A diez años de la muerte de Roberto Fontanarrosa, Luciano Olivera se 'encuentra' con sus personajes en el famoso bar El Cairo, de Rosario, donde el recordado escritor y humorista solía reunirse con sus amigos.

El bar El Cairo, en Rosario, escenario paradigmático de la vida y la obra de Fontanarrosa
El bar El Cairo, en Rosario, escenario paradigmático de la vida y la obra de Fontanarrosa

Estoy en Rosario y no es ninguna novedad, debo haber venido unas doscientas, trescientas veces, no sé, pero a esta altura está mucho más cerca para mí que para Fito. Me pasa algo especial con esta ciudad: cada vez que tengo que iniciar un proyecto, la elijo. Hay un motivo y es cabulero. El programa que más quise de todos los que hice en mi vida empezó acá, en un rodaje caótico del que no tenía la menor idea qué iba a salir y sin embargo fue mágico. Desde ese día, me las ingenio para que el puntapié inicial de casi todo lo que hago sea en Rosario, entre bogas a la parrilla, algún Carlito (así, sin S) y barcos gigantes que se pasean por el Paraná con la naturalidad de un 152 por Avenida Santa Fé.

En un rato veré a un amigo que trabaja en el diario La Capital. Es fanático de Newells así que voy a aprovechar para preguntarle por Nehuén Paz, dicen que viene al Rojo y no lo tengo muy junado. Pero como falta, decido cruzar y esperarlo en El Cairo. Pido un café, saco el libro que estoy leyendo de mi mochila, me dispongo a perderme en la historia absurda de un astronauta checo cuando de repente veo un revuelo en la barra. Hay un tipo tirado en el piso y dos que se agachan a asistirlo. Mientras, Boogie "El Aceitoso" recoge el puño y vuelve a concentrarse en el vaso de ginebra, ya despreocupado por la suerte del pobre imbécil que vaya a saber qué habrá hecho para merecer su famoso recto al mentón. "Al menos no le metió un tiro" pienso y sigo con el libro. Avanzo un par de líneas nomás porque por la ventana que da a Sarmiento para un colectivo de esos naranja, escolares, del que se baja una barra de pibes. Entran al bar, lo recorren medio atolondrados y cuando por fin en una mesa encuentran al viejo Casale dan un grito de alegría, lo alzan y se lo llevan a la rastra. A la pasada se cruzan con Aldo Pedro Poy que se tira en palomita y hace un gol. La mitad del bar lo grita, la otra putea.

(Télam)
(Télam)

Al fin me traen el pedido. Miro la taza, doy un sorbo y con el rabillo veo pasar por el medio del salón a una rubia escultural en traje de baño. En la mesa de al lado, un tipo la estudia con largavistas, transpira, le tiemblan las manos. Escribe algo en una servilleta, alcanzo a leer, dice "Un día perfecto". La blonda sigue hacia el mar y yo pruebo al fin el café que está más frío de lo que me hubiese gustado pero ni se me ocurre chillar porque veo que el mozo está ocupado en pegarle con un trapo a las mesas. "Gallego, dejá de espantar las moscas, si con la remodelación ya no quedan" le grita el Negro Centurión y recibe un "tú te callas, vago" como toda respuesta.

Inodoro y Mendieta
Inodoro y Mendieta

Al fondo, sobre un escenario que ahora se usa para que a la noche toquen bandas cool, un abigarrado grupo humano trota en círculos. Los dirige un gringo con cara de asesino y buzo de técnico. Es el alemán Helmut Muller que, a la pasada, les pega patadas y les tira aire caliente a sus jugadores "para que se vayan acostumbrando al rigor del Bombasí Stadium" le cuenta al periodista de LT3 que fue a cubrir el particular entrenamiento. El que también observa es don Ernesto Esteban Etchenique. Como no es futbolero, sigue de largo, señala al futuro y el bar entero le mira el dedo. Un fulano se levanta de la silla, grita "¡Qué lástima, Catamarancio!" y de la otra punta le contestan "¡No te enloquesá Lalita, no te enloquesá!". El alboroto altera a un viejo que, al pie de un árbol, le habla a un pibe sobre la poesía del fútbol. Interrumpe un segundo la lección, sale a la calle, le grita "¡Qué cobraste referee, la recalcada concha bien de tu madre!" al bombero que los dirigió la fecha pasada y vuelve, hecho una seda.

En el bar El Cairo se volvió un lugar de peregrinación para todos los lectores de Fontanarrosa
En el bar El Cairo se volvió un lugar de peregrinación para todos los lectores de Fontanarrosa

Se me enfría más el café si es que eso es posible, mejor regresar al libro. A las dos líneas entra Inodoro, sin Mendieta, porque en Rosario no permiten mascotas en los bares. Pide pasar al baño y se cruza con "el sobrecojines", un segundo antes de entrar en la gloria. Miro cómo se sienta en la Mesa de los Galanes, cómo se acomoda prolijamente, cómo escucha, cómo pide hablar sin que le den bola pero yo sé que es ahora cuando se hará un pequeño silencio, el necesario para que "el sobrecojines" diga "El ocho era Moacyr" y se convierta en héroe. Me alegro por él.

Suena un WhatsApp, es mi amigo, me dice que ya está libre, que me espera en la puerta del diario para ir a tomar una cerveza "a un lugar menos turístico". Pido la cuenta, pago con un billete de cien, dejo algo de propina, me levanto. Antes de irme de El Cairo paso por la estatua del Negro Fontanarrosa. Le digo que aquel diecinueve de julio de hace ya diez años yo fui un tipo un poco más triste, que lo extraño y qué, cuando no sé bien qué escribir, busco cualquier cuento suyo porque no habrá maestro igual. Él se sonroja, mira para abajo y me dice "No sea exagerado, hombre, que escribir, lo que se dice escribir, es otra cosa" y se va, con paso cansino, a preparar la picada porque ya empieza el clásico y hoy lo pasan, allá, en el Cielo de los Argentinos.

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