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Política sábado 23 de enero 2016

Diego Guelar: "Los últimos dos años de pésimo manejo de la administración han dañado la relación con China"

Claudia Peiró

Por: Claudia Peiró cpeiro@infobae.com

El designado embajador ante Beijing cree necesario y posible reequilibrar ese vínculo "estratégico" y sostiene que lo que haya que revisar se hará "con los chinos y no en contra de ellos, porque son nuestros socios"

sábado 23 de enero 201606:00
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China era seguramente el destino que le faltaba a Diego Guelar para completar un periplo por las sedes diplomáticas más importantes en nuestra política exterior: fue embajador ante Brasil, la Unión Europea y, en dos ocasiones, Estados Unidos.

Con pasado peronista, pero afiliado y militante convencido del PRO, se ocupó en todos estos años, como secretario de Relaciones Internacionales, de fijar la línea diplomática del partido de Mauricio Macri.

A mediados de febrero asumirá la representación de nuestro país en Beijing, un destino estratégico para una relación bilateral tan fascinante como polémica.

—La década "ganada" fue en buena medida una década de "suerte", con China creciendo a tasas récords y un boom de los commodities que exportamos. ¿Le toca ahora a Mauricio Macri un contexto mundial mucho más adverso?

—Sin lugar a dudas, no hay viento de cola, no hay elementos que podamos caracterizar como viento de cola, y eso genera la necesidad de un esfuerzo colectivo mayor, una gran eficiencia del gobierno, pero también una comprensión social de esas condiciones duras en las que se tiene que desarrollar Argentina dentro del mundo. Porque además hay que hacerlo dentro del mundo, no hay posibilidad de hacerlo afuera, además hacerlo dentro del mundo implica un plus pero es un plus que hoy está condicionado por la desaceleración china, la caída del petróleo, y demás.

—En este marco, a usted le toca justamente representarnos en uno de los grandes actores globales. ¿Cuál será la agenda del actual gobierno con China?

—Básicamente lo que tenemos que hacer, y que ha sido anunciado por el Presidente (Mauricio Macri) y la Canciller (Susana Malcorra), es una relación equilibrada con el mundo, es decir, no perder lo que avanzamos con China, que es un nuevo socio estratégico muy importante. Pero, al recuperar el espacio americano y el europeo y consolidar la relación con Brasil, que está muy deteriorada, eso solo ya va a dar un sistema de equilibrio, y vamos a plantearnos una sociedad estratégica más madura, más equilibrada y menos dependiente de China; creo que eso nos va a venir bien a todos, incluyendo a China, que va a poder desarrollar esta relación estratégica en un clima de equilibrio porque la pérdida de ese equilibrio empezó a generar una conciencia negativa. Es decir, durante los primeros diez años hubo una gran percepción de lo que significaba la asociación con China, pero los últimos dos años, que fueron de pésimo manejo de la administración, han dañado la relación. Entonces yo creo que hay que curar la relación de esa imagen que ha empezado a ser negativa, volver a entender que realmente es una relación muy positiva, que tenemos mucho para aprovechar de esa relación, tanto chinos como argentinos. Ese reequilibrio nos va a permitir una relación en la que, entre otras cosas, podamos abrir el mercado de bienes con valor agregado; hoy el 90 por ciento de nuestras exportaciones son materias primas sin elaboración.

—¿De qué depende que podamos tener una relación que no sea del estilo colonial del siglo XIX, es decir, que ellos se industrialicen con nuestra materia, y nosotros les compremos valor agregado?

—Bueno, pero eso fue el planteo de la anterior administración; detrás de la consigna de la reindustrialización, del nacionalismo, lo que hubo fue una primarización de la estructura productiva. Encima, sin reconocerle al campo el rol importante que tiene, porque no vamos a oponer las producciones primarias a la producción con valor agregado. Todas las grandes naciones industriales son además naciones agrícolas; no existe una contradicción entre producción agrícola y desarrollo industrial. Ahora, para eso tiene que haber una política real de reindustrialización tiene que haber inversión porque no hay reindustrialización ni mejor calidad de servicio si no hay inversión sostenida, tanto nacional como extranjera; entonces, si la extranjera no llega y la argentina, vía la rentabilidad que obtiene, huye del país, las posibilidades de industrialización y desarrollo son absolutamente imposibles.

