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25-06-12 | Opinión

River: se terminó una condena

  • Andrés Burgo
  • Por Andrés Burgo
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La parafernalia mediática que gira alrededor del fútbol (o supongo que ya es al revés, el fútbol como un objeto satélite que orbita alrededor del centro de su sistema solar, la industria del entretenimiento) había impuesto en las últimas semanas un dilema extraño. Una disyuntiva que intentaba preservar la nobleza de nuestros años ganadores (y de los títulos que vendrán) a costa de un voto de castidad en estos tiempos proletarios: festejar o no el eventual ascenso de River. Sus impulsores daban a entender que no puede haber alegría en épocas de luto.


Presumo, sin embargo, que en el fondo se trataba de una discusión semántica de la que incluso tuvo que cuidarse el presidente Daniel Passarella, quien después del partido emitió un comunicado en el que, con precisión de un lingüista de la Real Academia Española, aclaraba que "celebraba" (aplaudía, conmemoraba) pero que no "festejaba" (de, justamente, participar en una fiesta) el campeonato de la B Nacional.

Tengo amigos que en las semanas previas al 2 a 0 contra Almirante Brown defendían el "no festejo" y otros el "sí festejo", pero siempre sospeché que, pese a sus interpretaciones opuestas, las líneas centrales de ambas posturas convergían en una amplia coincidencia: nadie festejaría como si se tratara de un título del mundo pero tampoco nadie diría "uh, qué cagada, ascendimos".

Finalmente, como sucede cada vez que se aclaran los malentendidos, los apologistas de un movimiento y de otro festejaron (o celebraron, da lo mismo) con una matriz en común: el sábado se terminó una condena. Hay tipos que salen de una cárcel, enfermos que reciben el alta, estudiantes que se convierten en licenciados después de cinco, seis o siete años de encerrarse todos los fines de semana, pescadores que regresan de su reclusión de varios meses en ultramar, y también estamos nosotros, los hinchas de River, que 363 días después trepamos desde las catacumbas de la B hasta la superficie.

Lo que sucedió el sábado en el Monumental después de que David Trezeguet (el único futbolista que debería anotarse para un reality en el que se elija al Beto Alonso o Enzo Francescoli del siglo XXI) convirtiera el segundo gol, tuvo un pico de intensidad que desbordó incluso a hinchas curtidos, tipos de varias décadas en su biografía del tablón, gente que por ejemplo vivió las dos Copas Libertadores que River ganó, en 1986 y 1996, pero que sin embargo recién ahora descubrió un tipo de fibra que el fútbol no les había sensibilizado.

Fue una corriente de energía diferente a las anteriores, un espasmo sólo reconocible entre quienes acaban de cumplir su sentencia. Un año después de haber sido barridos de nuestro eterno cuento de hadas, el ojo de un huracán volvió al Monumental, pero esta vez para reposicionar las cosas como la historia solía tratarnos.

Espero que los hinchas (y, sobre todo, los dirigentes) de River hayamos aprendido una de las tantas lecciones que nos dejó el descenso: la altanería no nos hacía mejores. Dicho eso, ahora podemos susurrarnos entre nosotros, unos a otros, y si es en voz baja mucho mejor, que en la B acabamos de metabolizar algo que la A no enseña: que queremos a River mucho más de todo lo mucho que ya sabíamos que lo queríamos.

Y eso lo aprendimos en esta condena de la que, por fin, acabamos de salir.

Twitter: @Andres_Burgo

* Andrés Burgo es periodista deportivo desde hace 20 años. Es autor de Ser de River en las buenas y en las malas (Sudamericana, 2011)

 

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