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18-01-10 | Mundo

Haití: la tragedia, en primera persona

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"Llegamos a un lugar con olor fétido, similar al de la carne quemada, en donde la sangre impregnaba las sábanas y el piso. Nunca me había pasado: sentía que respiraba el olor a muerte". El relato del periodista Diego Morán, de C5N, para Infobae.com

Haití: la tragedia, en primera persona

Filas de personas que, gracias a su doble ciudadanía, esperaba un avión para irse. Aviones y soldados de todo el mundo -varios con escudos argentinos en sus hombros-. Una bandera resquebrajada de Naciones Unidas al lado de una pequeña oficina: era el nuevo "cuartel general" que reemplazaba al que el terremoto derribó.

Todas estas escenas las percibí apenas aterricé en el aeropuerto de Puerto Príncipe. Parecía una película, pero todo era terriblemente real.

Me acompañaba mi amigo y camarógrafo Diego Barbatto. Juntos, pedimos autorización a un grupo de militares estadounidenses -los dueños del lugar- para salir del aeropuerto. La primera vez nos dieron 12 minutos.

Ese breve lapso de tiempo quedará en mi memoria para siempre.

Sentí la muerte deambular. Gente que no tenía heridas visibles, pero que no tomaba agua desde hacía cinco días. Sus vidas se iban a apagar en horas. Pregunté si podía darles las dos pequeñas botellas que llevaba en mi chaleco. Pero me dijeron que no. La agitación y las revueltas -con disparos de bandas armadas- podían provocar más muertes que las vidas que iba a prolongar, ni siquiera salvar, con mis preciadas botellas de agua.

Llegamos a un lugar con olor fétido, similar al de la carne quemada, en donde la sangre impregnaba las sábanas y el piso. Nunca me había pasado: sentía que respiraba el olor a muerte. Le decían "hospital de campaña".

Era un galpón en donde cinco médicos de una ONG holandesa atendían, con lo que podían y cómo podían, a quinientas personas.

Diego, mi compañero, grababa la imagen de una madre con su pequeño hijo, desnutrido y herido, al igual que ella. Los dos nos sentimos mal por nuestra actitud de registrar el dolor ajeno, tan típica del periodismo amarillo. Pero esto era distinto. Mostrar el dolor de Haití duele, pero es necesario para despertar la solidaridad del mundo.

Me sentí un poco mejor. Viendo la destrucción y el sufrimiento en Puerto Príncipe la pregunta me volvía a cada rato. ¿Por qué pasa esto? Una vez más, le doy la razón a quienes dicen que el infierno está aquí en la Tierra. Que los miles que murieron están en un lugar mejor. Y que la vida de todos -la mía también- es básicamente pasar pruebas. Pienso en los miles de soldados, rescatistas e integrantes de ONG que estaban llegando al lugar del que todos quieren irse y concluyo en que tanto ellos como los haitianos que todavía deambulan en las calles se están ganando un pedacito de cielo.

Ese es el pensamiento que me daba algo de consuelo, cuando recorría las calles del infierno.


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