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Dreamer significa soñador. Pero también agrupa a una generación muy especial de jóvenes hispanos en los Estados Unidos: indocumentados que llegaron en la niñez, se criaron en la cultura local y al terminar el secundario se encontraron sin oportunidades de estudio o trabajo legales, y al borde de la deportación del país al que consideraban su casa.

Dreamer se deriva de un acrónimo, el de la ley Development, Relief and Education for Alien Minors (Desarrollo, Ayuda y Educación para los Menores Extranjeros), o la Ley Dream, una propuesta que entró al Congreso estadounidense en 2001. Hubiera permitido que los inmigrantes indocumentados llegados al país como menores de edad (esto es, por decisión ajena) pudieran estudiar o integrarse al ejército como parte de un proceso que los condujera hacia la regularización de sus papeles.

Aunque el proyecto no prosperó en 2007 ni en 2010, generó una identidad cuyo sentido se ha ampliado con los años.

Ahora hay soñadores a los dos lados de la frontera.

Desde 2005, unos 500.000 jóvenes de entre 18 a 35 años han regresado a México después de haber vivido en Estados Unidos por cinco años o más, estimó Jill Anderson en su libro Los otros Dreamers.

Los hijos de inmigrantes sin papeles que consideran que su lugar es California, Texas o Nueva Jersey chocaron con el límite de la ley al llegar a la adultez y hace ya más de diez años que comenzaron a regresar al país donde nacieron, que muchos ni siquiera recordaban, para proseguir en la búsqueda del sueño americano. Pero en otra parte de América.


"Es un proceso muy difícil"

Ese medio millón de jóvenes incluye a los deportados y a los que eligieron mudarse a México. Tienen mucho en común: su castellano frágil, con el acento de quien habla mejor inglés; una identidad bicultural, una educación y un estilo de vida estadounidenses; el dolor del desarraigo de quien deja a la familia en busca de una vida mejor tal como sus padres hicieron al cruzar la frontera en sentido inverso.

"Es un proceso muy difícil", dijo a Infobae Daniel Arenas, quien eligió dejar su hogar en Spartanburg, Carolina del Sur, cuando terminó el secundario porque vio cómo se cerraban una detrás de otra las puertas a las becas y el ingreso a las universidades. En el país donde nació, pero que dejó sin entenderlo a los cuatro años, formó con algunos compañeros del Tecnológico de Monterrey la organización Dream in México (mitad en inglés y mitad en castellano: con acento) para ayudar a otros como él.

Tienen mucho en común: su castellano frágil, una identidad bicultural, una educación y un estilo de vida estadounidenses.

—Algunos jóvenes deciden regresar y se toman el tiempo para planearlo, como yo, y aun así es duro; cuando un joven es deportado la reintegración es todavía más complicada. Todos los que regresan necesitan apoyo. Varios de ellos batallan durante los primeros años. El gobierno tiene programas para apoyarlos y existen organizaciones como la nuestra, y así logran sentirse un poco más a gusto en la sociedad mexicana.

—¿Cómo fue su caso, cuando Dream in México no existía?

—Encontré ese apoyo en mis compañeros de clase, mis maestros, parte de mi familia que estaba aquí. Todos necesitamos un grupo de personas que nos enseñe cómo conseguir un trabajo, cómo entrar a la universidad, a qué lugar ir a comer...

—¿En qué se parecen y en qué se diferencian las experiencias de los deportados y de los repatriados por voluntad propia?

—Como algo forzado, cuesta hablar del tema: las personas pueden pensar cosas falsas del deportado. Cuando uno regresa con toda la familia es distinto: si los niños son chicos, además, es otro tipo de experiencia que si uno regresa para ir a la universidad, porque en cierta manera ha tomado la decisión.


Daniel Arenas creció en Carolina del Norte, decidió regresar a su país natal y fundó Dream In México. 163
Daniel Arenas creció en Carolina del Norte, decidió regresar a su país natal y fundó Dream In México. 163

"Ya me llamaba Latinoamérica"

Frida Espinosa Cárdenas se definió como una privilegiada.

