"Yo sabía que parte de mi infancia estaba en esa caja, que gran parte de la relación con mi padre estaba en esa caja y algo quise rescatar de esa magia y de esa idea increíble que tuvo, que le permitió ser mi padre a pesar de las circunstancias". De paso por Buenos Aires, Laura Alcoba, escritora argentina radicada desde su infancia en Francia, cuando partió con su madre en plena dictadura, compartió con Infobae su experiencia de escritura autobiográfica en otro idioma, sus recuerdos de la niñez y el proceso creativo de sus premiadas y exitosas novelas La casa de los conejos y El azul de las abejas. La protagonista de ambas novelas (al igual que la escritora) es hija de una pareja de montoneros. Mientras en la primera novela Alcoba reconstruye los motivos que llevaron a su familia a la clandestinidad, en la segunda narra su salida de la Argentina y la llegada a Francia con su madre, en donde tratan de rehacer su vida, mientras su padre cumple condena en una cárcel argentina. En El azul de las abejas, la nena protagonista se desespera por adquirir un acento francés: no soporta el rechazo que puede despertar su tono extranjero.

– ¿Qué te llevó en su momento a escribir La casa de los conejos?

– Bueno, es mi primera novela. Es un texto que ya tenía, que llevaba adentro pero que tardé mucho en escribir. Le di muchas vueltas. Saber desde qué lugar o cómo escribirla. Sabía que si algo intentaba construir tenía que empezar por ahí, por escribir esa historia. Al mismo tiempo empecé con diferentes borradores. Tuve varios proyectos hasta que llegó esa voz infantil y era la que sonaba, entonces la dejé tomar su espacio en el borrador. Y ese libro lo escribí entre el 2003 cuando hice un primer viaje a Argentina -no un regreso porque yo ya había vuelto- pero fue el primer momento en que volví a La casa de los conejos y luego un segundo viaje 2006 y después de esos dos viajes llegué al punto final de ese libro que estuvo como reposando cierto tiempo. El primer viaje fue poner por escrito ciertas imágenes mentales que me volvieron de manera muy fuerte, muy intensa. Fue como escribir un álbum de fotos ausentes porque no tenía ninguna foto de la experiencia de ese lugar ya que en esa vida clandestina tomar fotos estaba prohibido. Entonces yo tenía una presencia de esos recuerdos y al mismo tiempo ninguna huella, entonces la primera etapa fue simplemente poner por escrito imágenes y luego del segundo viaje nació el libro.

– ¿Cuál fue la primera sensación al volver a esa casa?

– Fue algo muy particular. Tenía la impresión de que la casa hablaba porque tenía en las paredes los impactos de bala, es una casa que está agujereada, dispararon con un mortero. Fue un ataque sumamente violento. La parte de atrás de la casa está incendiada, aún tiene esas huellas. De hecho hoy es un pequeño lugar de memoria pero claro, yo en esa casa me veía jugar, me veía en patio, entonces la superposición de esas ruinas y de las imágenes que yo tenía y de los momentos de vida que recordaba ahí fue una emoción muy fuerte. Me costó salir de la emoción que traba y bloquea. Por eso esos tres años entre el 2003 y 2006 pude salir progresivamente de esa emoción y tratar de expresar algo.

– ¿Tuviste miedo de escribir la historia?

– Si. Sentí miedo; creo que la escribí en un estado muy particular, como volviendo al pasado. En ese sentido tuve miedo de una forma de incomprensión porque la escribí en francés, como todas mis otras novelas. No sabía quién la podía leer, quién la podía entender por esa elección de dejar una voz infantil y de no explicar pero al mismo tiempo me gustaba esa elección. Así lo viví y desde ese lugar de la incomprensión y estando plenamente, absolutamente, en ese lugar, en la intensidad de ese momento, así es como la quise escribir. Entonces son diferentes miedos. En ciertos momentos, hay páginas que escribí estando mentalmente, y casi físicamente, en el ´76. Fue muy extraña la experiencia de escritura.