—¿Cómo se supera eso?

—Terminar con el cepo, transparentar la economía... el dato monetario es absolutamente central. Hoy, si hay un hecho en el que está muy presente la globalización es en la interrelación de los bancos centrales. Miremos cómo opera el Banco Central de Paraguay, o el de Bolivia o Ecuador, y vamos a ver que funcionan como si fueran de Suiza..

—¿En qué sentido?

—En el sentido de la independencia, en el cuidado para evitar la inflación que es la madre de todos los problemas. Sin inflación, no es que se resuelven los problemas, pero con inflación es imposible resolverlos. Combatir la inflación es entender que la estabilidad de la moneda hace a proteger el salario y al mismo tiempo a dar credibilidad. Un país con alta inflación es un país sin credibilidad; un país con estabilidad, tiene condiciones para desarrollar credibilidad. No hay que hacer un mito es una precondición; sin estabilidad de precios, sin valores relativos lógicos entre la vaca, la leche, un par de zapatos, el cuero... la energía... ésos que son los precios relativos tienen que ser comprensibles. Si estos valores no están alineados con valores hoy estandarizados en el mundo, oscilando dentro de una franja lógica... Y esto es la globalización, que no es el imperativo de una potencia, no es el viejo Consenso de Washington, esto es consenso en Pekín, en Berlín, en Washington, en Nueva Delhi, en Brasilia; no es una imposición de nadie. Somos parte de un sistema global o no somos. Hoy tenemos que volver a ser. Eso nos va a dar las condiciones de credibilidad. Sería muy raro que en un país donde invierten los extranjeros huyan los nacionales, o que en un país donde invierten los nacionales no vengan los capitales extranjeros. La credibilidad es una, no hay una credibilidad interna y otra externa. Lo contrario es doble discurso. Nosotros tenemos que generar una Argentina que con el mismo discurso les hable a los argentinos con mucha transparencia y que ese mensaje sea el mismo que escuchan nuestros socios en el mundo. Esa confluencia trae aparejada mayor inversión, estabilidad, creación de puestos de trabajo, condiciones competitivas para que no dependamos exclusivamente de materias primas... ese es el proceso que tenemos que desarrollar.

—Con esa finalidad, los acuerdos que firmó el gobierno argentino, ¿son positivos?, ¿necesitan revisión?

—El problema no es la letra de los acuerdos sino su aplicación. Y por supuesto la aplicación va a ser diferente. La letra es como la Constitución. ¿Necesitamos cambiar la Constitución? No, tenemos todas las conductas regladas como para desarrollarnos como país. Los acuerdos con China, ¿son un obstáculo literario, en términos de sus palabras, de lo que dicen, para que no tengamos una buena relación? No. La aplicación es lo que hay que controlar. En algunos casos, sobre decisiones tomadas en el último tiempo, que revisaremos juntos -no las vamos a revisar contra los intereses chinos porque son nuestros socios-, ajustaremos algunas cosas, pero yo creo que no tenemos obstáculos del punto de vista del sistema de relación institucional. La forma de desarrollar la relación es lo que tenemos que cambiar.

—¿Las represas del río Santa Cruz, Cepernic y Kirchner, son otro de los temas a revisar?

