Desde que Lucien Febvre y Marc Bloch renovaron el estudio de la historia fundando la École des Annales, muchos historiadores se volcaron a áreas del pasado hasta entonces dejadas de lado: las transformaciones sociales y culturales a través de los siglos (la famosa "larga duración"), la vida de la gente anónima, de las "masas", sus costumbres, su intimidad.

Y dentro de ello, un tema fundamental: la sexualidad.

Una primera dificultad para abordarlo son las fuentes. "¿Cómo tratar un tema tan íntimo, privado y oculto?", se pregunta por ejemplo Marine Gasc, autora de un blog especializado en historia. Es obvio que no existía el exhibicionismo actual.

"Hay diferentes fuentes que se deben cruzar pero, sobre todo, poner atención al hecho de que son incompletas y no develan más que una parte de la vida privada en la Edad Media", advierte Gasc.

Por un lado están las leyes. Por otro, los llamados "pentienciales", repertorios que hacía la Iglesia de las conductas consideradas punibles y sus correspondientes penitencias según edad, sexo y estado civil. Por ejemplo, una oración que debía pronunciar el pecador: "Todas mis ofensas pasadas / le he confesado/ y nada he retenido en el corazón/ que Usted no haya conocido./ He dicho: debo confesar/ al Señor mi debilidad/ y de pronto mis pecados cometidos/ han sido todos remitidos"

Las penitencias, por ejemplo dieta de pan y agua por varios días, hasta dos meses, podían aliviarse compartiéndolas con la familia. Así, un marido infiel castigado con 40 días de ayuno podía cumplir sólo diez si ayunaba con mujer y dos hijos, ya que la pena se dividía según el número de participantes.

Esposos entrando al lecho nupcial (miniatura del silgo XII)
Esposos entrando al lecho nupcial (miniatura del silgo XII)

También existen archivos de casos judiciales que, como los del presente, dicen mucho de la clase de sociedad y de la vida cotidiana. Claro que, advierte Gasc, la palabra de las mujeres no consta en esos archivos ya que no se consideraba de interés su opinión o su versión de los hechos.

En términos generales las fuentes disponibles son, por lógica, mayormente masculinas y eclesiásticas. También está la literatura, sobre lo que volveremos más adelante.

Por último, datos objetivos como la edad de casamiento o la cantidad de hijos.

De la consulta y entrecruzamiento de todas estas fuentes, la autora saca cinco conclusiones.

En razón del bajo nivel de conocimiento anatómico y fisiológico de la época, el semen era considerado el extracto más puro de la sangre, "la vida en estado líquido". Del óvulo, nada se sabía.

Se creía a los hombres más predispuestos en invierno; las damas, en verano. Y la primavera era la estación del desenfreno. Las personas delgadas tenían más esperma que las gordas.

La mujer era fría, frágil y débil y sin embargo podía agotar al hombre en la cama. Este necesitaba un tiempo de descanso tras el coito. Era aconsejable que la esposa fuese mayor que el hombre así no le exigiría tanto.

Se consideraba a la mujer anatómicamente complementaria del hombre. Su sexo era la reproducción simétrica -ahuecada- del sexo masculino. Del clítoris nada se sabía.

El orgasmo era agotador: equivalía a dos sangraduras. Había que dosificarse. El abuso de sexo secaba el cuerpo, achicaba el cerebro, reducía la vista y llevaba a la estupidez. A la inversa, el no tener relaciones sexuales causaba furia, envenenamiento y melancolía.

Sólo de noche y con la ropa puesta

Jacques Rossiaud, historiador medievalista y autor de Sexualidades en la Edad Media (Ed. Jean-Paul Gisserot, 2012), describe los tabúes e interdicciones de la época, por lo general establecidos por la Iglesia que en aquel entonces desempeñaba funciones que progresivamente irán pasando al Estado a medida que éste desarrolle, a lo largo de varios siglos sus instituciones especializadas. Pero para eso, por aquel entonces, faltaba mucho todavía.

Adúltero es también el amante demasiado ardiente de su mujer (Rossiaud)

En la Edad Media el sexo sólo tiene por finalidad la procreación. Según Rossiaud, el precepto era: "Limitarse a las relaciones nocturnas, evitar la desnudez, no provocar la voluptuosidad a través de los gestos, cantos o actitudes inmodestas; no abusar en la mesa, los excesos de carne y vino encienden el deseo carnal, saber dominar los cuerpos a fin de reducir el número de encuentros".

