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30-05-12 | Opinión

¡Aníbal, queremos pensar en pesos!

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Tiene razón el senador por el FPV cuando dice que "vayan haciéndose la idea de que la Argentina tendrá que empezar a pensar en pesos". Lástima que las políticas de gobierno de su partido acorralan a muchos argentinos contra las cuerdas del dólar, el cual, desde 1785, jamás sufrió la quita de ceros, como los 13 que restó la moneda nacional desde su origen.

No se trata de imponer por decreto un cambio de mentalidad que fue moldeada desde los 50 o los 60, ya no lo recuerdo bien, porque nací bajo el signo del dólar como intento de reserva de valor y de disponibilidad inmediata.

Seguramente que "apenas 11% de los residentes atesoran dólares y que no tenemos la maquinita para hacerlos", como destacó Aníbal Fernández en declaraciones radiales a comienzos de la semana. Pero no por eso hay que imponer un Estado gendarme y amenazante.

La historia argentina del último medio siglo es muy rica en confiscaciones, apropiaciones y desmanejo de la cosa pública que han forzado ajustes y reajustes en el sector privado, ante el recurrente renunciamiento de los gobiernos a cuidar los bolsillos del 89% (por oposición al 11% que no atesora dólares) de los argentinos.

Me gustaría que el senador Aníbal Fernández les preguntara a las familias –que no viven de un Estado que expande el gasto a ritmo de 37% anual, porque siempre encuentra un chanchito donde hay monedas para sustentarlo (retenciones, AFJP, reservas del Banco Central, fondos de la ANSeS, el impuesto inflacionario…)– cómo hacen hoy para llegar a fin de mes.

Estoy convencido de que la mejor manera de trabajar en protección de ese 89% que vive en pesos, porque no tiene acceso a los mercados financieros y de cambios, es brindarle estabilidad económica y posibilidades de acceder a empleos calificados y con proyección de futuro en vez de asistencialismo, que fue pan para ayer y hambre que comienza a sufrirse hoy.

Poner cepos a las inversiones al desalentar el pago de dividendos; trabar todo tipo de importaciones para cuidar reservas en dólares que se gastan en pago de deuda pública, a contramano de como lo hacen la mayoría de los países, en particular los del vecindario; obstaculizar las transacciones inmobiliarias y hasta el turismo, es trabajar sobre las consecuencias, no sobre las causas que llevaron nuevamente al refugio en el dólar del 11% de los residentes.

La lucha contra la evasión de impuestos debe estar presente siempre, se compren o no se compren dólares con fines de ahorro o de turismo, o para firmar una escritura inmobiliaria, por razones legales, pero fundamentalmente de equidad social.

Pero también, por la misma razón, el Gobierno debería ser un celoso custodio del 89% de la población que está forzada a vivir en pesos. Y, al parecer, no lo hace, al negar la tasa de inflación de más de 25%, aunque la convalida en el aumento del gasto público, de la expansión monetaria y del ajuste de los salarios públicos.

Una y otra vez se sentencia "no vamos a hacer el ajuste", pero por el contrario se somete al ajuste del gasto privado, hasta límites que ya llegan a ser insoportables para los cada vez más menguados presupuestos de las familias que no viven de la teta del Estado ni cuentan con sindicatos fuertes que velen por sostener el poder de compra de sus salarios.

La Argentina es muy rica en recursos naturales y tiene enormes talentos. Sólo hace falta juntarlos y coordinarlos, para poder retomar el sendero del crecimiento genuino, sin obstáculos e inventos caseros, sin mirar tanto a los países a los que hoy les va mal, para creerse mejores y preclaros, sino a los muchos que fueron y siguen siendo exitosos, y otros tantos que transitan hacia ese camino.

Con sólo intentar copiar esos casos exitosos –que, como digo, son muchos– y articular sin discriminaciones lo público con lo privado, creo que el 11% de los argentinos que atesoraron en dólares, pero que generan gran parte de la riqueza nacional, volverán a pensar en pesos y a tentar a otros a invertir en el país.

La política del Estado gendarme y del miedo y la persecución traen a la memoria muy malas experiencias, económicas, pero sobre todo sociales, es decir, humanas.

Atacar las causas de la inflación de dos dígitos en forma genuina y evitar ensayar políticas que fracasaron en el pasado será menos doloroso que seguir atacando simplemente sus consecuencias.

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