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Por Tina Traster*

Desde el vamos supe que algo no estaba bien. Adoptamos a Julia de un orfanato en Siberia en Febrero de 2003. No se aferró a mí ni me miró a los ojos. Nunca apoyó su cabeza en mi hombro ni se relajó en un abrazo cálido. No respondía cuando le cantaba o le leía. Era como si ella estuviera ahí, pero no estaba.

Durante un tiempo, semanas, quizá meses, me hundí más y más en la depresión; pensaba que había cometido un error terrible. Quizá yo no había nacido para ser madre.

Julia era un poco más receptiva con mi marido, pero sólo de cierto modo. Durante los primeros diez meses sufrí culpa, vergüenza y tristeza. Luego de haber viajado 10.000 millas (dos veces) para traer esta niña al hogar, no quería permitir que nadie supiera cómo me sentía de verdad. (...)

Un año más tarde inscribí a Julia en el preescolar y vi más de lo mismo: una niña que no se vinculaba con las maestras u otros niños. Para los demás era un enigma igual que para nosotros. Todo el mundo estaba de acuerdo en que era gregaria, vivaz, amistosa, extrovertida. Sin embargo, a la vez, era distante y difícil de descifrar. Cuando la buscaba al final del día, siempre estaba sola, en ocasiones debajo de un pupitre. Preocupada, le mencioné su comportamiento extraño a su pediatra. Fue la primera vez que tuve en cuenta la expresión "trastorno de vinculación reactiva", aunque la había oído mencionar antes. El médico, que había tratado a adoptados en el extranjero, me explicó que era algo común entre niños que habían estado institucionalizados. La separación temprana de las madres biológicas causa un trauma que dificulta que el niño confíe o se vincule con otro adulto. (...) Yo no estaba preparada para escuchar eso.

Por fin, cuando ella tenía cuatro años, me sentí lista para enfrentar sus demonios, nuestros demonios. Fue durante un concierto escolar que me quebré y lloré porque comprendí cuán sola, desplazada y aislada estaba mi hija. Julia no fue capaz de cantar con el grupo. Su conducta disruptiva obligó a una maestra a sacarla del escenario (...)

Mi esposo, Ricky, y yo nos unimos para leer todo lo que pudiéramos sobre el síndrome. Hicimos un esfuerzo tenaz y nos comprometimos conscientemente a ayudar a nuestra hija y a convertirnos en una familia. Fue nuestro trabajo cotidiano (...)

Con el tiempo, hubo más conexión con Julia. Al comienzo no fue amoroso y cálido necesariamente, pero avanzó en la dirección correcta. La estábamos sacando. Se volvió más capaz de mostrar enojo en lugar de indiferencia. A medida que desarrolló sus capacidades verbales, tuvimos la ventaja de poder explicarle que la amábamos y que nunca la abandonaríamos. Que entendíamos cuán aterrador era para ella que la amaran adultos, y que ella estaba segura.

El progreso llevó tiempo, y el trabajo de permanecer vinculado con un menor herido es un esfuerzo para toda la vida. No importa, porque Julia ha salido de la zona de peligro. Se ha quitado el casco y la armadura. Me ha permitido ser su madre. Y yo rindo homenaje a esa confianza recordando, todos y cada uno de los días, cómo ella lucha contra sus demonios inconscientes y cuán fuerte es y será siempre esa lucha.

* Tina Traster gentilmente autorizó la reproducción de este fragmento de su libro en Infobae. Es una periodista premiada cuyo trabajo se publica en numerosos diarios y revistas, entre ellos The New York Times, The Huffington Post, The Daily Best, The New York Post, Family Circle, Parade y Audubon.