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Cuando las últimas fuerzas británicas se retiraron de la península de Galípoli, entre el 8 y el 9 de enero de 1916, dejaron tras de sí una humillante y dolorosa derrota; un fiasco que pasaría a la historia como el error estratégico más costoso incurrido por los aliados durante la Primera Guerra Mundial. La península, considerada la llave para ingresar prestamente a Turquía y forzar al Imperio otomano a rendirse, se transformó en un teatro de batalla estático. En los ocho meses que duró la ofensiva, la batalla dejó un saldo total de 262 mil heridos y 130 mil muertos.


Inmortalizada en la película de 1981 de Peter Weir, la batalla es vista como un caso paradigmático de inoperancia militar, y es rememorada con especial atención en Turquía, y, por otro lado, en Australia y en Nueva Zelanda, los países que, en términos relativos con su población, más contribuyeron al fútil esfuerzo de guerra en los Dardanelos. Están quienes discuten que el plan aliado era genial: ocupar a la brevedad el terreno alto en la península y silenciar a la artillería enemiga, para que la flota pudiera atravesar el estrecho hasta el mar de Mármara, para posteriormente ocupar Constantinopla (Estambul).


A cien años desde que se desarrollaran los trágicos acontecimientos, la ocasión amerita un ejercicio de historia contrafáctica. La pregunta es ciertamente interesante. ¿Qué hubiese ocurrido en un universo paralelo, en donde los aliados fuerzan los Dardanelos y toman la capital otomana. Conjeturalmente hablando, quizás el devenir del siglo XX hubiera sido otro.


Para empezar, Galípoli fue una batalla decisiva que signó el triunfo de los turcos a la hora de defender su capital. Aunque el Imperio Otomano sería desmembrado, el desenlace en los Dardanelos sería un presagio de la victoria que vendría poco tiempo después, cuando se pelearía por la independencia de la Turquía moderna. Los aliados primero intentaron, en marzo de 1915, pasar forzosamente por el estrecho sin desembarcar tropas, pero se encontraron con una defensa impenetrable. Además de emplear minas marinas que causaron estragos en los acorazados aliados, los turcos hicieron gala de un uso excelente e inteligente de la artillería. Utilizaron señuelos para distraer el fuego enemigo, mientras que desplazaban sus cañones de lugar en lugar bajo la cobertura de la noche. Solo entonces se hizo manifiesto que los buques aliados no podrían fondear en el mar de Mármara, a menos que una fuerza anfibia ocupara el terreno alto en Galípoli.


Los historiadores militares destacan las cualidades del mando turco, dominando principalmente por el alemán Liman von Sanders y Mustafa Kemal, el futuro Atatürk. Pese a que en varios aspectos los turcos estaban maltrechos, la proactividad y determinación de sus jefes frustró la ofensiva aliada. Sin embargo, las fuerzas de la entente anglo-francesa se vieron sobre todo perjudicadas por la ineptitud de los superiores responsables de llevar a cabo la campaña. A parte de sufrir severas deficiencias en términos de comunicación, se concede que el mando aliado carecía de osadía y de táctica. Sus comandantes, notorios entre ellos Sir Ian Hamilton, y Lord Kitchener, mandaban a la distancia mientras los hombres se sacrificaban en las playas. Hamilton era cortés, pero demasiado dubitativo e irresoluto para liderar tan importante esfuerzo bélico. Kitchener en contraste era autoritario, y retrasó él envió de refuerzos y suministros en el momento de mayor necesidad.


En palabras de Max Hastings, los generales británicos que ejecutaron la campaña de Galípoli están entre "los trapaceros más insensibles" que hayan liderado ejércitos en la historia. Puesto sino por Philip J Haythornthwaite, la impresión que queda de la batalla es la de "un concepto estratégico válido arruinado por una catastrófica incompetencia" del mando. Para Peter Hart, "el planeamiento operacional fue lamentable, y cualquier oportunidad táctica particular que pudo haber surgido fue dejada pasar". Sea como fuere, los aliados perdieron la iniciativa. El desembarco se volvió predecible, y cada intento por ocupar las colinas y el terreno alto de la península fue en vano. En correlación con lo que sucedía en el frente europeo, lo único que les quedaba a los soldados por hacer era –tal como ordenara en su momento– "cavar, cavar, cavar y aguantar".


Paradójicamente, en contraste con los desembarcos, la evacuación de las playas se cuenta como una de las operaciones logísticas más exitosas de todos los tiempos. Las tropas se retiraron sin sufrir bajas, tomando por sorpresa a los turcos, que no pudieron detectar la maniobra. Así y todo, sin entrar en detalles, si los aliados se hubieran desplegado con mayor velocidad, si hubieran solucionado sus problemas logísticos, si hubieran establecido una cadena de mando más coherente y unificada, o si hubieran realizado ataques nocturnos, las fuerzas expedicionarias podrían haber ocupado las posiciones centrales vitales para el triunfo. Para agosto no obstante se hacía evidente que la evacuación sería inevitable.