—Hay una comisión que está trabajando en el ministerio de Energía porque ni si siquiera había información, o sea, había falta de información básica. Obviamente esa información la compartiremos con nuestros socios chinos y buscaremos que esos acuerdos, que son muy importantes, pensemos que esas dos represas -que en realidad son una unidad, un complejo- representan cuatro, cinco mil millones de dólares, es un monto muy importante. Bueno, juntos decidiremos si seguimos adelante, si los alteramos parcialmente en términos de ejecución, para que una inversión semejante nos rinda a pleno como socios, ya que sería ruinoso para los chinos que tamaño nivel de exposición –porque ellos aportan créditos muy importantes- fuera un fracaso: No les conviene a ellos tampoco, ni a los intereses de la empresa china involucrada ni a los del gobierno chino. Entendamos que lo que tenemos que corregir es con nosotros mismos: los pactos internacionales hay que respetarlos, las sociedades hay que respetarlas. Algunos creen que si incumplimos con los chinos eso va a ser bien visto, entre comillas, por Estados Unidos o por Europa: Todo lo contario: el que incumple con unos incumple con los otros; es decir, una Argentina previsible, que cumple con sus compromisos internacionales, que es leal con sus socios extranjeros, es un dato central de esa credibilidad que tenemos que desarrollar a pleno.

—Pero hay una asimetría notoria entre el tamaño de la economía china y el nuestro. ¿Por qué Argentina no hizo valer su condición de miembro del Mercosur en el vínculo con China, incluso para una negociación conjunta? ¿Es imposible hacer eso?

—Desde el año 2004, el gobierno chino ha propuesto al Mercosur hacerlo. O sea que si atribuyéramos esto a un motivo de intencionalidad china de mantenernos divididos -ese tipo de fantasmas que solemos crear-, seguro que no es cierto. No podemos imputar a otros lo que nosotros no hacemos. Entonces la retórica de la integración tiene que ser sucedida por la integración. Creo profundamente en la integración, trabajé intensamente como embajador en Brasil, como el principal negociador en aquel momento, del acuerdo marco para lanzar la negociación de un tratado de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur. En 1995. Recién ahora pareciera que estamos por sentarnos a la mesa. ¿Cómo pudimos perder 20 años? Ahora, de eso, ¿a quién le vamos a echar la culpa? ¿A Europa? ¿Y de las cosas que no hacemos con China? ¿De que el noventa por ciento de lo que le vendemos son productos básicos, vamos a decir que es una operación colonial china? Todos tienen la culpa salvo nosotros. El mundo le reconoce a la Argentina la capacidad laboral desde los más altos técnicos, el nivel de gerenciamiento profesional, hasta el nivel de los obreros argentinos. Miremos las inversiones chinas importantes ya concretadas en nuestro país. Synopec, la principal empresa de petróleo, tiene 4 mil trabajadores en el sur. ¿Cuántos empleados chinos tiene, entre gerentes y algún técnico? Veinte. Veinte, sobre 4 mil. ¿Cuántos funcionarios chinos hay en el ICBC, el banco chino que debe tener unas dos mil personas trabajando en el país? Quince.

—Eso no pasa eso en otros países. En algunas inversiones en África llevan toda la mano de obra...

—Justamente, eso tiene que ver con una calificación diferente: la calificación argentina, entre los chinos, los europeos o los americanos, es altísima. El mundo nos reconoce con alto nivel técnico, de gerenciamiento... la productividad de un obrero argentino es equivalente a la de un alemán, esto está medido en el mundo. En estadísticas muy serias. ¿Qué nos pasa entonces? El problema es de la dirigencia política y económica. Acá lo que falla es la cabeza. Hay que ser consciente de que es nuestra responsabilidad y de que esto no es un problema de la base social sino de la dirigencia. En la Argentina se puede tener procesos de productividad y de eficacia productiva en temas altamente tecnológicos. No hablemos de la agricultura. Con retenciones y con todo lo que se ha golpeado al campo, está reconocido que Argentina es el país con mayor productividad agrícola en el mundo. Este no es un problema de la gente, que está dispuesta a trabajar, a tener inventiva.... El software, por ejemplo. En condiciones terribles de tipo cambiarias, el software argentino es reconocido en el mundo. Aquí queda muy claro que tenemos todo para replantearnos la Argentina.

—Bueno, ¿y cómo se hace para que ese reconocimiento tenga efectos en el desarrollo?

