Una lectora curiosea en el stand de Penguin (Nicolás Aboaf)
Una lectora curiosea en el stand de Penguin (Nicolás Aboaf)

Los festejos comenzaron a las 21.57, tres minutos antes de la hora convenida. El final de la Feria del Libro llegó con gritos y aplausos. En algunos stands los libreros se abrazaban y en otros, los "franqueros" —aquellos que fueron contratados para trabajar temporalmente— se prometían, esta vez sí, verse antes de la próxima edición.

Cansadas pero contentas, tres chicas de Penguin Random House hablaban mientras empezaban a desmontar. "El problema es que mucha gente no se da cuenta de que es el stand de una editorial y piensa que son todas librerías", decía Natalia, una de ellas. Entonces muchos le pedían libros de Planeta o V&R. "Cien mil personas por día me pidieron Por trece razones", seguía. Exageraba, pero no tanto: según la información oficial, Por trece razones fue uno de los diez libros más buscados, junto con La sombra del viento, Yo antes de ti, Cien años de soledad, Rayuela.

John Katzenbach firmó hasta las 3.40 de la mañana
John Katzenbach firmó hasta las 3.40 de la mañana

Colas de firmas 

Este año, el récord de firmas fue de John Katzenbach. El autor de El psicoanalista —anunció que piensa escribir la segunda parte— se presentó la tarde del sábado 6 de mayo y estuvo firmando libros hasta las 3.40 de la mañana del domingo.

Menos masiva pero más curiosa fue la firma de Allen Zadoff. El norteamericano, autor de la trilogía juvenil del "Asesino anónimo" —de la que hasta ahora se han publicado Yo soy el arma y Yo soy la misión— firmó libros en el stand de la editorial Numeral hasta que llegó… Allen Zadoff. ¿Cuántas personas pueden llamarse así? Por lo menos dos. Un lector fue con su libro y su documento para demostrar que tenía el mismo nombre. Se estrecharon las manos, se sacaron fotos y se fue con el libro firmado y la promesa de que una parte del porcentaje de regalías le llegaría a su cuenta corriente.

Un clásico infaltable de la feria fue la firma de libros a cargo de Joaquín Lavado, "Quino". Con 83 años de edad, Quino no sólo firmó ejemplares de Mafalda durante dos horas —entre paréntesis: la embajada de Japón tenía en su stand la edición en ideogramas—sino que hasta regaló dibujos para los muchísimos fanáticos que fueron a verlo. Al final del encuentro, Kuki Miller, la directora de De la flor, festejó los 50 años de la editorial: hubo torta con velitas y champagne para convidar a 200 personas.

La disrupción de Zona Futuro

Probablemente la gran sorpresa de Zona Futuro fue el recital acústico de Horcas, la mítica banda de heavy metal de Osvaldo Civile. "De telonear a Metálica a tocar en nuestro living", dijo Esteban Castromán, uno de los organizadores, mientras de fondo sonaban las guitarras de "Ahora o nunca".

Acostumbrados a las propuestas disruptivas donde el libro se vuelve una presencia invisible, los organizadores de Zona Futuro hicieron fiestas disco, performances artísticas, cruces de lectura y música, recitales alternativos y hasta un campeonato de fan-fiction para adolescentes. En el marco del lanzamiento del premio Cuento Digital Sub-18, la Fundación Itaú organizó el "Campeonato Soy tu Fan", donde cada participante tenía que inventar un final alternativo de su cuento favorito. Ganó Tomás, de 13 años, que contó una historia de batallas extraterrestres en donde el héroe salvaba al mundo, pero moría. Y le pedía en el testamento que fuera a contar su historia al campeonato de fan-fiction.

Andrew Graham-Yooll en el stand de Leamos
Andrew Graham-Yooll en el stand de Leamos

El despistado

Muchos sellos tuvieron la posibilidad de participar en la feria gracias a la creación de un "nuevo barrio" de editoriales independientes. Allí estuvieron, entre otros, Lamás Médula, Maizal, Ediciones En Danza y El Elefante Blanco, que se especializa en libros de viaje e historia argentina. Justamente a ese stand fue un hombre a preguntar si había libros de amor y sexo pero en los pueblos originarios. "Se fue ofendido porque no teníamos historias reales de lo que escribe Florencia Bonelli", dijo Julieta, de la editorial.

El premio al despiste del año lo tiene una mujer que fue a ver la entrevista a Andrew Graham-Yooll en el stand de Leamos. Escuchó toda la charla y al final se acercó para regalarle un libro. "Este libro es para usted", le dijo, "que es un maestro para mí y para mi marido". "No me diga maestro, por favor, apenas soy un periodista", le contestó, humilde, Graham-Yooll. "No, no, usted es nuestro maestro", insistió ella. Le robó un beso y se fue a comprar los libros para que se los firmara. Compró Buenos Aires. Otoño 1982 y El inglés, hizo la cola de nuevo y cuando llegó frente al autor le alcanzó los libros, pero se asombró del nombre en la portada: "¿Por qué acá dice otro nombre?", preguntó. "Señora, así me llamo", le dijo Graham-Yooll. "¡Entonces usted no es el que yo buscaba!". De un manotazo le sacó el libro que le había regalado al principio y se fue. Nunca se supo a quién pensaba que tenía enfrente.

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