"Soy nacida en Guadalajara, Jalisco. Cuando tenía dos años mis papás decidieron emigrar a los Estados Unidos para buscar más oportunidades laborales y educativas. Crecí en Tucson, Arizona. Viví indocumentada por 10 años: mis papás pudieron acceder a la amnistía de 1986, yo no. Pero vivir indocumentada en los 80 y los 90 en Arizona no es nada comparado con lo que es vivir sin papeles en estos últimos años".

Por ejemplo: ella pudo mantener el español porque en las escuelas públicas existía un programa de educación bilingüe, que se eliminó en el 2000; podía vivir con visa de turista por ser hija de legalizados por el indulto de Ronald Reagan, y las visitas a su familia en México forjaron parte de su identidad; no existía entonces una ley como la 1070 que desde 2010 abrió la puerta a otras normativas antiinmigrantes en otros estados, que permitió la detención de personas para determinar su estatus migratorio si las autoridades encontraban una sospecha razonable (color de la piel, por caso) de que se podría tratar de alguien sin papeles.

"A los 14 años obtuve mi residencia permanente y a los 18 me convertí en ciudadana", dijo a Infobae desde un café en Ciudad de México, donde es la coordinadora del Área de Apoyo a Familias Trasnacionales en el Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI). "Ya me llamaba Latinoamérica, ¿no? Decidí empezar a buscar trabajo en México".

En el IMUMI ha visto casos menos afortunados que el suyo.

—El Censo del 2010 dice que hay 600.000 niños y niñas de hasta 19 años que son nacidos en Estados Unidos y viven en México actualmente [según otros cálculos, son 700.000 en el presente, y en su mayoría regresan con sus padres soñadores]. Nos llegaban caso tras caso de familias que no podían inscribir a sus hijos en las escuelas públicas porque algunos no contaban con el acta de nacimiento y otros la tenían pero sin el apostillado de la Convención de La Haya. En noviembre de 2015 se logró la dispensa de la apostilla: para ingresar a la escuela ya la documentación no es una barrera.

—¿Y los 500.000 jóvenes de 18 a 35 años?

—Por los diferentes criterios de las instituciones de educación superior, no hay un proceso de revalidación que garantice que alguien que cursó su preparatoria en Estados Unidos pueda venir a estudiar a México sin problema. También para personas que han cursado la licenciatura se les ha dificultado porque no hay equivalencias en todos los cursos, en particular en ciencias sociales y humanidades, y no se les revalidan los títulos.

—¿Por qué regresan si sufren esta exclusión?


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—Porque en Estados Unidos, antes de DACA [uno de los decretos de alivio migratorio del presidente Barack Obama, Acción Diferida para los Llegados en la Infancia], o los que no calificaron para DACA, se sienten estancados, no encuentran un camino para superarse y proveer para su familia, la oportunidad que nos venden fácilmente cuando estamos en las escuelas en los Estados Unidos, pero que luego, por no tener papeles, se convierte en una gran derrota emocional. Muchos no han vivido en México, pero deciden que es lo mejor para buscar un futuro mejor. Pero no es tan fácil: México no les da la bienvenida, las instituciones de educación superior no les brindan lo que deberían.

No es tan fácil: México no les da la bienvenida, las instituciones de educación superior no les brindan lo que deberían.

El DACA marcó un cambio también para la orientación de Dream In México, explicó Arenas: "Teníamos varios casos de jóvenes que pensaban en regresar, pero entonces prefirieron intentarlo en los Estados Unidos. Comenzamos a ocuparnos más de los jóvenes que ya habían regresado a México, esos 500.000 que ya estaban porque habían sido deportados o habían elegido volver. La organización apoya a estos jóvenes para que puedan reinsertarse a la sociedad y seguir su vida aquí".


¿Volver a México? ¡Es ilógico!

Anderson conoció como investigadora en la Asamblea Popular de Familias Migrantes —"una coalición de organizaciones, grupos e individuos impactados por la migración que trabaja para generar oportunidades económicas, reformas legales y asegurar el pleno acceso a los derechos", según su web— algunas historias de jóvenes que se desarraigaban de su país de crianza para tratar de progresar en el país de su nacimiento.

Primero imaginó un pequeño folleto con relatos en primera persona. La fotógrafa Nin Solís aportaría los retratos de los jóvenes biculturales regresados. Pero la dimensión del tema lo llevó rápidamente a un libro, que se financió con un campaña de crowdfunding. Como se trata de un proyecto sin fines de lucro, las ganancias que genere se derivan a los grupos que apoyan a los jóvenes regresados o deportados.

