamiento, sobre todo cuando la brecha con Europa y Estados Unidos se hace más grande. Puesto de esta manera, la reunión entre Erdogan y Putin es una muestra de mutuo respeto, y presenta también un mensaje dirigido hacia las potencias occidentales.

El mensaje es claro. Mientras que Rusia muestra que tiene influencia sobre Turquía, esta —cuya economía depende enormemente de los negocios con Europa— evidencia que está dispuesta a diversificar sus relaciones a los efectos de hacerse respetar, en respuesta a lo que percibe como una intromisión occidental a sus asuntos internos. Al caso, tras la intentona golpista, Erdogan acusa a los líderes occidentales de no haberse solidarizado lo suficiente con él, y no tiene paciencia con los críticos que lo acusan (tras los arrestos masivos) de estar violando derechos humanos sistemáticamente. Convenientemente, a los efectos de proveer justificación ideológica al acercamiento diplomático, Erdogan ahora sugiere que los seguidores de Gülen derribaron el caza ruso para destruir las relaciones entre su país y la tierra de Putin. Bien, desde el Kremlin, hay sectores duros que dan crédito a la versión de que existe una conspiración occidental.

Sin embargo, en general, Moscú comparte una suspicacia análoga y desconfía de las intenciones del Gobierno islamista turco, prioritariamente en función del apoyo de Erdogan a los grupos insurgentes islámicos que combaten al régimen sirio. En este punto, hay que tener presente que Putin anunció que la normalización sería paulatina y que las sanciones que Rusia impuso sobre Turquía no serían levantadas de forma automática. Según lo reportado por AFP, entre enero y mayo de este año, el comercio bilateral se desplomó un 43%, y el número de turistas rusos cayó en un 93 por ciento. En otras palabras, esto significa que el camino hacia la plena normalización estará condicionado por el comportamiento de ambos Estados, y por las percepciones que estos mantengan entre sí.

Más allá de que los líderes en cuestión entienden que hay rivalidades de orden geopolítico que no desaparecerán, si uno se guiara por la lógica "negocios son negocios", podría decirse que ambos hombres tienen interés en llevar a cabo proyectos de cooperación económica. Esto particularmente en lo referido al prospectivo gasoducto Turkish Stream para llevar gas natural desde Rusia a Turquía, atravesando el mar Negro, y desde allí al resto de Europa (sin pasar por Ucrania, lo que beneficia a Turquía y representa una política coercitiva de Moscú hacia Kiev). Además, Turquía planea la construcción de su primera planta nuclear en Akkuyu, en la costa mediterránea. El proyecto, encargado a contratistas rusos, finalizaría a más tardar en el 2022.

En definitiva, tal como opina Andrei Kortunov, director del Russian International Affairs Council (RIAC, por sus siglas en inglés), uno podría decir que la reunión entre Erdogan y Putin fue antes que nada una improvisación. Ningún acuerdo fue firmado y la naturaleza del encuentro es esencialmente simbólica. Además de enviarle un claro mensaje a las potencias occidentales, luego de los cruces retóricos después de noviembre, ambos líderes también tienen que "vender" la reconciliación en casa, en sus respectivos países. No obstante, si hay una cosa que este evento remarca por sobre todas las demás es que la política de poder entre potencias sigue siendo tan relevante y trascendental como siempre.

 

@FedGaon

 

El autor es licenciado en Relaciones Internacionales, consultor político, y analista especializado en Medio Oriente.