AFP 163
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Más o menos por el mes de agosto de 1925 estaba ya lista la primera reseña propiamente dicha de "Mi lucha", obra del periodista demócrata especializado en cultura Stefan Grossmann, que se dedicaba principalmente a editar la revista berlinesa Das Tage­Buch, además de colaborar con varios periódicos. Su artículo, redactado en un estilo claro, se publicó, en versión abreviada, a finales de octubre de 1925 en un periódico de Berlín; el 1 de noviembre apareció en el periódico vienés Neue Freie Presse y, seis días más tarde, ya en una versión más completa, en TageBuch. El mensaje principal de los tres textos era el mismo: Hitler no había sabido aprovechar la oportunidad que le brindó su tiempo en la prisión de Landsberg para hacer examen de conciencia y reflexionar. "Si se buscan en el voluminoso libro de Hitler señales de su introspección, el esfuerzo será en vano. Hitler se refiere a su libro como un balance, pero si en él ardiera aunque solo fuese un poco de vida espiritual, de lo que tendría que haber hecho balance, fundamentalmente —después del fracaso de su movimiento—, es de sí mismo".


Sobre la calidad del libro, Grossmann no tenía más que burlas. Escribió acerca de la "costra del embellecimiento de la realidad" que había que rascar durante la lectura y daba cuenta de las "tonterías más o menos patéticas", de las numerosas "fórmulas huecas" y del vacío de ideas, además de los "enormes disparates". En vista de las declaraciones de Hitler sobre "los judíos", al crítico le surgían "ciertas dudas sobre la integridad mental del escritor de esas memorias". No obstante, reconocía, con sarcasmo, "algunos pequeños detalles de la humanidad del escritor", que aseguraba "proteger a Goethe y Schiller" y advertía de la "prostitución del arte". Pero aquellas no eran sino "trivialidades de lo más trivial". No cabe sorprenderse ante la conclusión del periodista: "Así pues, el libro, que al menos había empezado relatando ciertos hechos, se pierde al final en banalidades de lo más vacuo". La obra era tan "voluminosa" como "pobre".


A principios de noviembre se publicaron reseñas en periódicos de lengua alemana de prestigio y fama internacionales. El Neue Zürcher Zeitung juzgó la obra con benevolencia, en comparación con la reseña anterior. Aseguraba que Hitler era "un hombre sin duda con talento, que empezaba a despuntar para algo grande". Sin embargo, al crítico le molestaba la superficialidad con la que Mi lucha "hablaba huecamente" de todo. El artículo destacaba las ideas en materia de política exterior, especialmente la afirmación de que solo era posible ejecutar una política de ampliación del espacio vital en Europa a costa de Rusia. La conclusión de la reseña era la siguiente: "Después de leer esta biografía, creemos que su inmutabilidad tiene su origen en la estéril obstinación y en la inseguridad de un agitador artificialmente ensalzado, que ha evolucionado tan solo hacia los excesos, no hacia una política meditada, y que ha dejado de entender el mundo".

A una conclusión parecida llegó, aunque en un tono claramente más duro, el análisis del Frankfurter Zeitung, un periódico leído fundamentalmente por la burguesía defensora del liberalismo económico. Parece que el motivo de aquella aproximación más crítica es que en varios puntos de Mi lucha Hitler había lanzado duros ataques contra aquel periódico. En cualquier caso, el artículo no entraba en esos detalles: ni en los insultos hacia la «denominada prensa inteligente» ni en la acusación de que dicha prensa había inoculado "veneno de otras venas en el corazón de sus lectores" bajo una cuidada forma externa. Independientemente de aquello, el crítico consideraba que el libro de Hitler era, ante todo, una autobiografía, y no un programa. De forma acertada, observaba que el texto constituía una "mezcla de ideas nacionalistas y proletarias" y también un ejercicio de "demagogia terrorista". En vista de esas primeras apreciaciones, no deberíamos sorprendernos de la conclusión: "Los amigos de la política constructiva cogerán el libro de Hitler y comprenderán cuánta razón tenían al pensar lo que pensaban. Los tiempos han avanzado, pero Hitler —sobre todo tras esta confesión— está acabado". No en vano, el título del artículo era "El fin de Hitler".

mi lucha hitler 1920
Portada de "Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo XX", de Sven Felix Kellerhoff (Crítica).

El periódico nacional liberal Vossische Zeitung, el de mayor tradición en Berlín, informó unas cuatro veces, entre el 18 de julio de 1925 y finales de ese mismo año, sobre Hitler y su partido, pero no nombró ni una sola vez Mi lucha. Esta fue también la tónica dominante en otros influyentes periódicos de la capital del Reich, como el Berliner Tageblatt, liberal de izquierdas, o el pequeñoburgués Berliner Morgenpost. No es que ambos ignoraran del todo al partido de Hitler, pero sí que se limitaron a informar, fundamentalmente a través de breves noticias políticas o policiales, acerca de desórdenes en los que había participado el Partido Nacionalsocialista. Precisamente esa discreción fue la que enardeció los ánimos de los responsables de la formación, porque el movimiento de Hitler necesitaba a toda costa conseguir una amplia resonancia entre la opinión pública, más allá de su círculo de seguidores, que por aquel tiempo aún era pequeño.

