El sacerdote terminaba su plegaria de despedida diciendo: "Dios tenga en la gloria a nuestro hermano Nicolino quien desde ahora, descansa en paz".

En aquella austera capilla del cementerio de Las Heras, el cortejo familiar y de amigos de Mendoza comenzaba la fatal caminata hacia el misterio de la tierra abierta en fosa para depositar el féretro que hinchará un hormiguero. Y tras las paladas con las que la tierra golpea la sepultura, una nada que va dejando el irremediable adiós a uno de los ídolos mas grandes que tuvo el boxeo argentino, Nicolino Locche.

Aquel 5 de septiembre de 2005, la magia había muerto. El boxeador de una virtud exclusiva cual es la de pegar y evitar que le pegasen recurriendo al arte de una defensa peculiar, artística y plástica, se nos iba dejando detrás de si, noches inolvidables del Luna Park.

El aroma a Chanel predominaba en el ring side. Podían verse mujeres bellas, elegantes y distendidas acompañando a sus hombres de trajes oscuros, corbatas luminosas y zapatos brillosos. Bajo el humo denso de miles de cigarrillos agonizando al mismo tiempo, cánticos respetuosos y alegóricos le daban sonido especial a la unánime fiesta por comenzar.

El Luna Park, aquel templo del boxeo que ya no queda, subía el sonido excitado esperando la magia de su preferido. Desde la calle, venía el reclamo de quienes no pudieron entrar: "Entradas Agotadas", decía el cartel. Igual, ya sea por Corrientes o por Bouchard, algún centenar de aficionados preferían quedarse con sus radios portátiles para acompañar a su relator preferido con las exclamaciones de quienes habían llenado el estadio.

Cerca de las once menos cuarto, las miradas se orientaban hacia el ángulo de Madero y Corrientes, el corredor de los vestuarios. Ni haz de reflector, ni música de cortina identificatoria, ni guardaespaldas abriendo el paso, ni notables acompañando. Delante suyo, Don Paco Bermúdez, su maestro desde la infancia hasta la gloria. Detrás, el ayudante ocasional de la esquina. En el medio, bajo el estrépito de la multitud él. El maestro metido en su bata blanca con vivos celestes, el pelo ralo intentando cubrir todo el casco capilar, la toalla blanca al cuello, sus botitas negras que apenas permitían ver el final de sus medias blancas y una patina de vaselina para darle más brillo al iluminado rostro de sus pómulos pétreos y angulados.

No bailaba ni saltaba. Nicolino evitaba los golpes a menos de cincuenta centímetros del punto de partida de los puños de sus enfurecidos rivales. Para ello elegía un lugar del ring, preferentemente cerca de las sogas. Y dando el paso atrás se apoyaba en el ese encordado para elastizar el espacio hacia atrás y utilizarlo como soporte movible de sus movimientos de torso. Luego quitaba la cabeza del radio comprometido hacia ambos laterales y su adversario, cualquiera que fuese, caía en el ridículo papel de tirar sus golpes al aire, al vacío y sin tener que transitar el ring ni perseguir a Locche pues éste se quedaba siempre en el mismo lugar.

Después, recién después y luego de la participación del árbitro, se desplazaba con tres pasos cortos y acelerados hacia atrás o hacia el costado en una actitud inequívocamente chaplinesca. Era el gran Carlitos en cámara ligera, haciendo girar su bastón.

A medida que crecía como estrella, Tito Lectoure, el promotor del Luna, le fue trayendo rivales importantes, muchos ex campeones del mundo, famosos, ilustres.

Después de ganarle el titulo argentino a Jaime Giné en 1961 y al brasileño Sebastiao Nascimento, el sudamericano de los welter junior en 1963, Nicolino fue conquistando a un Luna que, al principio, no aceptaba su estilo. Lo resistían los ortodoxos por entender que eso "no era boxeo, era circo". Y lo escribían y afirmaban algunos colegas de prestigio.

Pero cuando fueron desfilando Joe Brown, Ismael Laguna, Carlos Ortiz, todos ex campeones mundiales recientes, transcurría la mitad de los 60, Buenos Aires le dio la "bendición" y se convirtió en el tercer ídolo indiscutido del boxeo argentino: Justo Suárez ("El Torito" de Cortázar), José María Gatica ("El Mono" de Leonardo Favio) y ahora Nicolino, quien es anterior a Ringo y a Monzón.

Era fiaca para entrenar. Y a pesar de los desvelos de Don Paco, era un fumador compulsivo. Recuerdo que antes de salir hacia el Kuramae Sumo, el estadio donde Nicolino le ganó el Campeonato del Mundo a Paul Fujii, ya listos y con el auto esperándonos, no lo encontrábamos por ningún lado. Fueron Beto Massara, un amigo que lo siguió a todas partes, y Juan Aguilar, su sparring, a buscarlo. Estaba en el baño del lobby del hotel Akasaka Prince… fumando.

Y en el vestuario, a menos de media hora para subir al ring, mientras todos cargábamos el tremendo stress de la pelea, su resultado y sus consecuencias, pues para muchos era una locura que fuera a pelear por el titulo a otro país, había un hombre durmiendo en la camilla, al borde del ronquido: él.

En uno de los últimos homenajes que recibió antes de morir (@ Los Andes)
En uno de los últimos homenajes que recibió antes de morir (@ Los Andes)

Su pelea con Fujii -12 de diciembre de 1968– fue una obra de arte. Se trata, acaso de la mas brillante exhibición que un boxeador argentino haya brindado en el exterior del país. Una pieza "incunable" para los amantes del boxeo para la cual, afortunadamente, hay acceso. Quienes no la vieron, deberían hacerlo. Un Locche pleno que demostró que, entrenado, podía hacer todo lo que quisiera sobre el ring: boxear como lo hacía en Buenos Aires o pelear como se imponía frente a la chance de ir por un campeonato del mundo.

Murió de Enfisema de Pulmón. Fue victima del cigarrillo. Su vida transcurrió con momentos felices entre complicadas tormentas. Después de todo cuanto había logrado, de ser el dueño de la admiración y los aplausos, de llegar a ídolo, de ser campeón del mundo, llenar el Luna y ser querido y admirado, la Intendencia Municipal –por entonces el Intendente era Facundo Suarez Lastra– le dio un cargo de profesor para enseñar boxeo y le otorgo un departamento en el barrio de Tapiales.

Sus hijos Ana Maria, Lolo y Nancy conformaron una familia extraordinaria que siempre lo acompañó y contuvo. Y fue su segunda mujer, Maria Rosa, en la recalada de la vida, en el fatal eclipse del ayer olvidado quien llenó su vida de intenso amor.

Mientras podamos ver por la plataforma que fuere otra vez a Nicolino en acción sabremos que no hubo nadie como él. Ni habrá…

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