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Si bien ya pasó mucha agua bajo el puente, el gobierno que encabezó Fernando de la Rúa en 1999 y culminó de manera estrepitosa el 21 de diciembre de 2001 continúa latiendo en el presente.

"Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal" (Editorial Siglo XXI) expone minuciosamente la claves de la debacle económico-financiera de fin de milenio que devino en la disolución de todos los lazos políticos y sociales. Se trata del cuatro libro de un grupo de investigadores de la Facultad de Ciencias Sociales y el Instituto Gino Germani, coordinado por los sociólogos Alfredo Pucciarelli y Ana Castellani. Los trabajos arrancan desde la dictadura de 1976, y se espera abordar en una quinta publicación los gobiernos de Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde.

En diálogo con Infobae, el profesor Pucciarelli habló de la crisis más grande que vivió el país y del proceso de rebelión popular que tumbó al régimen neoliberal. En clave reflexiva, opinó sobre cómo el libro permite comprender la coyuntura presente, como la herencia de la deuda externa y social producida por el ajuste, y los "errores" políticos cometidos que amenazan con reiterarse en la actualidad.

- ¿Por qué un libro sobre la Alianza, hoy?

Alfredo Pucciarelli: En el período de la Alianza, el pasado está más presente que nunca. Lo interesante era ver no solo el endeudamiento y la imposibilidad de construir una estrategia de salida de la crisis, sino una serie de factores políticos de primer orden que jugaron un rol fundamental en transformar esa crisis financiera en una crisis político-institucional de gran envergadura que terminó con la rebelión de diciembre de 2001. Esos rasgos del manejo de la gestión de la Alianza hoy empiezan a replicarse muy peligrosamente. Ponemos en evidencia las dificultades que tenía el plan de convertibilidad, y que ya eran enormes en 1998 antes de la elección que gana la Alianza.

Lo realmente aleccionador para el presente es que desde ninguna de las instancias de la política que enfrentaban al menemismo surgió un diagnostico serio de la situación económica y social del país. Se daba por sentado que la convertibilidad podía funcionar como modelo de desarrollo y se puso en el centro en el tema de la corrupción, que funcionó como un discurso alternativo sin que se presente un modelo de sociedad que afronte los problemas reales. Hoy ocurre algo parecido, hay fuerzas políticas que están pegando carteles en la calle que dicen "Argentina o corrupción", que desvían el contenido que debiera ser el debate preelectoral de 2015. Se ve en el libro la consecuencia de esa falta de proyecto político que generó un vacío de ideas a través del cual se filtró la misma concepción de manejo de la deuda del menemismo.

El otro tema que tiene actualidad es el tratamiento de la negociación con los tenedores de la deuda, y los criterios para enfrentar las obligaciones de pago. La idea de entonces era producir políticas de ajuste y de restricción de gastos para generar una "confianza" de pago a los acreedores que fue realmente catastrófica, crearon una herencia hoy insoportable. Se convirtió así una situación de endeudamiento permanente que desplazó el problema hacia el futuro, como el que tenemos ahora con los fondos buitre, generado por los u$s50 mil millones que se obtuvieron de más en el megacanje.

- Que el eje de gobierno fuera de lucha contra la corrupción, ¿no responde a que en realidad la Alianza formaba parte del consenso neoliberal que refleja el libro?

AP: La Alianza fue un compuesto de tres fracciones politicas: el Frepaso, el alfonsinismo, y el grupo neoliberal de la derecha radical que lo rodea a De la Rúa. Hay un cambio de contenido político cuando gana las elecciones legislativas de 1997, con un giro a la derecha muy fuerte en el Frepaso. Se discutía si se tenía que transformar en un partido electoral "atrapa todo", o uno con perfil político más definido. Cuando gana la primera estrategia, se desnaturalizó la primera idea de la Alianza que armó el alfonsinismo y los sectores progresistas en la Confitería del Molino, lo que terminó consagrando una fórmula electoral y un elenco gubernamental que tenía que ver con el otro sector. Desde un comienzo entre las tres fracciones hubo un empate permanente, en el que todas pudieron impedir el desarrollo del proyecto de una de las partes, pero a la vez fueron incapaces de imponer el propio. Se produjo así un fenómeno de gobernabilidad crónica que nunca resolvió la confrontación interna.Es cierto que había un consenso neoliberal o de conformismo con la ley de convertibilidad, que se mimetizaba con lo que pensaba la mayoría de la clase media de que se podía seguir con el proyecto menemista pero sin corrupción. Eso nos costó muy caro.

