07-04-08 | Deportes

Así en las carreras como en el fútbol, el show sigue después de la muerte

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La tragedia volvió a golpear las puertas del automovilismo: un espectador murió tras un accidente evitable. La competencia se corrió igual, del mismo modo que los partidos se juegan en medio de la violencia

Así en las carreras como en el fútbol, el show sigue después de la muerte

El automovilismo afronta, por estas horas, un interrogante símil al que a menudo se presenta en el fútbol: ¿debe continuar el espectáculo después de una tragedia?

En la competencia de TC Pista disputada en San Luis, previa a la gran final del popular Turismo Carretera, ocurrió un desafortunado accidente que se cobró la vida de un espectador.

El auto de Gabriel Zughella perdió la rueda trasera izquierda que, luego de atravesar el alambrado perimetral, impactó de lleno en el rostro de Emilio Alcobinga, de 40 años, quien murió en el acto, según el informe médico de la ACTC. Además, otras cuatro personas resultaron heridas.

Pasó algo más de una hora y la competencia se reanudó -se habían completado apenas tres vueltas- y fue ganada por Pedro Pisandelli, algo que quedará sólo para la estadística. Encima la decisión de continuar bajó mientras se realizaban los peritajes correspondientes. Poco después se largaba la final de la carrera más esperada en el autódromo "Rosendo Hernández", como si nada hubiese sucedido.

Los últimos antecedentes
Un caso parecido, en julio de 2006, tuvo un desenlace más acertado. Tras un accidente que produjo la muerte de Gabriel Miller -copiloto de Alberto Noya, quien falleció días después- fueron suspendidas las competencias de TC Pista y TC que se desarrollaban en Rafaela. La pregunta que cabe hoy es: ¿vale más la muerte de un protagonista que la de un espectador?

Juan Manuel Silva (ver La opinión de los protagonistas) recordó que ese día, al adherirse junto a sus colegas al duelo y tomar la decisión de no correr, el público los quería "matar". Tal vez por eso el año pasado, cuando Guillermo Castellanos se accidentó en Comodoro Rivadavia, la competencia se desarrolló con total normalidad. Hay quienes especulan con que las autoridades esperaron hasta después de finalizada la carrera para informar oficialmente la muerte del piloto.

Siga siga…
Algo similar ocurre en el fútbol cuando se presentan estos lamentables cuadros. La diferencia puede residir en que, cuando las tragedias tienen lugar en un estadio, la mayoría de las veces son consecuencia de la violencia desatada por una barra brava, sea a través de un enfrentamiento o de un ataque directo a un simpatizante.

Así sucedió hace tres semanas en las inmediaciones de la cancha de San Lorenzo, cuando un individuo aún no identificado efectuó un disparo de bala que impactó en el pecho de Emanuel Álvarez, simpatizante de Vélez, quien murió casi en el acto.

El encuentro que debían jugar minutos después San Lorenzo y Vélez no fue suspendido por las autoridades sino por la presión de los hinchas visitantes que, indignados, destrozaron el alambrado del Nuevo Gasómetro. En otras canchas guardaron los minutos de silencio y los gestos de solidaridad para las jornadas siguientes y continuaron con el show.

Cualquiera sea la diferencia entre un caso y otro, la cuestión de fondo es la misma: por negligencia -de parte de los efectivos de seguridad en el caso del fútbol, de la seguridad del autódromo o de los propios coches en el del automovilismo- se registran muertes y, acto seguido, se decide continuar con los respectivos programas deportivos.

Un detalle importante parece olvidárseles a los responsables de estos eventos: la cuestión de seguir o no seguir no es una decisión unipersonal; más bien radica en que esté garantizada la seguridad del espectáculo.
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