Mundodomingo 15 de julio 2007

Cómo viven los cubanos

Los habitantes de la isla sienten que el gobierno escucha y ve todo lo que dicen y hacen. Hablar de más puede ser sancionado con la pérdida del trabajo. Con la internación de Fidel,  los controles apenas se atenuaron

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Decir lo que uno piensa en el momento y lugar inoportunos puede costar el empleo en Cuba. Insultar a Fidel Castro o a otros altos líderes en público puede significar la cárcel. No hay prensa libre, el acceso a Internet está restringido y muchos cubanos suponen que sus teléfonos están interceptados. Los agentes de seguridad estatal siguen a los críticos del gobierno y a los extranjeros, mientras los omnipresentes Comités de Defensa de la Revolución mantienen vigilados a los vecinos.

Miguel está en la mitad de la frase cuando su rostro se ensombrece y baja la mirada. Tiene la boca todavía abierta pero en silencio.

Está hablando sobre lo que debe ser vivir en un país en donde el gobierno no controla toda la radio y la televisión. Lo que dice está lejos de ser incendiario, pero cuando pasa un policía, se calla.

"Eso es Cuba", dice después que se va el agente. "Siempre oyen". "Censura, censura", musita un hombre musculoso sentado cerca, con el cigarrillo oscilando entre sus labios. Miguel asiente y después rectifica. "Censura no", dice en voz baja, "miedo".

La conversación pasa al fútbol y al equipo nacional de béisbol. Miguel se tranquiliza. Quienes lo rodean empiezan a hablar de deporte. Pronto él también habla en voz alta y se pone de pie para enfatizar algo sobre los futbolistas estadounidenses que juegan en ligas profesionales en Europa.

Hablar a los gritos es frecuente en este atestado rincón del Parque Central de La Habana conocido como la Esquina Caliente. Con el nombre que se le da en el béisbol a la tercera base, es un enclave de bancos y árboles donde hombres -jóvenes y viejos, negros y blancos, algunos con cadenas de oro y zapatillas y otros con sudaderas y sandalias- discuten sobre deporte todo el día, todos los días.

Si uno lo visita con frecuencia, va escuchar también la discusión de otros temas: mujeres, tarjetas de racionamiento, ropa y automóviles. Conexiones ilegales de televisión, escasez de agua, alcohol y la reunión del Partido Comunista la noche anterior.

Pero quienes se desvían del tópico deportivo lo hacen con discreción. Miguel pidió que no se publicase su apellido por temor a repercusiones en el gobierno.

Decir lo que uno piensa en el momento y lugar inoportunos puede costar el empleo en Cuba. Insultar a Fidel Castro o a otros altos líderes en público puede significar la cárcel.

No hay prensa libre, el acceso a internet está restringido y muchos cubanos suponen que sus teléfonos están interceptados. Los agentes de seguridad estatal siguen a los críticos del gobierno y a los extranjeros, mientras los omnipresentes Comités de Defensa de la Revolución mantienen vigilados a los vecinos.

Aun así, la libertad de palabra en Cuba tiene más matices que lo que creen muchos extranjeros. El gobierno tolera las críticas en determinados contextos y mucha gente se expresa en público, algunos para quejarse amargamente.

Disidentes
La disidente Miriam Leiva dijo que se estimula a modo de válvula de escape expresar las quejas en las reuniones del Partido Comunista, aunque los funcionarios les presten oídos sordos.

"Para que la gente sienta que es libre de hablar y de quejarse, logra aliviar la tensión y permite una salida para que la gente se distienda un poco", dijo Leiva, una periodista independiente. "Pero ellos se manifiestan porque tienen que hacerlo, porque padecen. Y después nada cambia".

En 1961, Castro sentó el precedente para la libertad de palabra diciendo "Con la Revolución, todo; sin la Revolución, nada".

"No había otra opción. Era 'estás con nosotros o en contra de nosotros' y puedes imaginarte qué sucede si estás en contra", dijo Leiva. "Así es como siguen las cosas".

El marido de Leiva, Oscar Espinosa Chepe, es un economista que pasó a ser anticomunista, uno de 75 disidentes arrestados en una redada de críticos del gobierno en marzo del 2003.

Aunque Espinosa Chepe fue puesto en libertad por motivos de salud, Leiva y otras mujeres familiares de prisioneros políticos vestidas de blanco marchan en silencio por la concurrida Quinta Avenida de La Habana todos los domingos después de misa, luciendo botones con las fotos de sus seres queridos encarcelados.

