Juan Román Riquelme, Martín Palermo y Ariel Ortega demostraron que por lejos siguen siendo los hombres que pueden cambiar el curso de un partido

Los primeros quince minutos de Ortega fueron determinantes para que River dominara y mostrara superioridad en el superclásico.
Sus hinchas, en ese lapso, se habrán ilusionado con que el sueño del nuevo equipo era posible.
El problema y también el interrogante- es si podrán tanto el equipo como Diego Simeone- extender en el tiempo (de los partidos y del campeonato Clausura) ese esquema que fue muy interesante pero, sin embargo, poco efectivo.
Cuando Ortega bajó su nivel, River no fue el mismo y Boca tomó el protagonismo.
Riquelme tardó en aparecer. Estaba enchufado pero pensando más en su gol que en otra cosa. Recién en el segundo tiempo le encontró la vuelta al partido y se convirtió en el gran protagonista. A él le bastan dos toques sutiles para cambiar un partido pero, en la noche del sábado, tuvo varias genialidades que ratifican que es distinto, superlativo en el fútbol.
No pudo hacerle su tan buscado gol a Carrizo pero su presencia potenció el nivel de sus compañeros. Queda claro que Boca sigue siendo riquelmedependiente.
El tercer hombre de la noche fue Palermo. No sólo por su gol, sino también por los otros que pudo hacer. Su olfato goleador está intacto y se nota que anda enchufado, contento, que vive con alegría este nuevo ciclo xeneize. Defendió, atacó, acompañó
Palermo también tuvo su gran noche.
Se notó, entonces, que ellos siguen siendo bien distintos. Que la experiencia no se puede menospreciar. Andan contentos y cada uno por diferentes motivos.
El jujeño porque ahora es el capitán y Simeone le dio el respaldo que había perdido; Riquelme porque vuelve a ser titular en un proyecto importante y es, al igual que Palermo, el gran ídolo de Boca en estos tiempos. Y porque este 2 a 0 sobre River puede ser el primer paso para concretar el sueño de un nuevo Boca. No es poco.