Y algunas ideas curiosas que rescata Rossiaud: "Adúltero es también el amante demasiado ardiente de su mujer". "Los coitos demasiado frecuentes van en contra de la finalidad de la unión, ya que vuelven la matriz deslizante como la de las prostitutas que por ello son infértiles".

La mujer debe ser pasiva, dejando toda iniciativa al hombre. Nada de extravagancias. "Las posiciones desviadas son peligrosas: provocan la ira de Dios", era el pensamiento de la época. La mujer no debe estar encima del hombre y la posición "canina" estaba prohibida. La única postura admitida era la del misionero (el hombre sobre la mujer).

Para mitigar la pasión, se colocaba bajo el colchón ramas de una árbol llamado chaste tree en inglés.

La prostitución, más tolerada que la masturbación

Aunque suene extraño en la actualidad, para la mentalidad de la época era más condenable la masturbación que la prostitución. Según Rossiaud, un dicho popular de los siglos XIV, XV y XVI era "gozar pagando es gozar sin pecado". En cambio era muy reprobada la sodomía, que abarca todo acto sexual que no concluya en la inseminación de la mujer, a saber: masturbación, felación, penetración anal. "Es por ello que los curas prefieren que los varones frecuenten a prostitutas antes que se masturben o tengan sexo con otro varón", dice el historiador.

¿Había métodos anticonceptivos? Sí, pero de eficacia dudosa. Eran de un amplio rango que abarcaba desde la superstición hasta una pseudo ciencia: amuletos bajo la almohada, brebajes a base de lechuga o sauce; estornudos y genuflexiones (que supuestamente expulsaban el semen), inyecciones de agua helada.

La homosexualidad femenina era relativamente tolerada, no así la masculina considerada contagiosa y culpable de la derrota en las Cruzadas.

Lujuria, concupiscencia y fornicación

Finalmente, no podía falta la opinión del renombrado medievalista Jacques Le Goff, fallecido en 2014. Citaremos aquí una entrevista concedida en 2000 a la revista francesa L'Express.

En ella, Le Goff decía que la Edad Media representó el momento del ingreso de la Iglesia y de su moral en el seno de las parejas. Se produce una condena violenta de la sexualidad por parte de la Iglesia que sólo la verá como "lujuria, concupiscencia y fornicación".

La “postura del misionero”, la única aceptable para la Iglesia
La “postura del misionero”, la única aceptable para la Iglesia

El problema de las fuentes, dice Le Goff, es que son sólo literarias e iconográficas, por lo que muchos aspectos permanecen en la oscuridad. 

Tras las invasiones bárbaras, "la cristianización de las costumbres fue muy lenta", dice Le Goff. Los invasores traían consigo prácticas, como la poligamia, que los romanos ya habían dejado atrás. Se volvió a practicar, pero limitada a las clases altas. Recién hacia el siglo XIII será eliminada por completo. Lo que coincide con el momento en que la Iglesia logra imponer su influencia y sus normas en la vida privada.

Al imponer su modelo de casamiento, la Iglesia dio más libertades (Le Goff)

A nivel de los nobles, los casamientos eran "de conveniencia", con frecuencia arreglados por el Rey, "el primer casamentero". Era un contrato civil firmado ante notario. Pero, "a partir del siglo XII la Iglesia va extendiendo poco a poco su poder sobre el casamiento: lo convierte en sacramento (…) e impone su modelo: indisolubilidad del vínculo y monogamia".

Atención, Le Goff agrega que, al hacerlo, la Iglesia dio más libertades a los esposos de las que hasta entonces habían gozado. ¿Cómo es posible? Así lo explica: "No olvidemos lo opresiva que era la moral antigua (…). El casamiento cristiano reclama el consentimiento de ambos esposos, lo que no sucedía hasta entonces. No sólo el del marido (…) sino también el de la mujer."

Y aunque en los hechos, esta libertad era relativamente usada, ya que la tradición pesaba, existen muchos testimonios de procesos judiciales en reclamo del ejercicio de esa libertad de elección, afirma Le Goff.

La iglesia, aunque expresaba posiciones misóginas, se erigió en protectora de la mujer al oponerse al repudio de la esposa por el esposo (Verdon)

Jean Verdon, autor de El amor en la Edad Media, señala en el mismo sentido que, "paradójicamente, la Iglesia, que expresaba posiciones misóginas, era a la vez protectora de las mujeres, al oponerse al repudio (de la esposa por el esposo), a las violencias y a la poligamia". La Iglesia también impuso la obligación de publicar el anuncio de un casamiento varios días antes de su realización. Era una forma de luchar contra los enlaces clandestinos y contra la consanguinidad (al publicarse las intenciones, cualquiera podía objetar su conveniencia, por ejemplo, por ser los novios parientes demasiado cercanos). Esto también era una forma de prevenir los repudios.