Se inauguró así una conversación sobre el elefante en la sala sobre el que nadie hablaba: "Yo pensé que era la única", "Yo pensé que era el único" era una frase que tarde o temprano aparecía en los testimonios que recogió la investigadora.

—Señor Arenas, ¿por qué hasta la salida del libro de la doctora Anderson, no se escuchaban estas voces?

—Uno piensa que las personas lo van a rechazar, por eso estos temas se eluden: uno quiere tanto adaptarse que ni quiere mencionarlos. Los primeros años que estuve aquí, yo les comentaba a las personas que había vivido en los Estados Unidos pero no les decía que había estado indocumentado; creía que iban a pensar lo peor de mí. Poco antes de crear la organización comencé a contarles a mis compañeros y maestros, y empecé a conocer a más jóvenes en mi misma situación. Y también esa idea de que en Estados Unidos se pueden hacer muchas cosas, ¿y uno regresa a México?

—¿Hay incomprensión?

—En México uno le platica a alguien que regresó porque quería hacer varias cosas y le dicen que hizo algo ilógico. Cuando uno trata de contarlo, se burlan o creen que uno cometió un error al regresar: aquí todavía se cree que si uno quiere tener un buen trabajo y ganar dinero debe ir a vivir a Estados Unidos. Nuestro regreso va en contra de esa idea sobre la tierra de las oportunidades.

—Sin embargo, según el Pew Center en 2015 el 33% de los mexicanos adultos dijo que la vida en los Estados Unidos no era mejor ni peor que en México, 10% más que en 2007.

—Eso es cierto. Como organización queremos que se conozca la realidad: no por ir a los Estados Unidos uno va a cumplir todas sus metas. Hay personas que migran y tienen muchísimo éxito pero también hay personas que no consiguen lo que estaban esperando y regresan, o siguen sin cumplir sus metas, porque no encuentran otro camino. Allá las opciones parecen México o Estados Unidos: acá se puede tener una visión más amplia y hay jóvenes regresados que han conocido la posibilidad de ir a otros países de mundo a estudiar o trabajar.

"Cuando uno trata de contarlo, se burlan o creen que uno cometió un error al regresar: aquí todavía se cree que si uno quiere tener un buen trabajo y ganar dinero debe ir a vivir a Estados Unidos"


"Vi que en México había oportunidades"

El germen del libro fue una conversación que Jill Anderson escuchó sin intención, en la mesa de al lado en el restaurante donde comía con su hija de seis años, en la ciudad de México. Dos jóvenes hablaban en inglés. La niña quiso saber de dónde eran.

La experta en cultura estadounidense-mexicana se acercó y les preguntó:

—¡Somos de México! —le respondieron, en inglés y entre risas—. Pero crecí en Chicago —le dijo uno.

Escribió Anderson en "De aquí y de allá", la introducción a Los otros Dreamers: "Hace pocos años me sorprendió escuchar en mi barrio a grupos de gente joven hablando inglés, cerca del Centro Histórico de la ciudad de México. Después de haberme mudado a México en 2007, me había acostumbrado a conocer a casi todos los extranjeros del rumbo. Pero ¿quiénes eran estos jóvenes y de dónde venían? Paulatinamente fui sabiendo que eran empleados de un call center, que habían nacido en México y que también venían de Houston, Atlanta, St. Louis, Reno, Chicago, Los Angeles y Nueva York. Muchos de ellos no tienen recuerdos de su niñez en México; no cuentan con familia radicada en el país, y hablan, escriben y leen mejor en inglés que en español".

Anderson presentó a la Universidad Autónoma de México (UNAM) un proyecto de investigación sobre "las experiencias bilingües y biculturales del creciente número de migrantes que regresan de Estados Unidos a México". Entrevistó a 50 jóvenes, 26 de los cuales compartieron a fondo sus historias de vida para el libro que la investigadora publicó en coautoría con la fotógrafa Nin Solís.

El fundador de Dream In México fue uno de los que brindó su testimonio.

—Vivió 14 años en los Estados Unidos, ¿cómo decidió regresar a México a los 18? —le preguntó Infobae.

