Cuando la droga se interpuso en el camino del "Diez" su carrera llegó a tambalear. Se repuso una y otra vez y logró escaparle. En el 2000 tuvo su momento más crítico, pero lo gambeteó como lo hacía en la cancha

La vida personal de Diego Maradona estuvo plagada de vaivenes, de momentos circundantes con la provocación constante, con ese ímpetu que mostró siempre. Los límites a veces fueron traspasados de forma brutal y la vida casi se lo cobra, pero El Diez pudo reponerse y dejar atrás esa marca más pesada, la que más difícil le hizo su gambeta: la droga.
En 1991, un viernes 26 de abril, un mes después de su primer doping en el Napoli italiano, Diego fue detenido en Caballito, en el edificio de Franklin 896, en un operativo antidrogas. Sus ojos, perdidos, pedían ayuda desde un abismo infernal. El morbo de la prensa en el edificio parecía más un reality que una ficción. Pasaba su peor momento.
Pero el más crítico llegó a principios de 2000. Una presunta sobredosis de cocaína lo dejó al borde de la muerte en Punta del Este. Sufrió una crisis hipertensiva y arritmia ventricular y el 4 de enero quedó demasiado expuesto, hasta los rumores llegaron a ser los peores. Pero otra vez, El Barba, tal como él lo llama, le dio otra vez una mano y Maradona, como en sus mejores momentos, pudo gambetear la muerte. Luego de salir de Uruguay se fue a Cuba, a iniciar un proceso de rehabilitación.
Cuatro años después volvió a tropezar. Volvió de Cuba y fue internado en Clínica Suizo-Argentina por un cuadro basal de cardiopatía dilatada. Hizo un proceso de desintoxicación un tiempo después y regresó al país de Fidel Castro.
Ya instalado en la Argentina, en 2007 el alcohol le hizo un gol en contra. Fue internado el 28 de marzo por una "hepatitis química, aguda y tóxica". Estuvo internado hasta el 11 de abril. Diez días después se internó en la clínica psiquiátrica Avril, para tratar su adicción al alcohol. El 6 de mayo abandonó el nosocomio, aunque antes circularon miles de rumores sobre la salud de Diego, entre ellos la muerte.
Llegar a la Selección le dio el aire que necesitaba, lo fortaleció, lo hizo sentir vivo e importante. Ahora pasa otro momento crítico, lejos del banco por el que tanto peleó, donde su valor y la compañía de sus hijas será lo más importante para que la tentación se mantenga bien lejos. Vivió a los tumbos, pero siempre salió con un firulete bien Maradoniano, con esa famosa Mano de Dios.