Sociedadviernes 22 de junio 2012

¿Para qué sirven los árboles?

De las aspirinas a las frutas, pasando por el papel, la madera o la sombra, su aporte al bienestar humano es inagotable.Regulan la temperatura, purifican el ambiente y evitan la erosión del suelo. Vea la infografía

Si se compara la larga lista de las cosas que el hombre recibe del árbol con los pocos cuidados que éste necesita para vivir, se llega fácilmente a la siguiente conclusión: el árbol puede vivir sin nosotros, pero nosotros no podemos vivir sin él.

Se sabe lo clásico: que nos da la madera y el papel. Pero la mayoría ignora que la aspirina –hoy sintetizada en laboratorio- tuvo su origen en el sauce blanco, cuando en 1829 un farmacéutico francés, Pierre-Joseph Leroux, extrajo de él la salicina, su principal componente.

O que el árbol es también un aliado en la lucha contra el cáncer. El taxol (paclitaxel), un anticancerígeno usado en tumores de mama, ovario, pulmón, vejiga, próstata, esófago y también contra el melanoma y el sarcoma de Kaposi, fue creado en 1968 a partir de un compuesto extraído de la corteza del llamado Tejo del Pacífico (Taxus brevifolia), una conífera que crece en la costa noroeste del Pacífico en EEUU.

Existe además otra gran cantidad de remedios naturales que se fabrican a partir de las flores, las hojas, la resina o el látex de los árboles, incluyendo diuréticos, relajantes y vasodilatadores.

En áreas rurales, el árbol combate la erosión de los suelos y sus raíces fijan las orillas de los ríos impidiendo que las corrientes las “devoren”. Contribuye también a evitar inundaciones por la cantidad de agua que retiene.

Actúa como un purificador de la atmósfera porque absorbe grandes cantidades de dióxido de carbono (CO2) y libera el oxígeno necesario para vivir.

Su presencia es por lo tanto vital en las ciudades, en las cuales además regula la temperatura, no sólo por la sombra que da su copa, especialmente en verano, sino porque su “respiración” humedece el ambiente. Compensa así el exceso de cemento urbano que, como se sabe, incrementa el calor. “Gracias a la fotosíntesis, el árbol es nuestro mejor aliado en la lucha contra el calentamiento global”, dice el botánico francés Francis Hallé.

Como refugio de aves, permite que el sonido de su canto compense un poco el barullo de la ciudad. Ruido que, por otra parte, contribuye a amortiguar dado que el árbol es también pantalla anti-decibeles.

Existe una vida subterránea posible gracias al árbol: gusanos y mamíferos viven de sus raíces que también albergan hongos –la codiciada trufa entre otros-, líquenes e insectos. A orillas del río, muchos peces anidan en los recovecos de esas raíces, como los pájaros en sus ramas.

Además, embellece el paisaje, tanto rural como urbano. Sin los árboles, más de una calle exhibiría una triste desnudez, con fachadas grises, carentes de estilo, uniformidad o buen gusto. No siempre es el caso, desde ya: hay ciudades con clase y con arquitectura cuidada. Pero cuando eso falta, no hay mejor remedio que el árbol.

Finalmente, porque vive infinitamente más que nosotros –salvo que lo talemos- es testigo silencioso de nuestra historia. Al pie de un pino en San Lorenzo, el futuro Libertador de Chile, Argentina y Perú redactó el parte de su primera batalla en suelo americano. A casi dos siglos de aquel combate, el árbol que le dio sombra a José de San Martín sigue de pie.

Francis Hallé, autor de Del buen uso de los árboles, dice, según cita del diario Le Monde: “Un hombre es senescente, es decir, está programado para morir. El plátano, no. Y cuando se dice que un plátano es centenario, estamos hablando de un niño con pantalones cortos”.

Para completar el cuadro de sus virtudes, hay que decir que el árbol necesita de muy pocos cuidados para vivir. Es un gran aliado del hombre al que éste no siempre valora en la medida que corresponde y al que a veces ni siquiera le prodiga las mínimas atenciones que requiere.

Arboles en Buenos Aires

“El arbolado urbano –explicó a Infobae el taxónomo del Jardín Botánico de Buenos Aires, José María Menini- se inició en París a mediados del siglo XIX. De allá lo trajo el primer paisajista de la Argentina que fue el pintor Pirilidiano Pueyrredón (1823-1870), formado en Francia, durante la intendencia de Torcuato de Alvear (primer intendente de Buenos Aires, de 1883 a 1887)”.

La especie que más abunda en la capital argentina, dice Menini, es el fresno, originario de América del Norte; le siguen el plátano y el arce. Entre los autóctonos, se destacan las tipas –traídas por Carlos Thays, creador del Jardín Botánico y de varios de los más lindos parques de la Argentina, desde las selvas de yunga del noroeste del país- el palo borracho -rosado y blanco-, el ibirá pitá, el jacarandá y el ceibo, que es “el que produce la flor nacional de la Argentina”.

El árbol más antiguo de Buenos Aires es australiano, está en el barrio de Recoleta, en la célebre confitería La Biela: es un Ficus macrophylla, que se cree fue plantado en 1827 por un ingeniero agrónomo de apellido Altolaguirre.

Acerca de los inconvenientes que algunos árboles pueden traer cuando, por ejemplo, desarrollan demasiadas raíces y levantan baldosas y pisos, Menini es categórico: “El problema no es el árbol, sino el hombre que lo planta mal; es decir, sin respeta el espacio que necesita, ubicando en veredas demasiado angostas especies que desarrollan mucha raíz”.

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