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Sociedad domingo 13 de marzo 2016

La novela del cardenal argentino que no llegó a ser Papa

Matías Méndez

Por: Matías Méndez Especial para Infobae

Jorge María Ortiz de Urbina es "el otro Jorge": vive desde siempre en el Vaticano y es la contracara del actual papa. Infobae entrevistó a Virginia Mejía, autora de "Non habemus papam"

domingo 13 de marzo 201601:16
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Jorge María Ortiz de Urbina es el otro Jorge, el otro cardenal argentino que no llegó a ser Papa. El cardenal de ficción que inventó la escritora Virginia Mejía vivió durante décadas en el Vaticano, desde el momento en que decidió irse de la Argentina, a los 22 años. En él está representada la contracara del padre Jorge, que sí llegó a ser autoridad máxima de la Iglesia Católica, el papa Francisco.

Ese es uno de los contrastes por los que transita Non habemus papam (Paradiso), la primera novela de Virginia Mejía. Pero decir que sólo se narran esas dos formas de vivir la fe sería hablar sólo de un aspecto del libro. La protagonista y voz narradora del libro es una periodista, sobrina de Ortiz de Urbina y una suerte de oveja negra de la familia que cuenta, desde adentro del clan familiar, en clave de intriga (ella busca un anillo del cardenal ante su inminente muerte) y de sátira, el devenir de la clase alta tradicional de la sociedad argentina.

No es un dato menor que la autora sea la sobrina del cardenal Jorge María Mejía, que falleció en 2014 y fue bibliotecario de la Biblioteca Vaticana y archivero de los Archivos Secretos del Vaticano. Mejía estuvo en la redacción de Infobae y dijo que imagina a Bergoglio leyendo su novela, porque lo considera una persona inteligente, abierta y con sentido del humor.

"Si me preguntan qué hay de real, puedo decir que Marina, la sobrina del cardenal, soy yo"

—¿Esta novela está edificada sobre sus propios recuerdos personales?

—Tiene algunos elementos autobiográficos. Empecé escribiendo una crónica tomando elementos de la realidad. Era en un taller literario de María Moreno y, a medida que avanzaba en los encuentros, me daba cuenta de que lo que estaba contando era desopilante y me decían que tenía mucho humor y que era divertido. Así que a partir de ahí empecé a tomar algunos elementos y llevarlos hacia el grotesco, hacia lo ridículo. Hay personajes que están retratados con humor e ironía. A [Gustave] Flaubert le preguntaron un día si Madame Bovary era un personaje real, si él se basó en gente que conocía y demás para pintar esa sociedad burguesa, y él respondió: "Madame Bovary soy yo". En ese sentido, si me preguntás qué hay de real, te puedo decir que Marina, la sobrina del cardenal, soy yo, que el cardenal Ortiz de Urbina soy yo, que Pancho soy yo; soy un poco todos los personajes.

—En este libro conviven diferentes géneros, la crónica, la sátira y también la intriga.

—Tiene un cruce de géneros, pero de todos modos a mí me gusta la frase de Clarice Lispector, cuando le preguntan sobre qué género escribe ella y responde: no me interesan tanto los géneros como los misterios. Pero sí tiene que ver con las novelas de espionaje, porque hay un hilo conductor que es el anillo de zafiro del cardenal, que es muy valioso y que en Buenos Aires la oligarquía en decadencia o la clase alta venida a menos quiere, no sólo para venderlo y hacer plata, sino como símbolo de lo que ellos en algún momento fueron, el glamour de la clase alta. Se está por morir el cardenal y las primas empiezan a hablar del anillo. La cronista decide ir a Roma a robarle el anillo al cardenal. De hecho, le roba el testamento para saber a quién le toca el anillo.

"Para tomar distancia de la religión hace falta el humor"

—¿Esos misterios también se recorren en el libro a través de las citas que hay al comienzo de cada capítulo?

—Así es. Justamente lo que hace la narradora es tomar frases de autores célebres de la literatura, e incluso del cine, como Orson Welles, que sean desacralizadoras o profanas; entonces cita al Marqués de Sade, a Colette, que dice que la ausencia de humor hacía la vida es imposible. Para tomar distancia de la religión hace falta el humor.

—¿Lo necesitó para poder narrar un mundo tan formal y rígido?

—El humor es un arma indispensable en la vida. Este es un libro que tal vez no sea para todo el mundo, porque mucha gente no tiene sentido del humor y toma algunos asuntos demasiado en serio, por ejemplo, la religión y la familia. La literatura te permite explorar otros mundos y tomar distancia de cuestiones que, tal vez, para algunos, en su infancia fueron un poco traumáticas.

