Cage experimentó siempre con los sonidos y la tecnología
Cage experimentó siempre con los sonidos y la tecnología

Hace un cuarto de siglo desaparecía el iconoclasta e inclasificable compositor, poeta, artista, filósofo estadounidense John Cage (1912-1992). Por sus multifacéticas osadías, la diversidad de sus campos de investigación y su extraordinaria libertad de pensamiento, Cage fue una de las figuras anticonvencionales más impactantes del siglo pasado. Sus obras y sus reflexiones, cuya considerable influencia se extiende más allá del arte musical, marcaron un antes y un después y contribuyeron a instalar las fundaciones de nuestra contemporaneidad artística. Difuminar las fronteras entre arte y vida, obliterar las separaciones entre disciplinas, entregar la obra al azar o a la indeterminación, reivindicar el diletantismo en la práctica creativa: aquí están los conceptos fundamentales que Cage defendía. Expresiones como el happening, la performance o las instalaciones multimediales crecieron en este suelo fértil.

Las artes sonoras experimentales inscritas en el mismo surco salen progresivamente de la marginalidad. Su expansión se puede observar en la creciente oferta universitaria o en la reciente apertura en Buenos Aires del CASo -Centro de Arte Sonoro– en la Casa de Bicentenario, en el cual se puede disfrutar de talleres, laboratorios, exposiciones, conciertos y visitas internacionales como la del baterista y compositor estadounidense Andrew Drury el próximo 21 de septiembre. Escuchar y leer la obra de Cage contribuye definitivamente a introducirnos y a comprender este mundo artístico tan actual.

Cage en París, en 1981
Cage en París, en 1981

La relación de Cage con la Academia duró poco tiempo. Si bien en su juventud fue alumno de Arnold Schoenberg, se alejó rápidamente de los senderos oficiales para adoptar un modo de creación absolutamente sui generis y permitirse una libertad absoluta. En su manifiesto del 1937 El futuro de la música: credo, y en la estela de las muy adelantadas búsquedas de Luigi Russolo (Arte dei rumori) y Edgar Varèse (Amériques, obra en la cual resuena una sirena de bomberos), Cage predijo la llegada de una música compuesta con ruidos en vez de notas y con una fuerte presencia de instrumentos eléctricos. Anticipó así un desplazamiento conceptual de la era de la música a la era del sonido que se hizo realidad. Objetos desviados de su uso ordinario para ser escuchados, síntesis sonora y creación de dispositivos electrónicos nuevos, desligados de las limitaciones de altura y timbre predefinidos de los instrumentos tradicionales son centrales en las artes sonoras y hallan en gran parte sus orígenes en el libre y visionario pensamiento de John Cage.

Tempranamente, fue natural para él usar la electricidad con fines artísticos. Experimentó con diversos aparatos, por ejemplo, desde 1939, incorporó un giradiscos en su pieza Imaginary landscape N°1. Como lo había adelantado, los años 50 marcarían el comienzo de la música electrónica experimental encabezada por Pierre Schaeffer en Francia, padre de la "música concreta" -hecha de sonidos cotidianos- cuyas piezas "acusmáticas" fueron enteramente compuestas con collages de grabaciones realizadas en su entorno diario. Tales experimentaciones se expandieron rápidamente en el mundo entero.

En Buenos Aires, en 1964 se creó en el Instituto Di Tella el vanguardista CLAEM, primer y prestigioso laboratorio latinoamericano de música electro-acústica. Medio siglo después de estos comienzos, la composición con recursos electrónicos se ha generalizado y forma parte de nuestro paisaje auditivo, aunque siga innovando. El Centro Nacional de Creación Musical francés GRAME, invitado por la Universidad Nacional de San Martin, presentó entre el 14 y el 17 de agosto una singular confección: el Light Wall System. El dispositivo fue diseñado por el ingeniero Christophe Lebreton con el compositor Thierry De Mey para su obra Light Music, interpretada por el virtuoso percusionista Jean Geoffroy. Un muro de luz que atravesaba frontalmente el escenario se convertía en sintetizador gracias a la tecnología de captación de movimiento vía una webcam y a una interfaz creada con Faust (lenguaje de programación funcional específicamente diseñado para el procesamiento de señales y la síntesis). Los sonidos se disparan cuando las manos o el cuerpo del performer penetran diversas zonas del recorte luminoso, movimientos que se traducen simultáneamente en videoproyecciones gráficas, logrando una extraordinaria fusión escénica entre música, movimiento e imagen.

