Hay un restaurante en Cattolica, Italia, junto al paseo marítimo, donde tienen su Honda instalada en un pequeño altar y cada noche la hacen rugir a las 22.30 horas. Ni un minuto antes ni uno después.

La hora exacta en la que cenó por última vez en Hochey, su local favorito en la localidad costera del Adriático que le vio nacer. Un sentido tributo en honor de Marco Simoncelli, que cada noche se repite ante la sorpresa de algún comensal despistado.

Simoncelli falleció el 23 de octubre, a las 16.56 horas en Malasia.

La pista en la que alcanzó la gloria en 2008, al proclamarse campeón del mundo de 250 cc, y donde perdió la vida tres años después en un circuito cuyas siglas corresponden a su apodo.

El carisma de Simoncelli traspasó fronteras. En menos de un año, la fundación que lleva su nombre recaudó más de un millón de euros. En la organización de carácter benéfico, que tiene su sede en Riccione –donde se va a instalar un museo permanente-, trabajan su padre Paolo y su novia Kate.