Se pasó el partido sin hablar, en contraposición con sus habituales gestos ampulosos, y apenas si insinuó un austero festejo en el gol tempranero de Maximiliano Rodríguez

Maradona fue otro Maradona. Nada que ver con el que explotaba en gestos grandilocuentes o gritos desaforados en su palco de Boca o en la tribuna de la Davis.
Menos aún parecido a aquel insatisfactorio paso como entrenador de Mandiyú o Racing, cuando -por ejemplo- celebró con un gesto de mal gusto apenas un empate ante Ferro.
No dio siquiera una indicación mientras los jugadores estuvieron en campo. Casi ni habló con su único ladero en el banco, Alejandro Mancuso, ayudante de campo. Ni siquiera una sonrisa. Así de principio a fin.
Le dio un beso a Carlos Bilardo y a Julio Grondona antes de salir a la cancha por primera vez. Caminó, serio, por el pasillo que une los vestuarios con el campo de juego y lo miró a la distancia.
Todos observaban esa figura retacona con camperón azul, que apenas movió un brazo como señal de respetuoso saludo al estadio que fue a verlo más a él que a un limitado seleccionado local.
Tal como había anunciado Bilardo, el nuevo secretario técnico, los jugadores sólo vieron a Maradona y a Alejandro Mancuso, tenedor del libro táctico, en el banco.
Bilardo se perdió en un rincón del Hampden Park, el mismo en el que Maradona jugador, 29 años atrás, marcaba su primer gol en el seleccionado, en el principio de una carrera en la que encumbraría al fútbol argentino.
Cuando Maxi Rodríguez a los 7 minutos terminó de cristalizar una bellísima jugada iniciada por Carlos Tevez y la asistencia de Jonás Gutiérrez, Mancuso apuró el festejo y Maradona le siguió con una celebración modesta. Otro cambio al Maradona conocido.
Luego siguió con su vista en el cuadro que tenía enfrente. No hubo gesto alguno de aprobación ni de lamento o crítica ante los errores que se cometieron, como la desinteligencia entre el arquero Juan Pablo Carrizo y Martín Demichelis en el área, quien le dejó un gol casi servido a James McFadden.
Se levantó en el último minuto del primer tiempo cuando Gary Caldwell bajó duro a Tevez, quien tardó en recuperarse y cuyos gestos de dolor parecían interminables.
Se levantó recién a siete minutos del final, pero la seriedad de su rostro y su silencio fueron inalterables. Terminó el partido y los eufóricos fueron los otros. Sobre todo Miguel Ángel Lemme, otro de los ayudantes que vieron el partido desde la platea cercana al campo. "Así se gana", le dijo Lemme.
Maradona sólo respondió al abrazo. Luego esperó a cada jugador y le dio un abrazo y un beso. Finalmente le dio la mano al entrenador jefe de Escocia, George Burley, pero no a su asistente, el inglés Gary Butcher, dolido aún por la "mano de dios" de México '86, otra vez reivindicada por los escoceses en las tribunas del Hampden Park.
Fuente: DyN