AFP 163
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Ya acostumbrados a tantas muertes de inmigrantes desesperados que cruzan el Mar Mediterráneo hacia Europa escapando de las guerras civiles, la persecución o la falta de un futuro prometedor en sus países, el nacimiento de un bebé en la embarcación de rescate de refugiados Aquarius cambió, al menos por un momento, la tradicional tristeza por la situación por un poco de alegría.

La llegada al mundo de Destiné Alex, hijo de Bernadette Obiona y David Dibonde, se produjo luego de que su madre embarazada de ocho meses empezara a sentir, en medio de la noche, las primeras contracciones.

El pequeño, cuyo segundo nombre fue puesto en honor del capitán bielorruso del Aquarius, nació pocas horas después. Y al retornar al puente de la nave, su padre, que escapó con su mujer de Libia, fue cariñosamente aplaudido por sus obligados compañeros de viaje.

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Los 385 huéspedes rescatados del Mediterráneo por el barco que despliega labores humanitarias hasta hace muy poco estaban en manos de traficantes violentos y sin escrúpulos, pero mañana su futuro dependerá de una Europa de la que no saben nada.

"Aquí es como un hotel cinco estrellas comparado con lo de antes", exclama Issa Cissé, un marfileño de 18 años que, como los demás hombres, pasó la noche al aire libre y en el suelo, envuelto en una manta y ataviado apenas con un fino atuendo blanco que se le dio al llegar al barco.

En el puente del buque fletado por SOS Mediterráneo y Médicos sin Fronteras (MSF), las miradas se ensombrecen y la rabia emerge cuando se evoca el paso por Libia. Algunos estuvieron algunas semanas, otros intentaron ganarse la vida ahí durante varios años.

"Ahí no éramos hombres"; "Libia era secuestros, prisiones, violencia"; "Nos golpeaban todos los días, golpeaban ante nosotros a nuestras mujeres", "Violan a mujeres, sodomizan a los hombres", relatan los migrantes.

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"Europa o muerte"

"Libia es un viaje sin retorno. Sólo puedes acabar en el mar: ¡o es Europa o es la muerte!" afirma Inés, una camerunesa de 24 años que siguió a su marido, quien creía haber hallado un trabajo decente, pero ambos fueron tratados "como perros" por el patrón.

Los médicos de MSF lo confirman: en las consultas, algunas mujeres relatan historias espantosas, mientras que al quitarse la camiseta un hombre exhibe cicatrices de golpes y torturas, que han provocado fracturas aún no curadas.

Mientras el Aquarius sigue rumbo al puerto italiano de Cagliari, las conversaciones animadas se suceden en el barco. Pocas horas antes, al ser socorridos el martes, aún imperaba entre estos migrantes el miedo, el frío, el hambre y el cansancio.

Pero la esperanza no está exenta de inquietud. Durante todo el día, todos hacen, obsesivamente, la misma pregunta: "¿Qué va a ocurrir ahora con nosotros?".

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Para los más pequeños –hay 26 niños de menos de cinco años– la respuesta no es complicada: "Yo quiero ir a Italia", asegura el pequeño Raoul, orgulloso de su nueva camiseta rosa.

Entre los migrantes rescatados el miércoles por el Aquarius, algunas decenas vienen de países como Eritrea, Sudán del Sur o Somalia, a los que Italia otorga fácilmente el asilo. Pero la mayoría son de Camerún, Costa de Marfil, Gambia o Guinea, y seguramente tendrán más dificultades en obtenerlo.

En Italia, muchos de sus compatriotas reciben la orden, nada más llegar, de dejar el país. Mientras que otros esperan entre 18 meses y dos años para recibir un hipotético asilo, antes de pasar a integrar las filas de los clandestinos, a los que se les paga una miseria para recoger tomates o naranjas.

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"Europa no es El Eldorado"

Sin embargo, Benjamin Bitomb, camerunés de 20 años, habla en forma tranquila y asegura: "Italia es la libertad, la posibilidad de una vida mejor". E incluso cuando se le explica que el índice de desempleo en la península es del 40% para la gente de su edad, redobla la apuesta y afirma: "Pues yo espero estar en el otro 60 por ciento".

"Lo único que quiero son papeles para tener un trabajo y apoyar a mis hermanas en mi país", explica Issa Cissé. "Ya sé que Europa está en crisis, que no es El Eldorado, pero en mi país es peor", añade.

Hamidu Bah, de 19 años, abandonó Sierra Leona cuando el virus del Ébola se llevó a sus padres y a su hermana. Intentó mejor fortuna en Guinea, luego en Mali, después en Argelia y al fin en Libia. "Todo está en las manos de Dios. Quizá mi vida sea más fácil en Italia, quizá, no", señala.