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Lunes 9 de Noviembre
25-06-08 | Deportes Imprimir Galería
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"Yo sabía lo que pasaba"

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El periodista Osvaldo Pepe contó en primera persona su doloroso recuerdo del Mundial 78 y confesó ser consciente de las cosas que sucedían en la Argentina gobernada por la dictadura

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Treinta años pasaron desde aquella tarde fría y gris en que Argentina logró el primer título mundial de su historia. Treinta años que habilitan otra mirada y otra forma de relato, escrito desde las entrañas, con el corazón rebotando sobre el teclado de la computadora personal, que por entonces no se conocía en la Argentina.

Esta idea la disparó el periodista Fernando Ferreira, quien hace un par de meses me entrevistó como parte de un libro que estaba haciendo sobre el tema y cuya pregunta principal fue: "¿Vos sabías lo que pasaba en el país?". La respuesta es sí. Yo fui uno de los que sabía lo que pasaba.

Esa mañana desperté con una excitación extraña, con la idea de estar viviendo un sueño ajeno y una pesadilla propia, íntima, que muchos miles compartían en silencio. En aquellos días, el drama atravesaba a mi familia: Carlos, uno de mis cuñados, llevaba entonces 6 meses desaparecido y otro, Eduardo, había estado dos meses en las cepos de la dictadura. Sobrevivió a la tortura y lo soltaron "porque sos un perejil y ya tenemos a tu hermano".

Fue él quien nos confirmó el horror de la picana, la brutalidad de los golpes y la perversidad de los interrogatorios. Eduardo murió algunos años después en forma súbita por la rotura de un aneurisma cerebral. Siempre sospechamos que fue la huella de aquellas palizas en cautiverio.

Por entonces yo era redactor de la revista Goles, cuya venta semanal arañaba los 100 mil ejemplares y que en el Mundial, con dos ediciones semanales, sobrepasaba lejos esa marca, pero seguía con su inexorable destino de ser "la segunda de El Gráfico".

Esa mañana me despedí de Ana María, mi mujer, y de Paulita, mi primera hija, que entonces tenía sólo 1 año y 8 meses. La sonrisa de ambas con el "¡suerte!" de Ana me quedaron en el registro de la memoria como un gesto de amor sufriente: acabábamos de perder a Nicolás, un bebé de 22 días que había nacido con problemas y no consiguió sacar adelante su vida recién estrenada. Entre el contexto político y el destino personal, comprendí con angustia que las sombras de la tragedia habían elegido a los míos.

Llegué a la editorial en mi Citröen 3 CV modelo 71 y desde allí, Belgrano y Perú, viajamos en varios remises a la cancha. Salimos muy temprano, al mediodía: el partido era a las 15. Recuerdo las banderas y las bocinas, en largas caravanas: ráfagas de euforia que sacudían el camino con ritmo de comparsas despreocupadas. Quizás lo eran, quizás era apenas un ritual escapista y humanamente temeroso.
 
Los pupitres de prensa fueron estrenados en ese Mundial: individuales, cómodos, prolijos, en ellos se entremezclaban prensa gráfica y radios. El palco con Videla y los jerarcas de la dictadura no se podía visualizar desde donde yo estaba, pero era bien cerca.

Recuerdo algunos silbidos dispersos y hasta intentos de alguna consigna de repudio, pronto tapados por el atronador "Ar-gen-tina, Ar-gen-ti-na" que nos alcanzaba a todos. Con los himnos pensé en el destino de Carlos. El choque fue colosal, titánico, durísimo: Holanda, claro, no era Perú. Jugaba a ganar. Vi aquel partido más como hincha que como periodista, aunque en rigor fui a trabajar.

Estallé con el primer gol de Kempes y se me heló la sangre ante el sórdido silencio que vino con el 1-1 de Naaninga. Fue tan grande la mudez colectiva que se escuchaban con nitidez los gritos de los jugadores holandeses, allá abajo, en la cancha, en un Monumental helado.

Aquella tarde fui también barrabrava. Dos escalones más abajo, vi a un periodista brasileño festejar con discreción, casi para adentro, el gol holandés. Creyó que en medio de la desazón nadie lo miraba. Pero yo lo vi. Me le fui encima insultándolo y decidido a trompearlo.
 
Aldo Proietto, el jefe de prensa del almirante Lacoste, el marino prepotente, amo del Mundial y, como lugarteniente de Massera, de las voces disidentes que a dos kilómetros sufrían en la ESMA, me contuvo. En ese momento él fue el civilizado y yo el bárbaro. Se puso en el medio y logró calmarme cuando el brasileño, resignado y esperando la agresión, ni siquiera me aceptaba la pelea.

Proietto me calmó y evitó un escándalo que hoy le agradezco. Tres años después, ni siquiera recibí un llamado suyo cuando me despidieron de la editorial en una razzia de profesionales ordenada por Lacoste, que me costó la cabeza y un largo tiempo sin trabajo: sólo la entonces naciente agencia DyN me contrató entonces como columnista.

Recuerdo también otra estocada brutal de esta tarde, cuando el tiempo reglamentario del partido se escapaba hacia el alargue. Fue el tiro en el palo, creo que de Rep, que estuvo a un par de centímetros de pulverizar el sueño futbolero argentino. El suplementario resultó tremendo, una tensión insoportable que se hizo revancha con los goles de Bertoni y de Kempes.
 
Gritaba como desaforado esos goles en la cara del colega brasileño que, atónito, sólo me respondía con una fingida sonrisa y los pulgares en alto. Videla también gritaba esos goles y levantaba sus pulgares: sentí que se me abrían las puertas del Cielo en medio del infierno. Recuerdo que al finalizar el partido, con un mar de banderas agitadas y los alaridos atronadores del "dale campeóóóón, dale ampeóóóón" de la muchedumbre, golpeé el pupitre con violencia y me largué a llorar.


Pensé en Carlos y en Nicolás. Y seguí llorando sin consuelo. No era sólo emoción futbolera, en esas lágrimas también cabían la bronca y las certezas: nunca más los podría volver a ver. Con Nicolás, que había muerto el 1º de junio, justo el día de la inauguración del Mundial, tuve una primera reparación con la llegada de Gimena, mi hija menor, en 1980 y, mucho después, con la de mis dos nietitos, Luna y Tobías.
 
Con Carlos no hubo revancha. El es hoy memoria y emblema familiar del horror de la dictadura, pero se hizo bandera eterna en mi suegra, Pepi, una de las Madres de la Plaza, que ya no está. Nunca había escrito esto. Me lo debía. Entonces tenía sólo 25 años y, claro, sabía lo que pasaba.


Fuente: DyN

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