—Estaba terminando la preparatoria en Carolina del Sur y me di cuenta que no iba a poder ingresar a universidades públicas ni conseguir becas, y una privada era algo muy costoso. Comencé a buscar otras opciones, con mi familia en Estados Unidos y en México, y con los directores y maestros de mi preparatoria en Spartanburg. Regresar a México para estudiar era una opción; busqué diferentes universidades y encontré algunas que me podían admitir aunque estuviera en Estados Unidos. Realicé la admisión al Tecnológico de Monterrey y en julio de 2007 regresé a México. En agosto empecé a estudiar Relaciones Internacionales.

—¿Cómo fue el cambio?

—Muy grande. Tuve oportunidades que no había tenido antes. Pude regresar a los Estados Unidos con una visa de turista a visitar a mis padres y también a conocer a otros familiares que estaban en otros estados porque al fin podía viajar dentro del país, algo que no había podido hacer mientras vivía allá sin documentos. También regresé con visa de estudiante para intercambios con dos universidades... Toda esta realidad me afectó. Vi que en México había oportunidades.


Los "pochos" en los call centers

"Muchos que regresan se dan cuenta de que deben aprovechar el inglés que saben de una manera casi perfecta, y trabajan en esos lugares porque la paga es mejor comparada con los salarios aquí en México", dijo Arenas. "Algunos entran a los call centers, otros trabajan como maestros de inglés; algunos son traductores o intérpretes".

Espinosa miró ese escenario con cierta tristeza:

—Muchos han tomado trabajos en compañías que tienen sus call centers acá pero sirven a la población en los Estados Unidos, por lo cual se requiere el inglés. Muchos tienen una licenciatura y una capacidad... su trabajo en un centro de atención telefónico es difícil, ¿no? Y sin embargo, es una oportunidad. En turismo también hay muchos retornados, porque se requiere el inglés. A México le faltan oportunidades para personas con esta riqueza, que son puentes no sólo por el idioma sino por ser biculturales: navegamos los dos sistemas.

—¿Cómo es la experiencia cotidiana de la readaptación a un país donde nacieron pero que no conocen, mientras sufren el desarraigo de aquel donde crecieron?

—He sentido en lo personal y he visto en el trabajo que la nacionalidad se percibe como algo de exclusividad, que la multiciudadanía se entiende poco —siguió la graduada en Tucson y posgraduada en México—. Se refieren a nosotros como "ni de aquí, ni de allá". Estamos perdidos, flotando, en los dos países; allá no funcionamos y aquí, menos. Es verdad que las instituciones no nos dan las oportunidades; sin embargo, en la Red Solidaria Transfronteriza de Jóvenes Activistas Migrantes, que se creó en julio de 2015, exclamamos que somos más bien "de aquí y de allá".

Reunión del Encuentro de Comunidades Transnacionales, Universidad de Guadalajara 163
Reunión del Encuentro de Comunidades Transnacionales, Universidad de Guadalajara 163

—¿Qué significa eso?

—Entendemos culturalmente a los dos países, sabemos cómo es ser parte de una familia transnacional, entendemos las necesidades de nuestras comunidades latinas en los Estados Unidos, pero también vamos percibiendo a México en nuestras experiencias. En Latino USA salió un comentario de Claudio Lomnitz, un académico de Columbia University, sobre la identidad nacional de México. Muchas veces se da en contraste a los Estados Unidos. Es un nacionalismo puro.

—¿Y como lo viven los otros soñadores?

—Te preguntan por qué hablas mal, por qué hablas diferente... Y México nos enfrenta como parte de la gran pregunta sobre la identidad: ¿Qué hacemos con estos pochos? ¿Qué hacemos con estos jóvenes que son gringos pero que también traen su pasaporte mexicano y tienen todos los derechos? Y también estamos para aportar a los sistemas, a la sociedad civil, al sector privado, a nuestras familias. Uno piensa que en la ciudad de México, tan cosmopolita, se entiende la vida transfronteriza, pero no.

También Arenas lo destacó: "Algunos saben español pero no lo suficiente, y cuando las personas se dan cuenta se sienten frustrados. En los trabajos batallan porque necesitan un español adecuado. A veces tienen compañeros o amigos que hablan inglés, y si están en el transporte público las personas los callan, les dicen que deben hablar español".

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