"Escribir es una artesanía, un oficio que vas aprendiendo a lo largo del tiempo". Hebe Uhart es una de las escritoras más importantes de la Argentina. Fogwill, directamente, determinó que era la más importante. Haroldo Conti la comparó con Carson McCullers. Elvio Gandolfo decía que construía un mundo a partir con su lenguaje. Ella, sin embargo, se corre: "Escribir es una artesanía", dice.

Con más de 50 años de carrera —su primer libro de cuentos apareció en 1962—, Uhart hizo de la literatura una profesión sin egos. "Hagamos las fotos en el balcón, donde riego mis plantas", pide. "Con los libros de fondo no, porque siempre 'los escritores y la biblioteca', qué aburrido". Durante la entrevista dirá que no tiene un fetiche con los libros: los pierde, los presta, los deja olvidados en hoteles o micros, y que los suyos "están por ahí, en el dormitorio".

Autora de más de 20 títulos —El budín esponjoso, Turistas, Del cielo a casa, Viajera crónica, Visto y oído, De aquí para allá, y más—, en los últimos años ha decantado por la crónica de viajes. "Me da cosas que no pueden salir de la ficción", explica. "En Carmen de Patagones estuve con Teresa Epuyén, que es una referente indígena, pero que vive, por supuesto, de forma moderna. Ella me dijo: 'El choique, qué compañero era'. El choique es el ñandú: ¡¿el ñandú es compañero?! ¡Cómo va a ser compañero si te embiste, te da patadas! Yo no puedo inventar eso. "

Dos semanas atrás, un jurado de notables —compuesto por César Aira, Martín Kohan, Alejandra Costamagna, entre otros— decidió entregarle Hebe Uhart el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. Este galardón que se da en Chile y está dotado en 60.000 dólares es uno de los más importantes de Sudamérica. Se premia la trayectoria y el aporte al diálogo cultural y artístico de Iberoamérica. Uhart se suma, así, a una lista que integran Rubem Fonseca, Ricardo Piglia, Horacio Castellanos Moya, Margo Glantz y César Aira. "Estoy contenta porque me lo de Bachelet; no me lo da el otro, Piñera", dice. "Yo prefiero a Bachelet".

Siempre, desde chica, tuve buenas críticas. Los únicos que me jodieron por haber escrito fueron los novios.

"¿Cómo se vive el reconocimiento? Depende de las edades", dice. "En realidad nunca recibí malas críticas. Siempre, desde chica, tuve buenas críticas. Los únicos que me jodieron por haber escrito fueron los novios. Uno me dijo '¿Yo a vos te trato mal? Porque vos escribís y yo quiero escribir pero no me ayudás'. Pero él quería ser más burguesito y para escribir, te tenés que desclasar. Tenés que poner las energías ahí, no en optimizar tus recursos. Si ponés las energías en optimizar tus recursos, los optimizás, pero va en detrimento de lo otro que vas a hacer, porque esto requiere más atención".

Hebe Uhart lleva más de 50 años de carrera (Martín Rosenzveig)
Hebe Uhart lleva más de 50 años de carrera (Martín Rosenzveig)

Hebe, maestra rural

Uhart nos recibe en su casa: café, agua, galletitas. Somos cuatro personas —un periodista, un fotógrafo, dos camarógrafos— que se mueven con torpeza entre sus cosas. Ella, sin embargo, no se inquieta. Deja hacer: es permisiva como cuando era maestra. Muy seria para las fotos, apenas se pone un poco tensa cuando se prenden las cámaras, pero al rato se afloja y se ríe con cada respuesta que da. Y, como si escuchara la pregunta al revés, siempre responde algo inesperado, fascinante.

—¿Qué te enseñó ser maestra?

Yo trabajé en una escuela de campo, en un barrio que se llamaba Cuatro vientos. Vivía en Buenos Aires y viajaba a Moreno muy entusiasmada porque quería ayudar al proceso de liberación nacional. [Se ríe] Me iba ebria de entusiasmo. Llevaba cuadernos, cosas, todo. Y había otra maestra gorda, que era de Luján, que los maltrataba. "Ay", decía mi corazón sensible, "qué horror, qué triste, cómo le va a decir esas cosas". Me quedé dos años, los traté bien, trabajé lo mejor que pude, pero la gente de esos lugares quiere a la gente que se queda. La de Luján hacía 10 años que estaba. Les gritaba y los maltrataba, pero a la gente no le importa el maltrato porque quiere que la escuela exista.