Donde Mi lucha encontró una resonancia relativamente amplia fue en la prensa reaccionaria y völkisch, aunque, eso sí, la acogida no fue igual de positiva en todos los casos. El Deutsche Zeitung, de la asociación política Alldeutscher Verband, criticaba duramente las ideas sobre la "teoría de las razas": "Hay que rechazar ese tipo de deficiencias, sobre todo teniendo en cuenta que, en cierto modo, el libro se presenta como el catecismo del movimiento de Hitler. Si es así, no se puede aceptar que haya tantas falsedades o medias verdades junto a alguna que otra verdad". A los autores de la crítica les molestaba especialmente la presencia de «insultos sin fundamento». También el reaccionario Neue Preußische Zeitung tenía una opinión muy clara: "Se busca el espíritu y tan solo se encuentra arrogancia; se buscan estímulos y se cosecha aburrimiento; se busca amor y entusiasmo y se encuentran fórmulas vacías; se busca un odio sano y se encuentran improperios". Con gran agudeza, el periódico se preguntaba: "¿Es este el libro de los alemanes? Si lo es, ¡qué terrible!".

Para un crítico völkisch especialmente vehemente, su rechazo ante Mi lucha, expresado sin tapujos, llegó a tener incluso consecuencias personales unos quince años más tarde. Walter Frank, que en 1925 tenía veinte años y era estudiante de Historia en Múnich, tachó. el libro de Hitler de "delirio demagógico" y aseguró que su autor podría ser, a lo sumo, "un buen tribuno del pueblo, pero no un hombre de estado". Probablemente el aparato del Partido Nacionalsocialista habría olvidado o pasado por alto esta valoración si Frank no se hubiera convertido con el tiempo en un difícil enemigo. Cuando, en 1941, ya como profesor y director del Instituto del Reich para la Historia de la Nueva Alemania, tuvo varios enfrentamientos con Alfred Rosenberg, principal ideólogo del nacionalsocialismo, y con su hombre de confianza, Wilhelm Grau, Rosenberg se quejó, en un tono muy suficiente, ante la administración del partido: "Que un joven de veinte años se exprese de una determinada forma no puede servir, desde luego, para juzgar toda su vida, y por nuestra parte no lo hemos hecho. Sin embargo, un hombre de ese tipo tampoco tiene el derecho moral de erigirse en juez del nacionalsocialismo". Martin Bormann, jefe de la Cancillería del Partido Nacionalsocialista, acogió bien aquella argumentación y se ocupó de suspender a Frank de su cargo: "No se le ha retirado definitivamente de su función porque ello daría lugar a complicaciones jurídicas". De todas formas, Rosenberg tuvo que pagar un precio por la ayuda de Bormann: "Le quedaría muy agradecido si usted suspendiera a su vez al señor Grau de su cargo". A pesar de aquella humillante destitución, Walter Frank siguió siendo un nacionalsocialista convencido: el 9 de mayo de 1945 se suicidó porque consideraba que la vida después de la muerte de Adolf Hitler ya no tendría sentido. No quiso volver a oír hablar del "delirio demagógico" que dos decenios atrás había encontrado en Mi lucha.

Hasta principios de 1926 aparecieron críticas de Mi lucha también en periódicos alemanes que no formaban parte del círculo de la derecha más extrema. Sin embargo, en la mayoría de los casos se trataba de diarios pequeños o, desde luego, poco leídos fuera de su ámbito local, como, por ejemplo, el Süddeutsche Zeitung, de Stuttgart, el Fränkischer Kurier, de Núremberg, o el Niederdeutsche Zeitung, de Hannover. Buena parte de ellos tenía una opinión negativa del libro, aunque el Augsburger Neueste Nachrichten hizo una valoración ambivalente que destacó de entre la tónica general: «Se puede adoptar la posición que se desee ante Hitler y la obra de su vida, pero hay que reconocer que se trata de un hombre de gran talento, un pionero con la voluntad sincera de las convicciones a las que ha llegado a través de su dura lucha por la vida». Pero también el autor de esta reseña contemplaba la obra esencialmente como una autobiografía: «Quien desee conocer mejor la particular personalidad de Hitler y comprender sus acciones, debe acercarse a su libro. Leerlo, esté o no de acuerdo con él, le será de provecho"


"Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo XX", de Sven Felix Kellerhoff (Crítica).