Crisis y rebelión popular. Ciudad de Buenos Aires, 20 diciembre 2001 <br> Enrique García Medina 162
Crisis y rebelión popular. Ciudad de Buenos Aires, 20 diciembre 2001
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- De acuerdo al libro, el ex presidente Raúl Alfonsín tuvo una gran responsabilidad en la conformación y colapso de la Alianza ¿Cuál fue su rol durante el período?

AP: A Alfonsín le pasó el "síndrome Balbín", un patrimonio político-cultural que todo el radicalismo considera como propio. El síndrome refiere a cuando (Ricardo) Balbín se convirtió en uno de los responsables indirectos del debilitamiento del (ex presidente Arturo) Illia. Su oposición desde el partido fue un saboteo permanente que permitió el avance de la derecha y del golpe de Estado.

Entonces, cuando Alfonsín era jefe del partido, comandó una estrategia que no coincidía con la de De la Rúa y (el ex jefe de la SIDE, Fernando) De Santibañez. Se encontró en que, si avanzaba en la oposición, lo que hacía era debilitar a un presidente que ya lo estaba desde el comienzo. Se enfrentó con un dilema que podía producir una pérdida de gobernabilidad que culminaría luego con un golpe o una rebelión social. Ese rol ambiguo se vio cuando se intentó aplicar la Ley de déficit cero. Es un proceso de desgaste que al final termina sumergiendo a todo el gobierno dentro del mismo imposibilismo.

Alfonsín fue un radical típico. La UCR nunca tuvo una línea consistente dispuesta a pagar costos políticos. Pese a todo, es la figura más rescatable del radicalismo en el período de la Alianza.

- Esto pone en discusión el lugar común de que el PJ habría contribuido al colapso de la Alianza...

AP: Claro, yo diría que fue al revés. El sistema político, cuando la Alianza comienza a gobernar, ya estaba completamente corporativizado. Radicales y peronistas se habían constituido en un cuerpo independiente que estaba por encima de los partidos y gestionaba el Estado como un elenco que tenía más elementos en común que diferencias. En los noventa, el radicalismo facilitó la aprobación de leyes terribles de desguace del Estado. Se oponían públicamente en lo discursivo al menemismo, pero favorecían el manejo institucional. Ese mismo fenómeno se dio en el 2000 y 2001, cuando el peronismo favoreció todas las medidas de ajuste que intentaba llevar adelante la Alianza, como la famosa "ley Banelco" (de flexibilización laboral, que desató un escándalo por sobornos). Fue el peronismo el que sostuvo a la Alianza.

- ¿Por qué el PJ pudo resolver la crisis del 2001, pese a que pertenecía ese "elenco" que era parte del problema?

AP: En medio del colapso, hubo una pelea muy fuerte entre los sectores de la clase dominante para ver quién iba a pagar los costos de salida de la crisis, si lo haría el capital financiero, las empresas productivas endeudadas, o los sectores populares. Entonces hubo una alianza muy evidente entre Alfonsín y (el ex presidente Eduardo) Duhalde, que estuvo fogoneada por una de las fracciones encabezada por Techint y el capital productivo. Es ese sector el que logró la homogeneidad política una vez que logró sacar al (ex presidente, Adolfo) Rodriguez Saa de la Presidencia en la semana tragicómica de diciembre de 2001. Le hace pagar la crisis al sector financiero y a las clases populares con la pesificación asimétrica, que produjo una redistribución regresiva del ingreso.

- Se terminó gestando otro modelo en plena crisis, y que tiene que ver con lo que ustedes llaman como "crisis orgánica", concepto que recuperan del intelectual comunista italiano Antonio Gramsci.

AP: Si, eso sucede cuando la sociedad "rompe" con el sistema político institucional vigente, como pasó con los cacerolazos e iniciativas populares de 2001, que surgieron desde los núcleos más profundos de la vida social. Es curioso el último discurso de Cristina Kirchner, en el que señala que "nosotros somos producto del modo en que se salió de la crisis". Como no hubo una alternativa al sistema bipartidista, el peronismo tuvo todo el tiempo para gestionar la crisis, y cuando estuvo resuelto quien pagaba los costos llamó a elecciones. Como los nuevos actores sociales no se pudieron legitimar electoralmente, se produjo un vacío político que ocupó el kirchnerismo.

AFP
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- ¿El experimento de la Alianza se asemeja al del Frente Amplio UNEN?

