Entre broncas y decepciones, en Núñez el clima está cada vez peor. Mientras los plateístas insultaban a la comisión directiva, desde la popular el enojo se dirigía hacia los jugadores. Coincidencia: todos pidieron a Ortega

"Que vuelva Ortega
", se escuchaba en todo el estadio cuando terminó el primer tiempo y los jugadores de River se iban al vestuario con un gol en contra y rodeados por la bronca de la gente. Era el principio de una furiosa noche de primavera.
Para la segunda etapa el clima se caldeó más y los hechos se fueron acumulando en la popular, en la platea y en la cancha. Peor no se podía estar y nadie habrá querido encontrarse en los botines de los jugadores.
Primero hubo una pelea en la platea entre los mismos hinchas de River, que se calmó porque algunos intervinieron y porque después llegó la Policía. Desde entonces, nada pudo detener no ya la bronca, sino la decepción.
River mereció algún gol en el primer tiempo, pero no tuvo suerte y padeció a los mexicanos, un equipo prolijo pero sin intenciones ofensivas. Sin embargo, tampoco tuvo el "millonario" la suficiente garra: se notó que a los jugadores les faltó sangre para hacer valer la condición de local y ahora deberán ir a México a intentar revertir una situación que su propio entrenador calificó, sinceramente, como "mínima".
El fútbol no tiene demasiados misterios, por más que los técnicos se encierren a pensar o filosofar sobre estratagemas para enfrentar a un estudiado rival de turno. Cuando las cosas no salen con calidad -que evidentemente en River esto no pasa en la actualidad- hay que apelar a lo más primitivo, que en la calle se conoce como "huevos". Bueno, estos once muchachos que estuvieron anoche en la cancha tampoco tuvieron eso. Y se notó.
El pasado reciente con Ariel Ortega como gran desequilibrante condicionó este presente. Mientras la gente lo pedía, los jugadores no daban pie con bola y el mensaje bajaba, indirectamente, recordando que -correctamente o no- el responsable de que el jujeño no esté hoy en el equipo es el técnico, Diego Simeone.
A Simeone puede que le quede poco en el cargo. Si se va ahora, será herido. Poco le servirá defenderse con el título anterior y el que ganó con Estudiantes. Está vivo, cierto, como él dice, pero malherido. Demasiado malherido.
La gente perdió su paciencia y el equipo, el juego. Así las cosas, el panorama no es el cielo, sino el infierno. Pero contradiciendo la canción de Los Redondos, en este caso no está encantador, sino todo lo contrario.