—En Visto y oído hay una crónica de un viaje a Córdoba de tu etapa de maestra.

Ese fue un viaje muy interesante a Embalse Río III, que se había hecho para juntar a todos los chicos del país. Yo ahí era vicedirectora de una escuela de Santos Lugares. Los chicos nuestros eran suburbanos, pero prácticamente capitalinos; inmediatamente manejaban el espacio como si fueran los dueños. Los chicos jujeños —porque ahí se veía bien cómo es el país en sus distintas manifestaciones— venían de un pueblo y no habían visto nunca un colectivo. Los maestros los dejaban encerrados y ellos se quedaban quietitos. Había chicos de la villa, de Entre Ríos, del Chaco. Los chicos de Mendoza no le daban bolilla a nadie porque venían de un colegio privado caro. Ahí te das cuenta que la integración forzosa es muy difícil. Yo les decía a nuestros chicos que las chicas jujeñas eran muy lindas. ¿Sabés qué me decían? "¿Usted llama lindo a eso?" Claro, a los 11 o 12 años son crueles.

Uhart dio clases en todos los niveles: primaria, secundaria, universidad. "La que fue nefasta fue la secundaria", dice. "¡Me hicieron de todo! Yo soy muy permisiva y a los adolescentes hay que ponerle pautas. Los adolescentes te prueban. Yo nunca podía descubrir quién tenía la culpa".

No espero descubrir una verdad profunda. Yo espero encontrar cuestiones de lenguaje. El lenguaje es una forma de percibir el mundo.

—Esa perplejidad de no comprender del todo lo que pasa, creo que es una característica de tus crónicas.

Pero quién capta del todo la realidad. Yo no espero descubrir una verdad profunda. Yo espero encontrar cuestiones de lenguaje en las otras personas. El lenguaje es una forma de percibir el mundo.

—¿Cuando vistitaste las comunidades indígenas en De aquí para allá tampoco buscabas esas verdades?

En el caso de las comunidades indígenas me interesaba la mezcla de aquello que llevan como marca identitaria con la tecnología. Pueden usar el traje regional, pero tienen celular y notebook. En realidad, yo no sé si el asunto es ir a buscar una verdad. Tengo la intuición de que voy a encontrar algo: formas de hablar, de decir. Los viajes, en el caso de las comunidades, me han hecho ensanchar mi panorama —y no sé si eso se pudo transmitir— del país de una manera distinta.

¿Cómo son las crónicas sobre animales que estás escribiendo ahora?

—Son crónicas literarias. Algunas son semblanzas de animales, del aspecto y de la forma; otras tienen más información. He leído muchísimo de ellos y he hecho entrevistas, también. Me interesa mucho el saber de la gente de campo, que es otro saber. En Azul estuve con dos payadores: ellos te hablan de los animales de una manera totalmente distinta a como hablamos nosotros. Por ejemplo, uno hablaba del turno de las vacas: las vacas tienen jerarquía para tomar agua. Está la primera, la segunda y la tercera. Y no se le puede meter nadie porque le dan una coz. Se respetan las jerarquías. Entonces yo le preguntaba cosas a la gente del campo: ¿los animales perciben la muerte? Uno me contestó que las vacas sí, pero los caballos no. Me interesa esa otra forma de procesar lo que existe, lo que hay.

Uhart dice que aún no encontró una voz para hablar de política en literatura (Martín Rosenzveig)
Uhart dice que aún no encontró una voz para hablar de política en literatura (Martín Rosenzveig)

En busca de una voz

¿Por qué no hablás de política en tus cuentos y crónicas?

—Una cosa que nunca pude hacer es mezclar el contexto con la vida cotidiana. No es cuestión de decir "Yo estaba haciendo un budín y subió Videla". Los chilenos, por ejemplo, lo hacen bien; yo nunca pude. Tal vez mis experiencias con la política las podría escribir en algún ensayo, pero no en la literatura. En la Argentina han ocurrido cosas horribles y yo tengo que encontrar mi voz, mi propio lenguaje para decirlas.

¿Cómo viviste los 70?