—Lo primero que voy a hacer apenas llegue a Beijing, es sentarme con mi colega brasileño y plantearle que tenemos que empujar una agenda común. Yo ya tengo el primer tema, el de bandera: abrir el protocolo de orgánicos. Indudablemente, en Brasil y Argentina tenemos un valor agregado en esto; pensemos que un kilo de carne de alta calidad vale más que un kilo de computadora. O sea hoy los productos agrícolas con valor agregado son no sólo extraordinariamente rentables sino un valor que el mundo reconoce. El dato orgánico, que es darle un alto nivel de pureza al producto, evitar agroquímicos, enfermedades, etcétera, es algo que el mundo reconoce a altísimos valores. Desarrollemos juntos un mismo protocolo para orgánicos en Argentina y Brasil. Negociémoslo juntos, vayamos juntos el embajador de Brasil y el de Argentina y empecemos a armar una agenda. Estoy seguro de que si trabajamos bien un tema van a salir diez más en el curso de un año. Eso es la integración. Hablar de la integración y no trabajar juntos es una contradicción en sí misma.

—Despertó cierto recelo la planta de observación del espacio que China está construyendo en Neuquén. ¿Está justificada la desconfianza?

—Hubo mucho mito en torno a esto. Cabe aclarar que no hubo cláusulas secretas. Hay que entender que Chile y Argentina tienen una ubicación privilegiada, como una especie de agujero negro al revés que permite una observación privilegiada del espacio. Chile tiene veinticinco observatorios...

—Nosotros tenemos dos, hay uno de la Unión Europea...

—Hay uno de la UE en Malargüe, que es igual al que está construyendo China. Una de las formas de terminar con el mito es conceder o negociar diez más como mínimo. Diez más son como mínimo 500 millones de dólares de inversión en lugares aislados que necesitan agua, electricidad, caminos, telecomunicaciones... Es un rubro en sí mismo, en el cual hemos sido bendecidos por Dios, al darnos la ubicación geográfica. Si hay veinticinco observatorios en Chile y ponemos otros veinticinco de este lado, cualquier ventaja relativa de observar el espacio exterior ya pierde todo valor. Todos vamos a estar observando el espacio exterior incluyendo a la Argentina que, en cada acuerdo incluye horas diarias de utilización de la planta, por lo tanto somos beneficiarios de esos observatorios. Hoy está muy acordado que el espacio exterior es de uso pacífico: chinos, japoneses, canadienses, americanos, rusos, etcétera, comparten bases espaciales permanentes. Ahora, hay que consolidar ese espíritu de paz. Como demás, entre los emergentes, Argentina tiene el programa espacial más importante, fuera de los países centrales, creo que somos un agente activo para lograr que esos diez, quince observatorios que haya -uno japonés, uno canadiense, de universidades- generen la consolidación de ese espacio lejano como un espacio de paz. Nosotros tenemos una obligación activa, no somos nada más que observadores; la Argentina tiene 5 ó 6 satélites, está haciendo un lanzador propio, tiene cooperación con todas las grandes agencias; no podemos decir que este es un tema que depende de otros, en el que no tenemos que ver. Somos actores muy importantes, tenemos que ratificar esta iniciativa de tal modo que el vínculo entre nuestro planeta y el espacio lejano se conserve en condiciones de paz, porque si perdemos la condición de paz del espacio lejano, la destrucción el mundo sería inevitable. Pensemos que podría haber lanzamientos desde el espacio lejano hacia la tierra, estaríamos hablando de un holocausto universal. Por lo tanto, de la misma forma que la Argentina es sede del Tratado Antártico, que es un modelo y un ejemplo mundial -si no miremos lo que pasa en el Ártico, allí es solo conflicto-, y Argentina ha sido un actor principalísimo para lograr la paz y la conservación del medio ambiente en ese continente, hoy tenemos que lograrlo también en el espacio lejano. Así que estas cosas no hay que tomarlas no con prejuicio, con miedo y con fantasmas, sino con iniciativa, con acción y con interrelación con el resto de los países.

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