Nalbandian saldó la deuda más dulce de su carrera
En dobles festejó Calleri
- El argentino Agustín Calleri y el peruano Luis Horna se consagraron campeones
- en dobles, al vencer en la final al australiano Peter Luczak y el austríaco Werner Eschauer por 6-0, 6-7 (8-10) y 10-2.
- El "Gordo" Calleri, ubicado en el puesto 98 del ránking mundial de dobles, y el peruano Horna (93), emplearon una hora y 28 minutos para consumar su éxito en el Buenos Aires Lawn Tennis Club, en lo que fue para el público el aperitivo de la gran final entre Nalbandián y Acasuso.
- En primera ronda habían derrotado a Máximo González (122, Argentina) y Marcel Granollers Pujol (56, España); en cuartos de final a los checos Frantisek Cermak (36) y Leos Friedl (41) y en semifinales a los argentinos Acasuso (94) y Mariano Hood (sin ranking).
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- David ganó y se va para Acapulco
Ganó por primera vez el ATP de Buenos Aires al vencer a José Acasuso en tres reñidos sets. Mañana volverá a ser top ten. Tras el festejo, David viajó a Acapulco
Pedro Fermanelli (Infobae.com)
Miró al cielo y se persignó ante el público que esperaba, desde hace años, ese grito cordobés en Buenos Aires. David Nalbandian, el prodigio de la camada más importante en la historia del tenis argentino, alcanzó una de sus metas más relegadas. Que, en nivel, está por debajo de la prematura final alcanzada en Wimbledon 2002, de la Copa de Maestros conquistada en 2005, de los Masters Series ganados el año pasado y hasta –si se quiere- que de alguna que otra victoria sobre Roger Federer.
Pero David ganó por primera vez en la tierra donde tantas veces fue héroe (con el equipo de de Copa Davis) y no es poco. Le dio el 188º título al tenis argentino, el cuarto en Buenos Aires detrás de Guillermo Coria, Gastón Gaudio y Juan Mónaco. Vaya si se dio un gustazo en la tarde en que conquistó por primera vez el ATP porteño al vencer a su compatriota José Acasuso por 3-6, 7-6 (7-5) y 6-4, tras dos horas y 43 minutos de juego.
Su rival, compañero justamente de ese grupo que busca con desesperación el título en la Davis, también anhelaba su consagración -tantas veces postergada- en Buenos Aires. Desde sus inicios, bah, cuando irrumpió en el circuito al alcanzar la final de este torneo, en 2001. En aquella oportunidad, su verdugo fue el brasileño Gustavo Kuerten.
La historia del unquillense, en cambio, era más bien corta. Nunca había superado la instancia de cuartos de final en el certamen que se disputa ininterrumpidamente desde 2001. Era un grito que se le negaba y, al mismo tiempo, un grito que ni siquiera había estado cerca de exteriorizarse. Y tuvo que trabajar más de lo que suponían los papeles para conseguirlo.
Tal vez a excepción del debut ante Peter Luczak (que en realidad fue un doble 6-3 bastante parejo) y de las semifinales contra Juan Ignacio Chela (6-1 y 6-2 cómodo, en menos de una hora), el resto fue un arduo sufrimiento. Algo así como cuatro partidos en dos los que disputó ante Fabio Fognini (7-6 4-6 y 6-3) y ante Potito Starace (4-6, 7-6 y 6-4). Y, en el cierre, una final en la que tuvo que remar desde abajo ante Acasuso.
El misionero quebró en el segundo juego y marcó tendencia en un partido donde Nalbandian comenzó con más errores no forzados que en todo el match de semifinales. Predominó el peloteo desde el fondo de la cancha y, cuando eligió cambiar de ritmo, con drops por ejemplo, falló. Eso sí: cambió a tiempo y tomó la iniciativa cuando se adelantó algunos metros en la cancha, no quedando necesariamente bien parado pero efectivo al fin a la hora de meter presión. Así emparejó las cosas y quedó 2-2.
Enterado de que ese no era el camino, Chucho también optó por cambiar sobre la marcha. Devolvió con mucho slice los golpes planos del cordobés, que por cierto lastimaban cada vez más. Daba la sensación de que, aun con el marcador igualado, David imponía su dominio. Y en eso estaban cuando el posadeño, que no mostraba solidez desde el inicio del partido, logró el quiebre. Decisivo para el set: 6-3.
Diego Maradona llegó justo para el inicio del segundo set y se ubicó en uno de los palcos para los invitados. Esta vez se portó bien, luego del papelón que protagonizó en el partido Nalbandian-Starace. El número 11 del mundo –que será 8 desde mañana- no arrancó seguro y sus tiros ni siquiera cargaban la intensidad del primer set. Como contrapartida, Acasuso estaba cada vez más fino con su revés, y en particular con su revés paralelo.
Sin embargo, al igual que lo sucedido en el parcial anterior, el que menos aparentaba fue el que primero golpeó. Nalbandian se puso 3-1 y estiró esa diferencia hasta el 5-3, cuando el misionero reaccionó, emparejó el partido y obligó a trasladar la definición al tie break. Probablemente allí se vio la mejor versión de David. Tras otorgarle a su rival un mini-quiebre con un drop que se quedó cortísimo, tal vez consciente de que sus posibilidades se esfumaban, se liberó, soltó el brazo y metió cinco puntos consecutivos. Al final lo cerró en 7-5.
El encuentro nunca alcanzó un nivel destacado técnicamente. Y no se podía pretender que la historia cambiara en el epílogo, sobre todo con el desgaste realizado (de nuevo hizo mucho calor en Buenos Aires). Las cartas ya estaban echadas y para el tercer set no había otra que aguardar a que uno de los dos quedara de pie. El séptimo game, ese en el que, dicen, se definen los partidos, resultó decisivo. Acasuso entregó su servicio luego de estar 40-15 y esta vez Nalbandian no perdonó.
Claro que, a tono con lo vivido en la semana, el cordobés no podía dejar de sufrir un poco antes de la estocada final. Como contra Starace, rompió encordado en los minutos finales (ayer con un match point a su favor, ahora 30-15 arriba).
Pero ganó (6-4) y cerró el puño bien fuerte y le agradeció al público y elogió a Acasuso y bañó con champagne a Martín Jaite, que durante la semana cumplió doble función de entrenador y director del torneo. Y entendió. Lo hizo saber: que la gloria no se refleja en los puntos de un ránking ni en el dinero que se gana en premios. Que la gloria se encuentra en los momentos en que hay buenos motivos para mirar al cielo.
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