—Absolutamente aterrada. Estaba en el Nacional Buenos Aires y hacía una suplencia de Latín y de Psicología. Por Psicología me felicitaron; por Latín me echaron. Porque yo estaba aterrada. Tuve una entrevista con uno que se llamaba Maniglia, que después se murió y una parte de los profesores festejó con champagne. Ese señor me interrogó sobre por qué quería enseñar latín y menos mal que le dije que era porque quería conservar la lengua. No sé qué santo me guio para decirle eso. Esa respuesta le pareció bien. Trabajaba a la mañana, pero a la tarde unos amigos se iban becados a Italia y yo les decía "Voy con ustedes".

Yo tengo un pensamiento político; cómo no lo voy a tener.

Tu respuesta es paradigmática sobre algo que también se ve en tus crónicas: te preguntaba por la Política, con mayúsculas, y vos contaste una anécdota pequeña.

—Es que el miedo obturaba muchas cosas. En aquellos años los policías en las comisarías tenían ametralladoras. La gente pasaba por la vereda de enfrente. En el deslinde de Belgrano y Palermo, donde está el Hospital Militar y un predio que también es de ellos, estaban arriba con ametralladoras. En las estaciones había policías con perros. Todo eso te da miedo. Pero hay una diferencia muy notable entre saber y saber con toda el alma. Yo sabía que pasaba algo raro, se notaba, pero caí con todas las fichas y con toda el alma cuando habló el que está preso en España; ¿cómo se llama?

—Scilingo.

—Scilingo. Habló por televisión y dijo que habían tirado cadáveres al río. Lo dijo con todas las letras. Ahí caí fuerte de darme cuenta. Yo tengo un pensamiento político; cómo no lo voy a tener. Tengo un pensamiento político sobre toda América latina. Menos de Venezuela, porque realmente no la conozco, no la visité. Pero conozco Colombia, Ecuador, Perú, Chile bien, Bolivia, Paraguay, Uruguay mucho. Conozco el territorio y sé lo que pasa. Pero no sé si mi pensamiento político tiene muchas novedades.

Uhart no piensa en el futuro (Martín Rosenzveig)
Uhart no piensa en el futuro (Martín Rosenzveig)

50 años de carrera y mucho por hacer

¿A quién te gustaría parecerte?

—Cuando era chica, me gustaba Felisberto Hernández. Es un escritor que te representa, que te parece que vos sentís lo mismo. Cuando uno es muy joven, la lectura es una ventana para decir "Yo siento así, yo siento lo mismo".

¿Tenés presente la idea de la muerte?

Un poco sí. Además es una edad en la que se habla mucho.

—¿Te da miedo?

No sé si me da miedo… ¡Qué pregunta es esa! Trato de no pensar, pero tengo amigos que han muerto.

¿Para qué me sirve la posteridad si no la voy a ver?

¿Cómo te gustaría que los libros te sobrevivan?

—No tengo la menor idea. ¿Para qué me sirve la posteridad si no la voy a ver? Me sirve lo que veo, lo que percibo. Un premio es una cosa que es buena; si hubiera sido más joven me habría servido más, podría haber viajado. No tengo idea de posteridad. Tengo idea de presente. Tampoco me arrepiento mucho. Tengo un amigo que antes de que yo aprendiera a escribir en la computadora me pasaba todo, era como mi secretario. Y de repente retomó la facultad y me dijo "Llegué y todos los ayudantes eran más chicos que yo; si hubiera terminado la carrera yo ahora sería profesor". Y yo le dije: "Si yo hubiera nacido en Londres sería londinense".

¿El título de Viajera crónica te define?

—No sé. Con el premio voy a viajar de nuevo y voy a ver países que no conozco, lugares que no conozco. Quiero ir a países chiquitos. Me gustaría ir a Portugal, a Irlanda. Me gustaría ir a Marruecos. Del país no conozco Catamarca, La Rioja ni Santa Cruz. Las demás provincias las conozco a todas. Me gustaría volver a Nueva York, porque es una ciudad que me gusta mucho, es muy bonita. Me gustaría ir a la India y a China, pero no entendería.

¿Qué desafíos te quedan?

—Hacés preguntas muy bizarras. Cada cosa que vas a escribir es un desafío. Los desafíos a esta altura son medio de mantenimiento. Vos estás pensando como una persona muy joven. El desafío es poder seguir en mi tesitura de fumar no más de cinco cigarrillos por día. El desafío es que vengan cosas lindas para leer, lugares para viajar y que uno dure sano lo más que pueda.

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