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De haber triunfado, además de estar a las puertas de Constantinopla, los aliados habrían despejado una vía marítima para reaprovisionar a los rusos, como así también para realizar nuevos desembarcos para flanquear a los poderes centrales. Bajo tales circunstancias, reaprovisionada Rusia, quizás el zar no hubiera perdido su cabeza, y los leninistas no hubiesen triunfado en su revolución. Tal vez, si hubiesen contado con una ruta marítima funcional, los rusos, que vieron sus exportaciones congeladas tras el inicio de las hostilidades, podrían haber vuelto a comerciar, enviando el grano necesario para alimentar a los ejércitos situados en el frente occidental. Con apoyo industrial y logístico de los británicos y franceses, los rusos podrían haber resistido el embate con los poderes centrales.


En términos geopolíticos, debe tenerse en cuenta que Bulgaria, envalentonada por los reveses aliados en Galípoli, le declaró la guerra a Serbia en septiembre de 1915. En este aspecto es evidente que la batalla tenía su cuota de trascendencia regional. Una victoria aliada podría haber incentivado a Grecia y a Rumania a pactar formalmente con los poderes de la entente, en detrimento de la posición alemana y austríaca. En añadidura, una derrota temprana de los otomanos podría haber tenido un efecto sobre el desarrollo del genocidio armenio, y los rusos hubieran aprovechado el desconcierto del mando otomano para ocupar más territorios dentro de Anatolia. En julio de 1916 los rusos ocuparon Erzincan, de modo que uno podría especular que es lo que hubiera acontecido con posterioridad si la parálisis y el caos causado por la revolución leninista no hubiera sucedido. Si hay algo que está fuera de toda duda es que los planificadores del zar ambicionaban anexar los territorios armenios y ocupar Constantinopla.


Estas observaciones son por supuesto conjeturas, y nada más que conjeturas. No obstante, no son descabelladas. No hay que descartar que para bien o para mal, con la batalla de Galípoli se jugaba el futuro de la región. Los poderes centrales evidentemente tenían sus motivos para estar preocupados. Una victoria aliada podría haber causado un efecto domino en los Balcanes, aumentando la carga sobre los ejércitos austriacos y alemanes en el continente.


Por otro lado, una victoria decisiva en los Dardanelos de ninguna manera podría haber resuelto por sí sola los desafíos subsiguientes. Incluso si las tropas anglo-francesas lograban silenciar la artillera turca, la armada aún tendría que entrar en el mar de Mármara, y ni que hablar de ocupar Constantinopla. Esta reflexión viene a ser precisamente una crítica contra lo que algunos historiadores militares han llamado "el mito de Galípoli". De acuerdo con esta mirada, la campaña era demasiado ambiciosa desde el vamos, poniendo la victoria en una plaza inalcanzable. Para Gary Sheffield, la estrategia era una locura destinada al fracaso a como dé lugar. Max Hastings concuerda. Para él, incluso si Turquía quedaba afuera de la guerra, el triunfo solamente sería posible con una victoria en el frente occidental. Otros, como Warren Dockter y Lawrence James están en desacuerdo, y estiman que la historia podría haber sido otra si la campaña hubiera sido llevada a cabo por generales competentes.


En consecuencia, la campaña de Galípoli puede ser vista como una jugada estratégica maestra que fue terriblemente ejecutada, o como el resultado de una fantasía ilusa que estaba condenada desde el comienzo. Lo cierto es que se trató de la apuesta más arriesgada y costosa del bando aliado. Su ideólogo era nada más ni nada menos que Winston Churchill, quien con sus cuarenta años de edad servía al Gobierno británico como Primer lord del Almirantazgo. Churchill se mantuvo convencido de que su plan era brillante hasta su muerte, y que este fue saboteado por una ejecución calamitosa y mal organizada. Con independencia de si tenía razón o no, de no haber sido por su rol en la Segunda Guerra Mundial, su reputación habría quedado siempre manchada por el fiasco en los Dardanelos. En todo caso, no cabe la menor duda que Lord Kitchener como Ian Hamilton fueron tan responsables como él.


En suma, de haber triunfado en Galípoli, los aliados aún tendrían que haber conquistado Constantinopla para consignar una rendición otomana. Dejando de lado los desafíos que esta conjetura plantea, de haber alcanzado sus objetivos finales, la campaña podría haber arrojado consecuencias significativas a los efectos de dar forma al Medio Oriente contemporáneo. Desde ya, de no haberse producido la caída de la Rusia zarista, la historia del siglo XX podría haber sido otra muy diferente.