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Los seis hombres charlan en la barra del stand de comida de la India. Tienen camisa blanca y pantalón oscuro, comen unos bocaditos de vegetales y pollo que mojan en una salsa de yogur natural con cebolla y ají, y toman cerveza.


—From India? —pregunto.

—Yes! —responde uno, en un inglés con un acento que me hace acordar a Apu, el dueño del minimarket de Springfield donde siempre compra Homero.


En realidad todo el aspecto de los seis hombres me hace acordar a Apu. Sus rostros morenos, sus ojos delineados, su pelo negro encrenchado. Me cuentan que la comida de la India está muy bien, que es como la que se come en la India y noto que el dueño del stand también se parece a Apu. Parece uno más del grupo. La única diferencia es que está del otro lado del mostrador. La espiritualidad según FeVida funciona: al menos el tipo de la comida hindú es realmente un hindú que hace comida típicamente hindú.


Por lo demás, la espiritualidad de los stands parece bien heterogénea: hay locales de ropa, remeras con leyendas tipo «om», otros de túnicas de la India, uno de túnicas para chicos, varios de aceites esenciales y sahumerios, algunos de masajes de todo tipo, de yoga también de todo tipo, hay meditación y mucha oferta gastronómica y hasta una propuesta de bailar tango, el «Curso Sri Sri Tango». Sri sri, posta, no es una joda.