Opiniónsábado 16 de abril 2011

El peor dictador de Africa

Christopher Hitchens es un periodista y ensayista británico-estadounidense. Es columnista de Vanity Fair y de Slate Magazine. La Institución Hoover en Stanford, California, le otorgó la beca en Medios Roger S. Mertz

Ahora que la dirigencia sudafricana -después de años de vergonzoso silencio e incluso complicidad- ha declinado continuar su total indulgencia hacia el presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, se torna posible imaginar un tiempo en el que Zimbabwe estará libre del terrible régimen de un hombre y un partido. Otros factores coadyuvantes, como la edad de Mugabe y la inspiradora influencia de los sucesos en el otro extremo de Africa, pueden mencionarse. Pero la oposición democrática en Zimbabwe es anterior a la "primavera árabe" por varios años, y debe contar, por derecho propio, como uno de los movimientos más obstinados y valientes del mundo.

El libro más reciente de Peter Godwin, The Fear actualiza la historia en proceso de la resistencia popular. No es, en mi opinión, tan poderoso como su libro previo, "When the Cocodrile Eats the Sun", pero sí transmite la horrible realidad inmediata de un Estado en el que el desprecio por la ley y la crueldad oficiales son la norma. También detalla los síntomas de la decadencia del régimen; aunque sea sólo por razones oportunistas, hay un número creciente de gente entre la propia clientela de Mugabe que está en busca de un futuro para cuando el casi nonagenario dictador (tiene 87 años) deje de estar con nosotros.

¿Cómo fue que las cosas descendieron a este nivel de pesadilla? Mugabe no llegó al poder mediante un golpe. Emergió como líder de un serio ejército guerrillero, para después participar y triunfar en una elección supervisada por los británicos. Durante sus primeros años en el cargo practicó una política de reconciliación (cuando menos con la población blanca, si no con sus rivales tribales en la provincia de Matabeleland). Me encontré en varias ocasiones con Mugabe durante los años de la revolución, y estoy avergonzado de lo generalmente favorables para él que fueron mis artículos. Pero era impresionante entonces como soldado, como político y como sobreviviente de un encarcelamiento político prolongado, y cuando observé la faceta fría e implacable de su personalidad supongo que la atribuí a su ardua formación. Además, en esa época los colonos blancos reaccionarios se consolaban entre ellos con una cultura de sucios rumores (como el de la supuesta sífilis y deterioro mental de Mugabe), que yo no estaba dispuesto a apoyar.

La historia de la sífilis no puede haber sido cierta, o Mugabe no se hubiera convertido en el longevo y molesto hombre que hoy es. Pero algo se tornó terriblemente malo, y entre aquellos que recuerdan esos años hay un interminable juego de salón acerca de qué fue exactamente lo que ocurrió. Mugabe, dicen algunos, nunca fue el mismo después de la muerte de su encantadora esposa nacida en Ghana, Sally. No sólo eso, sino que su segunda esposa era del tipo que le gusta irse de compras sin parar y amaba los aviones a reacción privados y palacios diferentes para el verano y el invierno. (Gracias a Dios por esta clase de mujeres, por cierto: han ayudado a desacreditar a más de un dictador.)

Otro mal síntoma prematuro fue la fascinación mórbida, y odio, de Mugabe respecto de la homosexualidad. Decidió súbitamente que Zimbabwe estaba siendo corroída por la sodomía y empezó a exhibir síntomas de paranoia aguda. Por macabro que esto suene, difícilmente explica su decisión subsecuente de destruir la infraestructura agrícola del país convirtiéndola en sistema de recompensas para los leales al partido, o su decisión de lanzar tropas de Zimbabwe en expediciones de saqueo en el Congo.

Al escribir sobre todo esto hace algunos años, Godwin optó por el punto de vista de que Mugabe no era explicable por algún cambio de circunstancias o de personalidad. Había tenido el corazón y el alma de un tirano desde siempre, y simplemente esperó a que pudiera dar a esa tendencia una expresión sin riendas. Pese a que yo tengo una semiteoría psicológica propia - que Mugabe se sintió corroído por los celos ante la adulación masiva dirigida al ex presidente sudafricano Nelson Mandela - ahora creo que esto es casi seguramente cierto.

En la querella entre China y la Unión Soviética que dividió a los nacionalistas africanos en las décadas de 60 y 70 (con el Congreso Nacional Africano, partido mayoritario en Sudáfrica, por ejemplo, claramente en favor de la Unión Soviética), Mugabe no fue sólo pro-chino. Era pro-norcoreano. Pidió al entonces presidente Kim Il Sung que adiestrara a su notoria guardia pretoriana, la llamada "Quinta Brigada", y que diseñara el monstruoso monumento a quienes cayeron en la guerra de liberación.

Algunos de sus apologistas liberales blancos argumentaban que Mugabe no podía ser realmente un estalinista creyente porque era un católico romano devoto. Pero esa consideración - si bien hubiera ayudado a explicar su obsesión con las desviaciones sexuales - podría pesar también en el otro lado de la balanza. Los católicos pueden ser extremadamente autoritarios, y Mugabe, además, ha obtenido grandes beneficios por su conexión con el Vaticano. Acabó con la prohibición que había sobre que él viajara a Europa al asistir como invitado al funeral del Papa Juan Pablo II. La Iglesia expulsó a Pius Ncube, el rebelde obispo de Bulawayo opuesto a Mugabe, al parecer por haber tenido un amorío con su secretaria. Culpable de crímenes mucho más graves, Mugabe sigue siendo un católico respetado, y es imposible imaginar qué tendría que hacer ahora para ganarse una excomunión.

Si desea ver un catálogo de sus pecados, basta con leer los libros de Godwin. Pero no los lea sólo para escandalizarse ante la terrible ofensa a la Humanidad. También describen a una nueva especie de zimbabweano, emancipado de sentimientos raciales y tribales por una larga lucha común contra un hombre que no duda en emplear demagogia tribal y racial. En aquellos viejos días de debatir con los colonos blancos, uno llegó a acostumbrarse a su frase burlona: "Gobierno de mayoría significará un hombre, un voto - ¡una vez!"

No podían haber estado más equivocados. Desde que conquistó su independencia hace más de tres decenios, el pueblo de Zimbabwe ha desafiado todo tipo de intimidación y represión para seguir registrando sus votos. Han hecho uso obstinadamente de las Cortes y de la prensa, que sigue funcionando en forma parcial, para mantener el pluralismo y la disensión. Mugabe ha perdido votos importantes en el Parlamento y - la última vez - su mayoría electoral en el país. Sólo el empleo descarado de la fuerza y la corrupción en gran escala han mantenido a su partido en el poder. Algún día, la resistencia cívica a esto, que era visto con desprecio por gente que se consideraba revolucionaria, conquistará la estima y el reconocimiento que merece.

(Traducción de Andrés Shelley)


Slate Magazine
Distribuido por The New York Times Syndicate


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