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Viernes 27 de Noviembre
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El Maracaná, un templo repleto de mística y goles

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Es uno de los estadios más grandes del mundo y, seguramente, el que mayor respeto impone. Allí intentará Boca lograr su pase a una nueva final de Copa Libertadores. Galería de imágenes

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Su nombre oficial, Estadio Jornalista Mário Filho, dice poco y nada, pero no hay futbolero que desconozca la existencia del Maracaná, uno de los teatros deportivos más grandes del mundo y un orgullo brasileño a la altura de Pelé, Garrincha o Ronaldo.

El apodo se lo debe a un pájaro típico del lugar, que en el curso de la historia resultó mucho más popular que el nombre del fundador del periódico Jornal dos Sports, un diario local.

Ubicado en Río de Janeiro, el Maracaná fue inaugurado especialmente el 16 de junio de 1950, para la Copa del Mundo disputada en Brasil. El ingeniero Joan Esteban Suarez Florez fue el encargado de los primeros trabajos, según cuenta la historia.

A lo largo de los años sufrió constantes modificaciones para adaptarse a las exigencias impuestas por la FIFA y por eso perdió gran parte de su capacidad, que actualmente es de alrededor de 94 mil personas sentadas.

El inicio de la remodelación empezó por una tregedia: el 19 de julio de 1992, tres torcedores fallecieron y 90 resultaron herido al caer del anillo superior durante la final del brasileirao entre Flamengo (jugaba un ídolo del estadio: Junior) y Botafogo. Una avalancha atravesó los carteles publicitarios y la alquibancada cedió.

Lo que no varió fue el color celeste que lo caracteriza, en honor a la hazaña uruguaya de 1950 y no, como aseguran los cariocas, por la bandera de Río de Janeiro. Es que, dice todo aquel que haya pasado por ahí, aún es difícil digerir ese trago amargo.

Testigo de varios duelos entre el Fluminense y el Flamengo -en 1963, el clásico albergó a 194.603 personas-, hoy será la torcida del Flu la que lo "cope" con la ilusión de meterse en su primera final de Copa Libertadores.

También fue sede de grandes conciertos de música, como el Festival ROCK IN RIO realizado en enero de 1991, donde más de 250 mil fanáticos vibraron al ritmo de Guns N' Roses, entre otras bandas.

Y allí dirimirá su suerte esta noche Boca, que va camino a igualar a Independiente como el club más ganador de este trofeo. No lo favorece ni el resultado (un 2-2 en la ida que, prácticamente, lo obliga a ganar) ni los 70.000 gritos cariocas que prometen ser ensordecedores.

Ningún estadio tiene tanta mística como el Maracaná, el lugar que recibirá la final del Mundial 2014 y donde ya se jugó la de 1950, en aquella epopeya uruguaya -esa vez ante 200.000 espectadores- que se reservó un lugar en la historia como "El Maracanazo".

"Vamos los charrúas, los de afuera son de palo", fue la arenga de Obdulio Varela, líder de aquella Selección charrúa, mientras se dirigía hacia la mitad del campo con la pelota debajo del brazo para reanudar el encuentro tras el 1-0 de Brasil. Lo que sigue es conocido: Uruguay lo dio vuelta con los goles de Schiaffino y Ghiggia y pegó el mayor golpe en la historia de la Copa del Mundo.

Con esa premisa, enfocado en las once camisetas del Fluminense, deberá salir Boca a la cancha si es que quiere consumar eso que ya se promociona como una hazaña. "En la cancha seremos once contra once", dicen los protagonistas. El primer paso está dado: se aprendieron de memoria el libreto.


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