—Es una novela de contrastes y uno de ellos es que este cardenal al que la sobrina va a ver es la contracara de Bergoglio. ¿Es así?

—Lo que se muestra es el lado B: todos conocemos al Papa y tenemos un papa argentino y estamos muy orgullosos de que así sea. Es un papa que es un gran estratega político, un papa populista de origen peronista. Pero hubo otro papa, que era su antítesis, que no era populista, que le gustaba la gente de apellido, el lujo y le gustaba vivir como un príncipe en un palazzo romano con su secretario y su ayudante, pero este otro argentino no llegó a papa. Están los dos retratados como dos opuestos.

"Está convencida de que es Carolina de Mónaco yendo a ver a Bergoglio y, cuando llega, Francisco no le da ni la hora"

—En este sentido, una mujer, que es la voz narradora, es la que cuenta un mundo tan masculino en el que también se advierte cierta tensión sexual.

—Está esa tensión, hay erotismo y la cronista tiene grandes dotes de la observación y mira todo. Entonces, entra en ese gran palazzo romano donde un cardenal y su secretario viven juntos hace mucho tiempo, solos, con sus ayudantes y sus enfermeros, porque el cardenal está muy enfermo. Observa ese mundo y lo satiriza, pero no desde un lugar de resentimiento, sino desde un lugar de tomar distancia, porque ella también se satiriza. Por ejemplo, en una escena va a ver al Papa y está convencida de que es Carolina de Mónaco yendo a ver a Bergoglio y, cuando llega, se da cuenta de que Francisco no le da ni la hora. Ella le dice su apellido, Ortiz de Urbina, y Francisco prácticamente la ignora y se pone a hablar con una gente del interior que es muy humilde, que está vestida con camisetas argentinas que dicen Pocho Lavezzi y que le llevan una virgencita de cerámica. Sale muy frustrada de esa entrevista y ve cómo su mundo y lo que ella soñó, que era ser recibida como una princesa, se vino abajo y que hay otra realidad, que hay otra Iglesia en la cual determinados personajes ya no tienen lugar.

—En esa escena está marcado el quiebre que generó Bergoglio en la Iglesia.

—Así es, es un quiebre: es un papa eminentemente político, no es un papa tan estudioso y esto para marcar la diferencia con el cardenal Ortiz Urbina, que era un gran erudito, que hablaba siete idiomas y que había viajado por el mundo muchas veces, que había sido criado por institutrices francesas, irlandesas e inglesas.

"Voy a todos lados con mi libretita y anoto lo que la gente dice y, especialmente, la gente paqueta"

—La novela narra también el mundo de clase alta tradicional de la Argentina y se percibe una escucha atenta a su léxico y a sus modos. ¿Por qué le pareció importante retratarla?

—La escucha atenta trato de tenerla siempre. Voy a todos lados con mi libretita y anoto y me llama mucho la atención lo que la gente dice y, especialmente, la gente paqueta. Retrata diálogos de chicas de universidades privadas que están por ir a ver al Papa y todo este snobismo de apellidos, en donde es más importante parecer que tener, en el sentido espiritual. Sobre todo eso ella ironiza mucho. Es una novela o una crónica que despliega una cantidad de saberes: respecto a los apellidos, al arte, donde dice que se quiere robar cuadros del tío. También hay un juego entre lo trucho y lo verdadero, lo que es real y lo que aparenta serlo, eso está a lo largo de toda la novela.

—La retrata como una clase alta endogámica, en el sentido de que los casamientos se dan entre ellos y en cada encuentro se busca un parentesco o un conocido común. ¿Es como una gran familia?

—Sí, totalmente, es un clan cerrado que se reduce a unas cuantas familias y, aunque parezca increíble en pleno siglo XXI, estos clanes siguen existiendo. Es importante para determinada gente cuál es tu apellido, de dónde venís, con quién te casaste, ir a misa todos los días. Todas las familias tenían que tener un cura y un militar, y este es un cura que se va a vivir a Roma. Esta novela retrata a una familia de clase alta que tiene un cura que a los veinte años se va a Roma, deslumbrado por la Capilla Sixtina y por lo que es Roma, con sus lujos y sus bellezas. Decide no volver a la Argentina, porque no quiere saber absolutamente nada con Argentina. Y esta familia está muy orgullosa, porque no es que tienen un sacerdote en la familia, tienen un cura argentino que vive en Roma y que es amigo de los papas.

—¿Se imagina al papa Francisco leyendo la novela?

—Sí, me lo imagino al Papa leyendo esta novela, porque tiene sentido del humor. Si bien algunas cosas le molestarían, porque en cierto sentido el libro profana determinados aspectos, creo que es una persona inteligente y abierta que podría entender que es una novela

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