– El francés es tu idioma de adopción. ¿Te ayudó el hecho de que estuviera en francés?

– Muchísimo. De hecho de eso habla la última novela que se publicó acá como El azul de las abejas, del espacio de libertad que encontré en el idioma francés. Creo que sin el francés se hubiese quedado todo eso como congelado en el miedo y en ese pacto de silencio que está presente en la novela pero que de cierto modo libera el idioma francés. Ese es el motivo, el origen de la escritura de El azul de las abejas.

Creo que sin el francés se hubiese quedado todo eso como congelado en el miedo

– Y cuando te leés en traducción ¿qué sentís?

– Tuve una suerte inmensa que fue tener traductores con los que pude dialogar y más que eso. En torno a la traducción de La casa de los conejos y El azul de las abejas y Los pasajeros del Anna C, que tradujo Leopoldo Brizuela, nació una amistad profunda entre él y yo. Ahora está traduciendo mi última novela (El baile de la araña) Mirta Rosenberg. Quería conocerla. Para mí fue importante encontrarme con ella aquí en Buenos Aires y creo que entablamos algo lindo. Necesito tener alguien que me traduzca, que me ayude en castellano. Es una experiencia extraña para mí leer las novelas en castellano y al mismo tiempo hay mucha inquietud, quiero que corresponda exactamente a lo que quise decir, a lo que traté de expresar en francés. Es algo que importa mucho, ese vínculo humano y literario para mí es fundamental.

– Ya entrando a El azul de las abejas, ¿qué te decidió a abrir una caja de cartas y hacer con ellas esta segunda novela?

– Yo llegué a Francia en el 79 y entre el 79 y el 81 mi padre me escribió una vez por semana. Eran cartas que tenía guardadas y que nunca había vuelto a leer. Tenía la impresión de que al mismo tiempo era una caja muy valiosa que transporté como un tesoro pero no estaba aún dispuesta a mirar de nuevo lo que contenía. En cierto momento sentí que había llegado el momento. Abrí la caja, las volví a leer, las clasifiqué, retome el hilo del tiempo del 79 al 81 y de esa lectura nació El azul de las abejas y también de cierto modo mi última novela que aún no está traducida, porque tuve la impresión en cierto momentos que faltaba algo y ese algo que falta está en mi última novela que creo que es el cierre de ese ciclo. 

Yo sabía que parte de mi infancia estaba en esa caja, que gran parte de la relación con mi padre estaba en esa caja

– En El azul de las abejas la literatura tiene un rol fundamental.

– Si, los libros leídos en común creaban el espacio que hacía posible la relación. Eso es algo muy lindo, muy bello y lo quería conservar. Esa idea genial que tuvo mi padre para seguir siendo mi padre; sus cartas pasaban por la censura de la cárcel, las mías también. Su espacio era tan reducido pero los libros lo abrían absolutamente y que él leyera un libro en castellano, en La Plata, en la unidad 9 y que yo pudiese leer el mismo en las afueras de París y que pudiésemos encontrarnos en esa lectura común fue lo que hizo posible nuestra relación. Yo sabía que parte de mi infancia estaba en esa caja, que gran parte de la relación con mi padre estaba en esa caja y algo quise rescatar de esa magia y de esa idea increíble que tuvo que le permitió ser mi padre a pesar de las circunstancias. Y yo hacía un esfuerzo terrible para demostrarle que no se había equivocado y que yo podía ir al cabo de esas lecturas porque La vida de las abejas, de Maurice Maeterlinck, que es un libro dificilísimo, es un libro de filosofía más que de la vida de las abejas, un libro sumamente profundo, muy difícil, aparte escrito en un francés muy complejo pero yo hacía esas lecturas de la primera palabra hasta la última como un acto de amor. Ese libro es una de las primeras lecturas que me impactó y por eso da el título a la novela. Un libro del que probablemente creo haber entendido poco. Recuerdo que había entendido una frase, que el azul es el color preferido de las abejas y que en eso nos podíamos encontrar porque de eso yo podía hablar. 

 

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