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Jueves 26 de Noviembre
19-01-08 | Deportes Imprimir Galería
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El Grand Slam de la locura

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El Abierto de Australia no será el torneo con más tradición, pero tiene particularidades que lo hacen único. El comportamiento del público y un sinfín de historias así lo demuestran

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Crédito: EFE

Wimbledon tiene más tradición que Australia, Roland Garros lo supera en "charme", y el US Open arrasa en cuanto a exhibición de dinero y poder. Pero hay algo en lo que nadie supera a los "aussies": están más locos que nadie.

Es una locura sana, la alegría propia de un país que vive en contacto permanente con la naturaleza y disfrutando del sol y del mar. La locura de un país joven que ama al deporte y al tenis. Y entonces no extraña que en Melbourne pase de todo, no sorprende que el torneo viva momentos impensables en otros escenarios.

Récord de espectadores el primer día: 55.855 personas ingresaron al complejo de Melbourne Park. La mayoría, vestidos como si fueran a la playa, lo que significa que muy vestidos no están. Y a medida que avanza el día, que el sol se marca en la piel y que las cervezas pasan, los ánimos en las tribunas suben.

Y los pantalones bajan, como hizo un espectador en pleno partido entre el australiano Peter Luczak y el argentino Mariano Zabaleta.
A unos metros, una banda de jóvenes dirigía la hinchada y determinaba la velocidad de "la ola".

Había "ola" normal, "ola" en cámara lenta y "ola" ultraveloz. Miles de espectadores en el estadio Margaret Court participaron sin poner reparos, en una perfecta sincronización de cánticos, coreografía y ánimos.

"Me gustó mucho lo que viví hoy allí, en especial con los fans enloqueciendo. Sobre todo al final del día. Creo que se habían tomado algunos tragos, eso es bueno", dijo un sonriente Luczak, que necesitará probablemente emborrachar a todo el estadio Rod Laver si pretende poner en peligro a su próximo rival, el argentino David Nalbandian.

Australia es diferente, y a partir de este año pretende que se note. Por eso abandonó el verde de sus canchas, que la emparentaba con el US Open, e indirectamente con Wimbledon, y optó por un intenso azul, el azul digno del "Grand Slam de Asia/Pacífico", que es cómo se presenta desde hace algunos años.

Curioso torneo, que mientras amenaza con prisión a aquellos jugadores que se relacionen con la mafia de apostadores, celebra la fiesta de jugadores en... ¡el casino de Melbourne!

Un torneo en el que el sol achicharra a jugadores y espectadores, aunque no a la serbia Ana Ivanovic, nueva musa del tenis femenino. Ivanovic levita en la cancha y en la sala de prensa, y se permite una burla amable a los periodistas: "Hay un montón de noticias en los vestuarios, siempre hay historias. ¡Pero ustedes se enteran de todo dos meses tarde!".

La calidez de la morena serbia de Adidas es la contracara de la frialdad siberiana de Maria Sharapova, rubia, rusa y figura de Nike. Pero a veces Maria se suelta. Y sorprende.

"Amo a Dolce", le dijo al experto en tenis del Sunday Times sin dejar de acariciar a su diminuto perro de la raza pomerania. "La verdad, si amara tanto a un hombre como amo a Dolce, el muchacho tendría serios problemas, porque estoy todo el tiempo sobre mi perro, todo el tiempo pendiente de él".

El rostro de Sharapova cambió cuando el intrépido entrevistador le preguntó hasta en tres ocasiones consecutivas si posaría desnuda para Playboy.

"Conocí a Hugh Hefner, pero no recibí ninguna oferta", respondió con una sonrisa tan amable como fría.

Sharapova conoció a Hefner en una fiesta en la "mansión Playboy", una fiesta muy diferente a la que se celebró el sábado en un suburbio de Melbourne, Narre Warren, y que días después sigue siendo el comentario de toda Australia. Fiesta a la que jamás iría Sharapova.

Corey, un joven de 16 años, tuvo la idea de poner en su perfil en myspace una invitación a una fiesta abierta a todos. Sus padres estaban en el norte del país, en la playa, y el joven tomó posesión de la casa.

¿Resultado? Cerca de 500 jóvenes borrachos -"sólo conocía a cien", confesó- que aterrorizaron a los vecinos y provocaron destrozos en el barrio. La Policía debió cortar la fiesta y los padres de Corey regresaron de urgencia.

Pero Corey no se arrepiente. No le atiende el teléfono a sus padres, y, vestido con una chaqueta militar con capucha que lleva a pecho descubierto, oculto tras unas gafas de sol gigantes de marco amarillo, promete una nueva megafiesta en dos semanas. Justo para el final del Australian Open.

Fuente: DPA

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