Madres de blanco
Todos sus movimientos son observados por agentes de seguridad estatal y a veces son hostigadas abiertamente por partidarios del gobierno, aunque la marcha de las "Mujeres de blanco" ha sido tolerada durante años.

"Somos muy pacíficas, somos indefensas", dijo Leiva. Además "estamos en sus manos. Pueden hacernos lo que quieran".

A veces las filas de las Mujeres de Blanco aumentan a docenas, pero en un reciente domingo sólo Leiva y otras cuatro marcharon protegiéndose con sombrillas del sol abrasador del mediodía.

Uno que otro automovilista hace sonar la bocina y enciende los faros delanteros en señal de apoyo. Al final de la marcha, las mujeres oraron en silencio y reclamaron "¡Libertad!"

"No tenemos miedo. ¿Qué más miedo vamos a tener que nos metan en prisión si nuestros maridos y familiares ya están allí?", dijo Berta de los Angeles Soler, cuyo marido activista, Angel Moya, está cumpliendo 20 años de prisión.

Soler agregó que "la gente nos ve en la calle y nos acepta y apoya", pero no todos son amistosos. Mientras hablaba, un hombre con mochila le gritó obscenidades sin mirarla.

"Es difícil", agregó. "Pero si tú no lo buscas, haces tus esfuerzos y te pones a conseguirlo, no tienes nada. En Cuba especialmente".

Leiva dijo que los cubanos en general han tenido menos temor a hablar abiertamente en público desde que el presidente Castro, de 80 años, se sometió a una operación quirúrgica intestinal de emergencia hace un año y cedió el poder a su hermano Raúl. El "máximo líder" no ha sido visto en público desde entonces, aunque escribe varios ensayos por semana que aparecen en los medios estatales.

"Pienso que la mayoría de la gente está perdiendo el temor", comentó Leiva. "Ha habido un cambio después de la enfermedad de Fidel Castro. No está allí. Solía estar en todos lados. Era casi como si uno respirase y lo estuviese respirando a él".

De vuelta en la Esquina Caliente, muchos cubanos se quejan, y algunos admiten haber transgredido la ley en pos de pequeñas libertades.

Un viernes, el debate pasó de las causas de un apagón en el centro de La Habana a quién puede ganar la candidatura presidencial demócrata en Estados Unidos el año próximo.

"Soy republicano", dijo Lorenzo, un setentón que suele frecuentar el lugar. "Pero para mí, Bill Clinton es el mejor presidente americano en la historia. La economía fue fuerte. Se tiró encima Mónica Lewinsky e igual siguió adelante. Eso ayudará a su mujer".

Lorenzo dijo que veía televisión con una antena escondida con la que capta señales ilegales desde la Florida. Eso ocasionó una discusión entre Jorge, de 29 años, y Santos, de 50, acerca de cómo ocultar las antenas ilegales durante redadas del gobierno. "Llevo años en esto", afirmó Santos.

Todos ellos pidieron que no se publicasen sus apellidos. La vigilancia está por doquier. Se dice que la Esquina Caliente está llena de agentes del gobierno que se visten como los demás para pasar inadvertidos.

Más evidentes son los policías uniformados. Una vez durante la visita de un reportero, un oficial escuchó la conversación y anotó el número de documento de identidad de todos los cubanos que participaban. Otra vez, un policía con un perro ovejero alemán permaneció a corta distancia, mirando fijo sin decir palabra.

Un foro más aceptado para quejarse es el diario Juventud Rebelde, del Partido Comunista, que publica columnas con cartas que recibe de gente que se queja de problemas cotidianos.

Sally Cordero, una joven ama de casa, estaba embarazada de cinco meses cuando escribió diciendo que le negaban la leche en polvo que el gobierno suministra a las madres embarazadas. Horas después, la delegada del Poder Popular y un grupo de funcionarios comunistas llamaron a su puerta.

"Gente que nunca había visto aquí estaban por todos lados", dijo Cordero.

Las autoridades determinaron que no tenía derecho a recibir leche gratis hasta su sexto mes de embarazo. Pero Cordero dijo que la respuesta fue tan rápida que le dejó buena impresión.

"Sólo quiero lo mío", explicó. "Cuando no lo recibo me quejo y me quejo y no me importa quién se cae".
AP