Con un doble sentimiento –dolor y admiración–, hace un par de semanas, Infobae publicó una nota sobre la conmovedora reacción de los maestros y alumnos de Japón apenas sucedidas dos tragedias históricas: la bomba atómica sobre Hiroshima y el tsumani y terremoto –causa y consecuencia– que arrasó vidas, casas, autopistas...

Pero ambos sucesos –tragedias de las que es muy difícil sobreponerse– dejaron, alzándose sobre las ruinas, una luminosa lección física y moral: a los pocos días, a pesar del luto colectivo, de las lágrimas, de lo irreparable, los maestros ocuparon su puesto en rincones de las ciudades devastadas… y siguieron dando clases ante niños que, con singular fidelidad, coraje y amor por aprender, los siguieron devotamente.

Es decir, cumplieron con uno de los rituales sagrados de la civilización y del progreso: saber cada día más, con vientos favorables o en plena adversidad.

Y de pronto, el presidente Mauricio Macri, en plena y ya escandalosa huelga docente, escribió en su muro de Facebook:

"Hace unos días Infobae publicó esta foto que me llamó mucho la atención. Unos chicos de siete y ocho años toman una clase al aire libre en medio de una ciudad completamente en ruinas. 

La foto fue tomada en Hiroshima meses después de la explosión atómica que arrasó el noventa por ciento de los edificios, fábricas, calles, plazas y casas de esa ciudad y dejó más de ciento cincuenta mil personas muertas. Decenas de miles de ellas, de manera fulminante.

Sin embargo, en la foto se ve que los chicos continuaron estudiando en una escuela sin paredes, sentados en pupitres rotos, cajones de carbón y mandarinas, rodeados de su ciudad pulverizada.

Dos meses después de la bomba, de pie, al frente de todos ellos volvió a estar el maestro. Dando clases como todos los días, como si nada hubiese cambiado, aunque los chicos no tuvieran ni libros ni cuadernos y muchos de ellos, tampoco padres.

Por dos años Hiroshima estuvo en ruinas, sin escuelas, pero durante ese tiempo sus alumnos nunca dejaron de asistir a clases y los maestros nunca dejaron de estar al frente de ellos.

Para que un país pueda levantarse la escuela nunca debe parar".

Palabras que fueron un eco de la maravillosa sentencia de Sarmiento: "Cada escuela que se abre es una cárcel que se cierra".

Y que también, sin palabras de crítica –o con la crítica implícita en el elogio: el modo más inteligente– condenó lo que todo ciudadano bienpensante hace aflorar ante esta huelga anómala y cobarde.
Cobarde, sí. Con todas sus letras.

Porque sus víctimas son los seres más necesitados y más vulnerables.

Si alguien lo duda y es creyente, sabe muy bien qué condena está escrita en la Biblia para "aquel que escandalice a un niño".

Y no estaría demás que los no creyentes también buscaran esa sentencia.

Está en el Evangelio de Lucas.

Porque esta huelga, por más razones y sinrazones que sus culpables programen…, no es otra cosa que un escándalo.