"Madiba" estuvo detenido 18 años en una pequeña celda de Robben Island. Desde allí, escuchaba a diario cómo otros prisioneros y guardias hacían deportes en una cancha que se encontraba a pocos metros de su calabozo. En esta nota de Infobae.com, un recorrido por el horror que vivió el último gran líder universal

Si bien fue el rugby el que jugó un rol clave para el final del apartheid y la transición democrática en Sudáfrica, Nelson Mandela ha mantenido a lo largo de su vida fuertes lazos con el fútbol, el deporte más popular en su país y en el mundo. Su participación en los festejos por la consagración de los “Bafana Bafana” en la Copa Africana de 1996 y el rol que desempeñó para que el Mundial de 2010 se disputara en Sudáfrica son algunos ejemplos públicos de ello.
El Soccer City Stadium de Johannesburgo fue escenario de su primer discurso multitudinario, en 1990, y de su última aparición pública, en la consagración de España como campeón del mundo. Sin embargo, hay otra cancha que quedará grabada en su retina hasta el final de sus días: el pequeño potrero de Robben Island, la prisión en donde pasó 18 de sus 27 años de detención.
"Esa cancha era la única distracción que teníamos. Algunos sábados nos permitían hacer deportes, jugar al fútbol o al rugby. Los días de semana debíamos permanecer 23 horas en nuestros calabozos y sólo podíamos salir para hacer algunas tareas”, recordó Jama, un ex prisionero de Robben Island (1977-1982) que hoy trabaja como guía del museo que funciona allí.
Pero Mandela no tuvo esa “suerte”. Sus condiciones de detención fueron mucho más crueles y debió conformarse con escuchar cómo algunos de sus compañeros jugaban al fútbol a 10 metros de la que fue su celda. Un patio, donde los prisioneros solían picar piedras, separaba los barrotes de su ventana de aquella cancha que jamás pisó.
El eco del repiqueteo de la pelota y los gritos de gol que llegaban hasta su calabozo contribuyeron, quizás, a llevarlo a pensar en el deporte como un instrumento de reconciliación de la sociedad sudafricana, fragmentada por el apartheid.
“Hasta ahora el rugby ha sido la aplicación del apartheid en el deporte, pero ahora las cosas están cambiando. Debemos utilizar el deporte para ayudar a la construcción nacional y promover todas las ideas que creemos que contribuirán a la paz y a la estabilidad del país”, resumía “Madiba” por aquellos años.
Un horror en el paraíso

Robben Island (Islas de los Lobos) es un paradisíaco archipiélago que emerge a 12 kilómetros de la bahía de Ciudad del Cabo. La belleza que la rodea marca un fuerte contraste con el horror que se vivió allí, primero como un leprosario y ya en el siglo XX como un penal de máxima seguridad para los presos políticos del apartheid.
Jama, el ex prisionero que acompañó a Infobae.com en una recorrida por el lugar, relató cómo fue detenido en 1977 luego de participar en distintas manifestaciones en contra de un decreto que impuso al afrikaans como idioma obligatorio en los colegios. Al igual que él, otros cientos de jóvenes pasaron años recluidos por cuestiones políticas.
“Para mí continúa siendo muy duro y muy difícil recorrer estos pasillos y recordar todo lo que viví aquí. Pero hoy este es mi trabajo y también creo que es muy importante que la gente conozca lo que sucedió en este lugar”, reflexiona con tristeza.
El penal, con capacidad para 1.200 prisioneros, fue utilizado sólo para la detención de hombres, todos por razones políticas. Su edificio principal está dividido en dos áreas: una con grandes calabozos en donde convivían alrededor de 30 presos y otra con pequeñas celdas en donde eran alojadas las personas “más peligrosas” para los intereses del apartheid.
En esta área de máxima seguridad estuvo detenido Mandela, el ya mítico prisionero 466/64. Su calabozo era un ambiente de no más de dos metros cuadrados, donde debía pasar 23 horas por día; sólo se le permitía salir 30 minutos por las mañanas y otros 30 por las tardes para realizar trabajos en el patio lindante a la ventana de su celda.
El ambiente en donde el ex presidente sudafricano vivió 18 años contaba con un banco de madera, una lona que hacía las veces de cama y un intercomunicador en donde los detenidos recibían órdenes e insultos. Los ex convictos lo recuerdan como un lugar oscuro, húmedo y sucio, con un olor nauseabundo que emergía de las letrinas en donde hacían sus necesidades.
Las paredes de la prisión de Robben Island esconden infinitos secretos e historias. Además de Mandela, allí estuvieron detenidos otros ex presidentes y funcionarios del gobierno de Sudáfrica que aún recuerdan aquel lenguaje que usaban los presos para comunicarse entre sí: dos golpes en la pared, la situación estaba tranquila; uno o ninguno se traducían en problemas.
La isla se exhibe en la actualidad como un atractivo turístico que recibe a miles de personas por día a través de ferrys o yates privados. Además de la prisión, la visita incluye un paseo por 500 hectáreas en donde se pueden conocer la iglesia de los leprosos, las casas de los guardianes blancos y otras construcciones que también se utilizaron para aislar a detenidos. Sin embargo, la celda de Mandela y los relatos de los ex detenidos son los que se presentan como un nexo con la historia, conmovedor y movilizante.