Cage en Oberlin, 1973
Cage en Oberlin, 1973

Paralelamente a su interés por la integración de los avances tecnológicos en el arte, Cage también brindó aportes considerables a la música acústica.
En 1938, para un ballet que se estrenaría en una sala de estrechas dimensiones, transformó el piano de cola en orquesta de percusiones. Fue el début del "piano preparado", nueva técnica de composición que profundizaría en Música para Marcel Duchamps y Sonatas e Interludios entre el 1946 y el 1948. Por este atrevimiento surgió del piano una infinidad de sonoridades inauditas gracias a la introducción de pequeños elementos tales como papel, tornillos o gomas entre las cuerdas, elegidos a través de un meticuloso proceso de selección por el compositor. Así es como John Cage se convirtió en el pionero de lo que llamamos ahora la "música concreta instrumental". Lo que podría haber quedado como una simple anécdota no solo emancipó al instrumento-rey de sus etiquetas de nobleza sino que dio rienda suelta a las generaciones siguientes. Las exploraciones no convencionales se trasladaron a todos los instrumentos.

Efectivamente, con gestos inusuales llamados "técnicas extendidas", la distorsión del sonido original permite ampliar la paleta acústica: silbar, cantar o golpear con la lengua en la embocadura de los instrumentos de viento para producir un "slap", obtener notas flautadas del violín o granuladas, rozando las cuerdas con el entorchado del arco en vez de las cerdas… La lista podría seguir indefinidamente dada la fecunda imaginación de los compositores contemporáneos.

Los últimos aportes de la ciencia informática hicieron ahora posible "aumentar" los instrumentos -y no simplemente amplificarlos- con extensiones que permiten procesar en vivo el sonido original y mezclarlo con efectos electrónicos. Se pudo escuchar el 15 de agosto en el auditorio de la Alianza Francesa durante el concierto Moving Musics, una composición concebida a partir de un procedimiento de hibridación electro-acústica de la viola.

John Cage abrió la puerta a la experimentación sonora
John Cage abrió la puerta a la experimentación sonora

Para realizar Sous l'écorce ("Bajo la corteza") del compositor franco-argentino Sebastián Rivas, el intérprete Mariano Malamud llevaba captores de movimiento en las muñecas. Las señales generadas y procesadas permitieron la expansión del instrumento más allá de su condición usual y la creación de una identidad sonora singular. La estrecha relación que mantienen las artes sonoras con la tecnología ofrece la posibilidad de crear dispositivos adaptados a cada situación. La luthería experimental abre horizontes imprevisibles con la ayuda de diversas interfaces -citemos por ejemplo a Max, famoso por su ductilidad en programación o a Arduino, que permite la creación de artefactos interactivos. Los nuevos recursos permiten superar los límites organológicos y desatar la inventiva sonora.

Objetos de la vida práctica se convierten en instrumentos musicales entre las manos de compositores como Zyp Zypce o Javier Bustos. Este último presentó el 18 y 19 de agosto en el espacio de Arte de la Fundación OSDE varias de sus creaciones originales a lo largo de dos conciertos: sillas que rechinan desplazándose solas, cables metálicos y caracoles que suenan al roce de un arco, una flauta de acoples que no se sopla, sin olvidar el Aerodrono, órgano de globos inflables, protagonizaron una atípica poesía de lo cotidiano en el cauce directo de John Cage, que aspiraba a confundir los límites entre arte y vida.

Convertir un objeto usual en instrumento musical no es una ruptura de las convenciones con fines provocativos. Usar su resonancia bruta, inarmónica, rugosa, es dejar que surja un sonido inesperado e imprevisible porque sus características acústicas no responden a una intención humana sino a su condición material intrínseca. Es poner en práctica el laisser-faire, actitud propia del zen, filosofía budista en la cual se inspiró John Cage. Su polémico 4'33'' evidenció -¡causando gran alboroto!- la imposibilidad del silencio total. Demostró que las definiciones que podemos encontrar en los diccionarios son irreales: no existe la ausencia de ruido sino un espacio temporal lleno de los rumores de fondo que inevitablemente se escuchan.

Quienes hayan recorrido la muestra de Tomás Saraceno en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires Como atrapar el universo en una telaraña recordarán el sonoro silencio de estos misteriosos y galácticos atrapa-sueños. La instalación captaba a través de micrófonos sus sutiles vibraciones y las amplificaba luego de un proceso digital. Jugar con la indeterminación y el instante presente es lo propio de las artes sonoras contemporáneas, que desplazan instrumentos, objetos y obra de su lugar común. El oyente-observador que se entregue a la experiencia de lo inaudito sentirá como se renuevan sus sentidos, mientras se agudizan sus capacidades sensoriales y perceptivas y adquiere poesía su visión del mundo.

*Concierto de Andrew Drury, jueves 21 de septiembre. En el CASo -Centro de Arte Sonoro- en la Casa de Bicentenario, Riobamba 985, a las 19.

 

LEA MÁS:

___________

Ver más notas de Cultura