Volviendo a Jacques Le Goff, éste señala que la contrapartida de esta protección y mayor libertad de los contrayentes es la intervención de la Iglesia en la intimidad.

Esto se acompaña con la condena de la "carne" que es una "novedad" de esos tiempos. El sexto mandamiento. "La alta Edad Media retoma todos los interdictos del Antiguo Testamento: incesto, desnudez, homosexualidad, sodomía, coito durante las reglas) -dice Le Goff-. En adelante, el cuerpo es diabolizado, asimilado a un lugar de desenfreno. Pierde su dignidad. Enfermedades como la peste vienen, se afirma, de una sexualidad culpable, aun practicada dentro del matrimonio".

Ilustración de una sátira del Decamerón de Boccaccio: un monje libidinoso envía a rezar al marido y se acuesta con la mujer
Ilustración de una sátira del Decamerón de Boccaccio: un monje libidinoso envía a rezar al marido y se acuesta con la mujer

Es que la propia práctica del sexo matrimonial está sujeta a reglas estrictas: "Es posible que no las siguieran al pie de la letra, pero la sexualidad se volvía culpable, y el placer, condenable", dice Le Goff.

En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino dice que, entre esposos y con ciertos límites, el placer en el acto sexual era lícito

El Decamerón de Bocaccio, en definitiva, es una forma humorística que la sociedad medieval encuentra para canalizar la frustración y burlarse de esta moral estricta, explica. Sin embargo, recuerda Le Goff, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino dijo que entre esposos y con ciertos límites el placer en el acto sexual era lícito. El historiador considera que esa declaración recoge la presión de los laicos al respecto. Verdón por su parte dice que Tomás de Aquino sigue en esto a Aristóteles: si el acto (de procreación) es bueno, el placer para llegar a él lo es igualmente.

El amor cortés es adulterio (Le Goff)

Rudeza guerrera por un lado, amor cortés por el otro: ¿era eso una contradicción? Responde Le Goff: "La violencia guerrera del feudalismo medieval cohabita muy bien, en la literatura, con la exaltación de la femineidad, de la castidad y de la pasión propias del amor cortés. Se encuentra una dicotomía similar en la civilización japonesa en tiempos de los samurái".

Para Le Goff el amor cortés era "esencialmente literario y se limitaba al imaginario". Y agrega algo muy interesante: como no hay divorcio, el adulterio es el refugio, dice Le Goff. Es la razón por la cual florece la literatura cortés que en definitiva relata los intentos de jóvenes caballeros por robar el corazón de la mujer de otro hombre. Tristán e Isolda, Ginebra y Lancelot, son historias de adulterio. "El amor cortés es adulterio", afirma Le Goff.

El amor cortés, dice por su parte Jean Verdon, era un privilegio de la aristocracia. No apuntaba a lo carnal. Una relación sublimada entre dos personas que viven un deseo que nunca se satisfará. Casi siempre es un sentimiento adúltero, agrega, en coincidencia con Le Goff.

Jean Verdon habla de "libido bajo vigilancia". El pensamiento cristiano, dice, excluye el placer sexual y sólo promueve las uniones legítimas para la procreación. Pero el matrimonio basado en el sentimiento de amor mutuo está permitido.

Algunas normas, concluye, fueron asimiladas por la población, como la prohibición de tener relaciones durante la menstruación o en los días feriados religiosos.

Pero hacia fines del siglo XIII empieza a aparecer una literatura que trata el tema del placer femenino y carnal en general: es por influencia de textos árabes -con menos tabúes por aquel entonces-, de traducciones de antiguos autores latinos, como Ovidio. También surgen fábulas de temática sexual, las célebres novelas de Boccacio (Decamerón) y los cuentos del inglés Chaucer (Cuentos de Canterbury), ambos autores del siglo XIV, que osan hablar del sexo practicado sólo por placer.

A modo de conclusión, dice Jacques Le Goff: "El amor en la Edad Media produjo libertades y opresiones. (…) Cuando se reflexiona, como lo hago yo, a largo plazo y si se es más bien optimista, se tiende a privilegiar los avances. Por ejemplo, el modelo literario del amor cortés reaparece en nuestros días en la cortesía que es de uso ejercer hacia las mujeres. Pero es verdad que esta moral cristina de origen monástico, que reprime la sexualidad, es muy pesada. Va a perdurar durante largos siglos y pesa aún en nuestras mentalidades. En ese sentido nacimos todos en la Edad Media. Para lo peor y para lo mejor".