
Se lo notaba ansioso a Rafael Nadal y motivos no le faltaban. Un tenista como él, indiscutiblemente el segundo mejor del mundo, se había desacostumbrado a eso que tanto sabe hacer: ganar, o en realidad, ganar títulos.
Como si no hubieran sido suficientes las conquistas en los primeros Masters Series de la temporada pasada (Montecarlo y Roma, a los que se puede sumar el ATP de Dubai), nuevamente los cuestionamientos hacia el español pasaban por sus discretas actuaciones en superficies duras, teniendo en cuenta que después de Roland Garros, en junio de 2006, no cosechó ningún título.
Pasaron casi nueve meses y Rafa volvió a sonreír. En el medio hubo lesiones y decepciones. Como las que generaron el US Open o buena parte del resto de los torneos de la Serie Masters. O el mismo Masters de Shanghai, donde, de haber sido primero en su grupo, se aseguraba una final ante Roger Federer. Pero se encontró con él en semifinales y el suizo lo despachó con simpleza.
Sin ir más lejos, este año no había logrado destacadas actuaciones. Fue semifinalista en Chennai, donde cayó con el belga Xavier Malisse, debió retirarse en su debut de Sydney y completó un discreto Abierto de Australia, donde llegó hasta los cuartos de final. Luego hizo lo propio en Dubai.
Nadal sumó en Indian Wells la 18º conquista de su carrera y acortó distancias en el ránking y en la Carrera de campeones respecto de su eterno rival, Federer. Ahora se viene el Masters Series de Miami, certamen del que no tiene un buen recuerdo reciente, teniendo en cuenta que en 2006 cayó con Carlos Moyá en segunda ronda.
Lo importante es que el español no sólo cortó una prolongada racha adversa sino que recuperó su mejor nivel. Lo demostró ayer, en la final ante Novak Djokovic, al entrar motivado como nunca y no dejarle ganar un punto a su rival sino hasta el noveno tanto. Por eso la descarga y la emoción del final. Sensaciones que se tienen cuando se logra salir de un inquietante sueño.