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27-09-09 | General

El secuestro virtual, una industria en auge que opera desde la cárcel

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Se trata de una modalidad delictiva que para el Código Penal no existe como tal. Cómo hacen los presos para esquivar los controles y montar una redituable red de engaños

El secuestro virtual, una industria en auge que opera desde la cárcel

Los secuestros virtuales comenzaron en 2003 y se estima que se denuncia más de uno cada 24 horas, aunque en muchos casos, las víctimas no la hacen por vergüenza a admitir que fueron engañados.
 
Para el Código Penal no se trata de secuestros: el delito no se configura porque no hay privación de la libertad, ni exigencia de dinero como rescate, ni la amenaza de un daño cierto sobre la víctima. Al hecho en sí la Cámara del Crimen lo considera una estafa porque la entrega de dinero se obtiene mediante un engaño.

"Yo antes salía con una pistola a robar supermercados y a veces me volvía con 300, 400, 800 pesos como mucho, no era nada por arriesgar mi libertad; encima, si me agarraban, iba con robo calificado y tenencia de arma de guerra. Con esto voy sin armas, en la moto, cae la plata, la agarro y me voy", explicó a un matutino porteño Dante, quien hace de cobrador de los rescates para una banda que funciona desde un penal.

Aunque el Ministerio de Justicia nacional anunció medidas para combatir los secuestros virtuales; como la instalación de cámaras para filmar a los presos que utilicen los teléfonos públicos de los penales federales y la incorporación de un mensaje de advertencia que alerte a los usuarios cuando reciben una llamada proveniente de un penal; mientras los presos sigan teniendo teléfonos celulares el engaño seguirá.

"En Devoto ya saben la hora de las requisas. Meten los celulares en una sábana y los ponen en una bolsa dentro de los caños de agua. Llaman todo el día, lo hacen escondidos con las frazadas, porque en los pabellones hay más de 50 presos, entonces los guardias no se enteran que los del fondo están haciendo secuestros", contó Cristian, otro cobrador que lleva el dinero a las cárceles.

De hecho, los presos que no tienen cobradores en el exterior son los que exigen tarjetas de teléfono a cambio de la falsa liberación. Las tarjetas se cambian en el mismo penal por cocaína, marihuana, pastillas y pasta base y el dinero lo utilizan para mantener a sus familias.

Todo está fríamente calculado, por ejemplo, cuando un familiar exige escuchar la voz de una secuestrada, se acerca un preso, el más gracioso de todo el pabellón, que imita bien y hace buenas voces de mujeres sale a la cancha.
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