AP: No, no se asemeja, en mi opinión es peor. La Alianza parecía tener un atisbo de concepción superadora . Acá creo que no hay una alternativa de nada, colocaron como centro a la corrupción y entregaron sus concepciones estratégicas a otros sectores de la vida social que no son ellos. Hicieron un rejunte impresionante, veo a Pino Solanas con Elisa Carrió y no lo puedo creer, es imposible imaginarlos tomando un café juntos. Es un proceso de vaciamiento de la lucha política que es mucho peor que lo que había hecho la Alianza en su momento. No hay en el FAUnen un ámbito que se pueda construir colectivamente nada y donde se puedan institucionalizar las diferencias. Tampoco hay responsabilidad política frente a nadie, son 17 dirigentes que solo tienen un marco de referencia electoral fogoneada por los medios y con adhesión en un sector de la sociedad.

- Esta dificultad en el FAUnen, ¿no puede entenderse como parte de la crisis de representación de la política y de los partidos, que irrumpió en el 2001?

AP: Es cierto. Aunque habría que diferenciar al kirchnerismo de eso, porque ha intentado suturar y construir, mal o bien, un ámbito político. Aunque tenga grandes defectos internos, como la exacerbación de la concepción movimientista. Pero en el resto de las organizaciones está la liquidación llana de la política como ámbito de construcción colectiva y de resolución de conflictos. Escandaliza que los grandes estrategas del no-kirchnerismo y del anti kirchnerismo no estén en los partidos; ahora son intelectuales o analistas no confesos que están en otros lugares, como este nuevo grupo empresario (Foro de Convergencia Empresarial) que plantea puntos en un documento, o en los propios medios de comunicación.

- En los últimos meses la deuda externa volvió a tomar centro de la escena pública con el fallo del juez Thomas Griesa. ¿Es una de las heridas que todavía no cerraron de la crisis?

AP: Efectivamente, todo el mal que ahora estamos viviendo es por haber resignado soberanía jurídica (a los Estados Unidos) en la dictadura y luego en la década del noventa. Quedamos atados de pies y manos a la arbitrariedad de sectores políticos de otros países. El pecado original tiene dos partes: haber hecho eso en un proceso de endeudamiento escandaloso en los 90' y 2001, y después mantener esa cláusula durante el proceso de renegociación de deuda. No hubo visión política para prever lo que pasó, aunque era imposible saber que el proceso de derechización en EEUU tomara el camino que tomó y llegara a la justicia. El pasado está ahí, no solo como una deuda, sino la forma que asume la deuda nos obliga ahora a tener que respetar las decisiones económicas de mafiosos, que ni en las peores épocas del imperialismo fueron tan salvajes y perjudiciales como las de Griesa. Creo que estamos pagando el intento de resolver la crisis de endeudamiento por un camino diferente que nos marcaban los organismos internacionales de crédito.

- Se dice que, luego de la apatía de los noventa, el gobierno kirchnerista "recuperó la política". Pero también puede entenderse que previamente, en la crisis del 2001, hubo una politización de la ciudadanía a través de las asambleas y protestas en las calles. ¿Que opinión le merece ese debate?

AP: Ese tema es clave. En mi concepción, pueden haber procesos de protesta que pueden ser completamente despolitizados. La política tiene que ver con el poder. Si en la medida que se hace un acto de oposición no se tiene una estrategia de poder para que eso se convierta en una alternativa de cambio, no hiciste política, hiciste otra cosa. Eso pasó con los movimientos sociales y el "que se vayan todos". Nuestro próximo libro comienza con ese tema, por qué los movimientos sociales que generaron tanto conflicto no produjeron una sola organización política. Es parecido a lo que sucedió en España, cuando los indignados hicieron una gran revolución social que luego se quedó en eso. Pero después apareció el partido PODEMOS, que se reivindica como la versión política de los indignados. En la Argentina, como no hubo PODEMOS ni politización de la movilización social, apareció el kirchnerismo.

Los compiladores

Alfredo Pucciarelli es doctor en Filosofía, con especialización en Ciencias Sociales, por la Universidad Nacional de La Plata, donde es profesor extraordinario. También es profesor consulto en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani; ex investigador del Conicet y director de investigaciones colectivas y profesor de posgrado en esas dos universidades, en la Flacso, en el Colegio de México y en la UNAM.

Ana Castellani es doctora en Ciencias Sociales de la UBA, magister en Sociología Económica del IDAES-UNSAM, licenciada y profesora en Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Actualmente se desempeña como investigadora adjunta del Conicet, con sede en el CESE-IDAES de la UNSAM.

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