Cristina Kirchner junto a Nicolás Maduro 163
Cristina Kirchner junto a Nicolás Maduro 163

Dwight Eisenhower, el general que comandó el desembarco de los ejércitos aliados en Normandía en 1944, fue dos veces presidente de Estados Unidos entre 1953 y 1961. El general tenía la sutileza de un acoplado y una frase espectacular, cuna de la política moderna. Decía: "Todo presidente debe tener su hijo de puta", para definir los alcances de la tarea política de quienes decían por él lo que él mismo no podía decir.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dijo hace una semana, en lo que fue una nada velada incitación a la rebelión: "El pueblo argentino está listo para luchar. Sé lo que les digo". La lucha a la que incita Maduro es contra el gobierno electo de Mauricio Macri. Semejante injerencia extranjera en los asuntos argentinos no fue ni siquiera respondida por su par, Cristina Kirchner, quien, de haber estado en desacuerdo, bien podría haberle aconsejado a Maduro que cuide sus espaldas que están en juego este domingo en las elecciones legislativas.

En Venezuela no hay ni papel higiénico. Reina un desabastecimiento brutal pese a la Ley de Precios Justos, un mercado negro descomunal, una inflación anual cercana al doscientos por ciento y un dólar oficial a 6,40 bolívares y otro paralelo a 750 bolívares, cien veces más que el oficial El sueldo básico es de ocho mil bolívares: 1.250 dólares oficiales o sólo 10 dólares paralelos. Maduro conserva en sus cárceles a varios opositores, entre ellos a Leopoldo López encerrado después de un proceso fraguado y falso, como admitió el fiscal que lo acusó antes de huir él mismo con su familia a Estados Unidos, no vaya a ser cosa. En uno de los últimos actos opositores a Maduro, fue asesinado Luis Manuel Díaz y la mujer de López, Lilian Tintori, denunció que también a ella quieren matarla. Si Maduro pierde hoy las elecciones, ya anunció que saca los militares de los cuarteles y "Me voy a las calles a luchar con el pueblo".

La Presidente estuvo ocupada minando el territorio que le dejará a su sucesor

Ese es el moldecito, matiz más matiz menos, que recomienda para la Argentina el bueno de Maduro, que es mucho menos sutil que Eisenhower y no desembarcó jamás en ningún lado. El silencio oficial ante el dislate del venezolano sólo se explica porque la Presidente ha estado muy ocupada estos días minando el territorio que le dejará a su sucesor: amplió a todas las provincias un fallo de la Corte que beneficiaba sólo a tres con la devolución del quince por ciento de la coparticipación, y cedió así ciento veinticinco mil millones de pesos a través de un decreto de necesidad y urgencia. También aumentó el rojo fiscal en unos ocho mil millones, algo así como el siete por ciento del PBI. Los funcionarios electos en la provincia de Buenos Aires ya anunciaron que las arcas provinciales están vacías, cero peso. Y todavía falta abrir la bóveda del Banco Central para saber cuántas reservas dejó el kircherismo en su destructivo escape del poder. Le va a costar al nuevo gobierno, como a cualquier otro, hacer brotar algo en la tierra arrasada que dejan la Presidente y sus fieles.

 Nicolás Stulberg 162
Nicolás Stulberg 162

También hay una dura pelea por el escenario de la transmisión del mando, interna feroz que se preanunció el martes 24 en Olivos, cuando la fracasada entrevista entre Cristina Kirchner y Mauricio Macri.

La Presidente quiere que en el Congreso se lleve a cabo la jura y el traspaso de los símbolos del poder. La Constitución señala que la jura presidencial debe hacerse ante la Asamblea, órgano máximo del Poder Legislativo. Pero el traspaso de los símbolos del poder es ámbito del Poder Ejecutivo y la tradición marca, sabia, que debe llevarse a cabo en la Casa de Gobierno, sede de ese poder.

Macri sospecha, con toda razón, que el Congreso será para él territorio comanche, dominado por el kirchnerismo, por las huestes de La Cámpora y por la caterva de provocadores profesionales que se escudan en organizaciones supuestamente sociales. El kirchnerismo en pleno intentará ganar la calle para repudiar al nuevo gobierno elegido por el voto popular y es de esperar que no desate la violencia, como dan a entender algunos indicios y, en caso que la desate, que no le sea correspondida.

Macri sospecha que el Congreso será para él territorio comanche, dominado por La Cámpora

Igual que chavismo, y ahora el madurismo o como se llame lo que gobierna a Venezuela, el kirchnerismo es una expresión más de un populismo que tiene muy mala prensa en el siglo XXI. Hubo una época en la que el populismo, un término académico con el que no se identifica ningún movimiento ni partido en el mundo, no fue tan malo. Apostaba al carisma de sus líderes únicos, impulsaba cierta igualdad basada en la protección de los más débiles, argumentaba más a favor de los sentimientos que a favor de la razón, desdeñaba a las élites. Si en Europa derivó en el fascismo de Mussolini o en el nazismo de Hitler y curó al continente para siempre, en América Latina forjó gran parte de la cultura social y política.

Pero los años han pasado y lo han cambiado todo. El populismo ni es lo que fue, ni representa lo que encarnó. Ha mezclado a la demagogia con el cinismo y ampara a regímenes corruptos, acumuladores de poder, que ejercen un paternalismo autoritario al que visten con el disfraz del progresismo y de los grandes ideales; pero para sobrevivir y sostenerse, precisan vulnerar a la democracia de la que se valen para acceder al poder.

Mientras es gobierno, el populismo hace y deshace a su antojo en nombre del caudal de votos que lo encumbró. En la oposición en cambio, niega a otros el derecho a gobernar.

En esa tremenda fragmentación, el país perdió ya más de medio siglo de progreso y desarrollo.